Es difícil pensar en causa mejor para un mecenas que utilizar el arte para que todo ser humano se reencuentre consigo mismo de forma inesperada.

 

Mayte Spínola Barreiros, fundadora de la asociación Proarte y Cultura, y Solita Mishaan, presidente de la Fundación Misol de Colombia, han sido galardonadas en la primera edición de los Premios Iberoamericanos de Mecenazgo, recién entregados en Madrid.

El pintor Antonio López ha sido el encargado de dar los premios, mientras que la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, ha abierto el acto. Un jurado excepcional, formado por importantes miembros de instituciones como el Museo del Prado, la Real Academia de la Historia o la Asociación Española de Fundaciones han arropado estos premios, en los que se han dado cita la infanta doña Pilar de Borbón e importantes mecenas latinoamericanos como Patricia Phelps de Cisneros y Estrellita Brodsky.

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¿Por qué es tan importante apoyar el arte?

El escritor Foster Wallace contaba en una ocasión a los graduados en Artes de Kenyon College, Estados Unidos, la “historia” de dos jóvenes peces que van nadando tan tranquilos y se cruzan con un pez adulto que les saluda: “Buenos días chicos, ¿qué tal el agua?” Los dos jovenzuelos siguen a los suyo y, de pronto, uno le dice al otro: “¿Qué demonios es el agua?” Ni Wallace pretendía ser el pez adulto, y menos lo pretendo yo, pero lo cierto es que en algún momento de la vida cualquiera puede darse cuenta de que las cosas más importantes –a veces vitales– nos han pasado inadvertidas. Para que esto no ocurra es que sirve el arte, y me explico…

Mayte Spínola, Carmen Reviriego y Solita Mishaan, en los Premios Iberoamericanos de Mecenazgo.

Mayte Spínola, Carmen Reviriego y Solita Mishaan, en los Premios Iberoamericanos de Mecenazgo.

En las sociedades más ricas, la gente se pasa la vida corriendo, a veces a un ritmo frenético. Vivimos inmersos en lo que se ha dado en llamar “sociedad de consumo”, y cuando no estamos produciendo estamos consumiendo. En las sociedades más deprimidas económicamente, las personas son prisioneras de necesidades básicas, que incluso trabajando de sol a sol pueden no llegar a cubrir. Al final… demasiado esclavos, todos condenados a un invierno del alma que produce una especie de desazón, de embrutecimiento, de desconexión de uno mismo, que desemboca en pura inercia mecánica. Y lo mecánico tiene poco de humano, todo lo contrario que el arte. El arte tiene la capacidad de sacarnos de cualquier runrún monótono. El arte, cuando es bueno, te sacude, te conmueve, te emociona, te lleva de viaje a lo más profundo y más humano que hay en uno mismo, te lleva, en fin, al lugar donde se tienen guardados los sentimientos.

Y ahora, al preguntarse en alto “¿qué demonios es el arte?”, recuerde simplemente la última vez que se emocionó con una canción, una película o una novela… ¿La recuerda?¿Recuerda la maravillosa sensación? El arte regala momentos en los que uno se siente vivo, humano, pleno.

Decía Dostoievski que mientras los hombres no se sientan en verdad humanos no habrá fraternidad. Por eso, precisamente, es difícil pensar en causa mejor para un mecenas que la de utilizar el arte para que el hombre, cualquier hombre, se reencuentre de nuevo consigo mismo de forma inesperada. No es empresa menor ejercer, no ya de adulto, sino simplemente de hombre. Y por eso el mecenazgo del arte es algo tan satisfactorio.

 

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