Es evidente que la planificación urbana fue muy deficiente en la Ciudad de México durante décadas. Pero agravar esta situación construyendo edificios que enarbolan al auto y desplazan al peatón es un sinsentido fenomenal.

 

Hace unos días tuve que recoger a una persona que terminaba de comer en el restaurante Chili’s de San Jerónimo, en la Ciudad de México. Debido a que no estaba seguro del sitio en que se encuentra este restaurante, dirigí mi vehículo hacia el estacionamiento de otro lugar cercano que conozco, un Vips. Chili’s estaba en el predio de enfrente, y quise caminar un poco.

Fue fácil llegar a Chili’s, sólo crucé la calle. Pero me percaté de algo que me perturbó mucho: no hay un acceso peatonal a este restaurante, ni a su vecino Chazz, que vende hamburguesas. Para llegar al lugar desde la calle, a pie, hay que rodear una barda enorme color verde olivo e ingresar por la rampa de un estacionamiento donde varios autos entran y salen. Siempre que me toca hacer esto camino pegado a la pared para que nadie me arrolle.

Después de ese episodio me quedé pensando lo desafortunado del desarrollo de la infraestructura urbana en nuestra capital. Esta es la realidad: una buena proporción de los edificios que se construyen ponen en primerísimo lugar al automóvil y en último lugar al peatón. Somos súbditos de los vehículos automotores. Ojo: no estoy hablando de las calles y avenidas, sino de los edificios donde uno tiene que entrar y salir para obtener servicios o comprar productos.

Piénsese en el Centro Comercial Antara. Cuando lo inauguraron, hace varios años, se había dispuesto un gran acceso peatonal en la esquina de Ejército Nacional y Moliere. Pero dicho acceso ya se minimizó; se redujo en importancia al colocarle unas enormes mamparas tipo persiana que sólo dejan un pequeño pasillo para caminar… ¿Quieres entrar caminando a Perisur? ¡Bah! Ahí te encargo la caminata a cuestas desde la calle Zacatépetl.

Ocurre en mil lugares: los hospitales privados son ejemplares adoradores del auto. Antes de preguntarte cómo te sientes debes leer que la hora de estacionamiento te costará caro. Igualmente ocurre con esos centros comerciales y de restaurantes de Santa Fe. Llegar caminando es imposible, o está reservado ―en la lógica de quien los proyectó y construyó―, para los empleados de intendencia y los dependientes de las tiendas. Fatal. Hay hoteles donde lo primero que encuentras es la bahía de recepción de los autos y, escondida por ahí, en segundo lugar, la entrada para quienes van a pie.

¿Qué les pasó a los arquitectos que hicieron todos estos edificios en los últimos 20 años? ¿En qué escuela de arquitectura les enseñaron que los autos se priorizan primero y los peatones después? Tengo un amigo que vive en un club de golf de Santa Fe y cada vez que lo invito a comer por Polanco acepta gustoso y se maravilla por la posibilidad de caminar en un barrio con vida, donde el auto es un accesorio.

No es casualidad que Polanco y otros barrios similares sean elegidos para vivir por muchos extranjeros ―principalmente europeos―, que gustan de caminar las calles y descubrir en ellas sus restaurantes, sus tiendas locales, sus servicios a pie de avenidas y calles de escala humana. Una amiga española que habita en San Ángel ―y que vive ahora en México porque su marido tiene una altísima responsabilidad en una firma automotriz global―, me dice que le disgusta de su barrio el hecho de que si olvidaste unos limones en tu compra de supermercado estás condenado a tomar el auto de nueva cuenta para enmendar tu error, teniendo que conducir varias cuadras para hacer una sencilla compra de diez pesos.

Es evidente que la planificación urbana fue muy deficiente en la Ciudad de México durante décadas. Pero agravar esta situación construyendo edificios que enarbolan el auto y desplazan al peatón es un sinsentido fenomenal. Equivale a tropezar dos veces con la misma piedra. Interlomas es un ejemplo nítido de esto: un barrio lleno de centros comerciales y edificios que invitan a tener invariablemente un auto. Recuérdese también El Palacio de Hierro de Polanco (hoy en remodelación): primero estaba la bahía automotriz; luego la entrada peatonal. Ya veremos cómo queda una vez remodelado.

Afortunadamente, el peso del peatón y el ciclista es cada vez mayor. Los barrios céntricos de la capital ya viven esta transformación, con tiendas que invitan a caminar hacia ellas. Pero lo que se vive en colonias como la Nápoles o San José Insurgentes sigue siendo muy distinto a lo que experimentan los habitantes de Bosques de las Lomas o la Herradura. Apuesto sin embargo, a que en el largo plazo, no sólo los planificadores urbanos irán corrigiendo esta situación, sino que los desarrolladores se hartarán junto con sus propias familias de ser presas de los autos y recordarán lo que les enseñaron en sus primeros semestres de arquitectura. Ojalá.

 

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