Un joven actor, Teo (Osvaldo Benavides), pasa por una mala racha, lucha por encontrar trabajo sin éxito y está al borde de la desesperación: su casero está a punto de correrlo, sus amigos no tienen los medios para ayudarlo en este momento. Sin embargo, un error en el Sindicato de Actores le permitirá encontrar una salida: la secretaria puso mal su fecha de nacimiento, en el papel es un hombre de la tercera edad, listo para iniciar su retiro en la Casa del Actor con todas las comodidades que eso conlleva. Maquillaje y latex serán necesarios para ejecutar el engaño.

A grandes rasgos, ésa es la trama de Más sabe el diablo por viejo (2018), el nuevo largometraje de Pepe Bojórquez (Luna escondida, Legends), una comedia que busca homenajear el trabajo de varias generaciones de actores mexicanos y abordar algunas de las contradicciones que enfrentan todos los días en su profesión.

La premisa de un hombre que debe disfrazarse para conseguir algo y se transforma en el intento, hace que la película beba de cintas como Tootsie (1982) o Papá por siempre (Mrs. Doubtfire, 1993). Teo, como actor, llega a una casa llena de grandes nombres, en la ficción y en la realidad, donde deberá aprender al tiempo que busca sacar a los histriones del olvido al que han sido condenados por la industria y el público.

Bojórquez, y otros tres guionistas, mezclan referencias de cine clásico (Chachita, Valentín Trujillo, They Live, Gabriel Figueroa, etc.) con elementos cómicos de las sexy comedias mexicanas y uno que otro chascarrillo de extracción más “culta”. Eso da a la película con ritmo irregular, un vaivén donde es posible notar la integración no del todo satisfactoria de los cuatro pares de manos que intervinieron en el libreto.

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Si algo permite que la comedia no se desborde del todo es el gran oficio de buena parte del elenco, actores probados que saben el timing correcto para hacer comedia o darle más profundidad a personajes que parecen no tenerla.

Ahí está la gran Isela Vega rompiendo con el papel de lenona mal hablada en el que se le había encasillado después de La ley de Herodes (1999), aquí interpretando a una seductora estrella de la tercera de edad que, podrá haber caído en el olvido, pero no ha perdido las singularidades que la encumbraron con la audiencia. O el genial Ignacio López Tarso enseñándole a Teo cómo interpreta un actor de verdad los textos de Shakespeare y la manera en que un profesional, sin importar el proyecto, se comporta en un set. Son las figuras veteranas las que le dan sentido, dirección al barco.

Sin embargo, el tema más relevante, quizá, sea la manera en que la industria establecida ve a aquellos que alcanzan el estrellato por medio de los nuevos canales de consumo que brinda el internet. Una y otra vez un hombre que se parece a Teo le quita el trabajo porque está dispuesto a dejarse humillar en YouTube para beneplácito de cientos de adolescentes.

Los habitantes de la Casa del Actor deciden reavivar su carrera por medio de una serie web algo disparatada, que si fueran finales de los 70 o principios de los 80 sin duda hubiera encontrado la manera de ser producida por el Güero Castro. La perplejidad que sienten los actores con aquellos que alcanzan el estrellato casi por accidente, es un sentimiento que generacionalmente se hace presente en muchos lugares de trabajo, generaciones mayores que no comprenden la manera en que los nuevos se desarrollan en áreas de las que entienden poco.

Es, en esencia, un clásico choque de generaciones.

 

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