Ante la dura sacudida que ha supuesto la pandemia originada por el virus asiático en el país azteca, la coyuntura ha obligado a los mandatarios en el país a tomar decisiones que, a priori, se descartaban en todos los escenarios previstos por el equipo de gobierno. Pese a las declaraciones que ahora matizaremos, México ha conseguido, de la mano del Presidente AMLO, un préstamo del Banco Mundial por valor de 1,000 millones de dólares. Un préstamo que, de acuerdo con las fuentes oficiales, se acuerda con un tipo de interés que se sitúa en el 0.25%, teniendo en cuenta que dicho préstamo fue solicitado en el mes de mayo.

En este sentido, el préstamo, de acuerdo con el Gobierno, viene con la intención de respaldar el plan de choque establecido por el Gobierno de México para paliar los efectos económicos derivados de la crisis sanitaria y económica que acontece al país. Sin embargo, el que sería el primer acuerdo de financiación con un organismo internacional para López Obrador, de acuerdo con el Subsecretario de Hacienda en el país, no supondría un ensanchamiento de los niveles de deuda, pues no se trata de un préstamo que se solicité con un objetivo específico como para computarlo a dicha deuda.

El estancamiento económico en el país, sumado a un escenario de crisis donde, como indica el mismo Banco Mundial, la economía mexicana prevé cerrar el año con contracciones que podrían alzarse por encima del -7%, ha puesto de manifiesto la necesidad de aplicar nuevos estímulos que traten de devolver a la economía mexicana todo el dinamismo perdido. Unos estímulos que también fueron solicitados por la oposición, que recordaba al vigente mandatario en el país la necesidad de acabar con los planes de austeridad en momentos en los que la economía, como ocurrió el año pasado, se encuentra cerrando los ejercicios en negativo.

Esto ha llevado al país a tomar nuevas decisiones que, en la línea con sus opositores, han llevado al Presidente AMLO ha cambiar sus políticas económicas, flexibilizando posturas que, en su inicio, rechazaban todo endeudamiento posible. Y es que, aunque estemos hablando de un endeudamiento que no llegaría a computar por las reglas contables que establece el Gobierno, las condiciones establecen la devolución del préstamo, así como de los intereses previamente pactados. En este sentido, como decía, no estamos hablando de un préstamo que compute contablemente, pero que sí computaría en términos reales.

Asimismo, debemos recalcar que el nivel de deuda de México en relación al PIB no es elevado, aunque no por ello conlleva menos riesgos. Aunque si bien es cierto que las economías en vías de desarrollo no cuentan con la total robustez como para soportar niveles de deuda desproporcionados como los que presentan economías desarrolladas como España, el endeudamiento en México no es, por el momento, preocupante. Con una deuda que rozaba el 54% en relación al PIB a cierre de 2018, la capacidad de endeudamiento en el país, pese a los niveles de solvencia, son aceptables como para asumir un préstamo de tales características. No obstante, y aunque lo hemos recalcado, el país debe ser cauto con sus niveles de deuda; máxime, teniendo en cuenta su débil sistema tributario, así como las mermas en los ingresos públicos que deriva de dicha pandemia.

En esta línea, estamos hablando de un préstamo que no llega a representar ni un 0.1% en relación al producto interior bruto (PIB) en el país. Por tanto, no estamos hablando de un préstamo que represente una cuantía como para preocuparse por unos hipotéticos y muy drásticos escenarios contrafácticos que semejante nivel de deuda podrían arrojar. Sin embargo, de acuerdo con las condiciones que establece el préstamo, existen indicios como para tomar dicho préstamo con más optimismo que otros. Pues, además del propio incentivo que supone el hecho de que una economía como México sea capaz de responder financieramente a la crisis, la continua auditoria que establece el Banco Mundial como requisito previo para la concesión de la financiación, podría llegar a suponer un dique de contención para políticas que, lejos de beneficiar al país, bajo la óptica del Gobierno deseen aplicarse.

En este sentido, estamos hablando de que, como ha publicado el Gobierno, dichas ayudas económicas tendrán como fin, entre otros objetivos, el paliar los efectos del COVID. Sin embargo, como ha establecido el Banco Mundial, dichos objetivos se irán midiendo, tratando de que las ayudas establecidas se están destinando al objetivo planteado por ambos organismos. Además, entre otras condiciones, el Banco Mundial establece la condición de que la política monetaria en el país, así como toda iniciativa en materia de política económica que quiera ser aplicada, estará supeditada a la crítica del Banco Mundial, así como su evaluación y, de desearlo, aprobación.

Este punto, establecido y remarcado por el Banco Mundial, puede ser la clave para la dicotomía existente entre una buena política monetaria y una mala. Estamos hablando de que, precisamente, lo que ha caracterizado al Gobierno de AMLO en los últimos meses, desde que echó a andar su legislatura, no ha sido el rigor presupuestario y la elaboración de cuentas. En esta línea, de contar con la supeditación del Banco Mundial, dicha falta de rigor podría verse compensada con la evaluación corriente del Banco Mundial. De esta forma, garantizando que las políticas económicas adoptadas, en un entorno en el que el país se está viendo contagiado de los efectos que está teniendo la pandemia en las principales apuestas de AMLO, así como en elementos clave para la economía mexicana como las remesas, son favorecedoras para el país, así como para la ciudadanía mexicana.

Por tanto, en conclusión, estamos hablando de una respuesta que, lejos de dañar al país, podría beneficiar a la ciudadanía, así como contener posibles efectos negativos derivados de la pandemia. Además, el control y la supervisión del Banco Mundial podrían ayudar al país a mantenerse en una línea de actuación que, junto a la colaboración del Banco Mundial, impulse la economía mexicana nuevamente. Sin embargo, esto debe tomarse como una actuación eventual y de urgencia, pues los niveles de deuda, aunque no se encuentren en peligro, se encuentran en niveles que, de tambalearse nuevamente el debilitado sistema fiscal en el país, así como los efectos ocasionados por la gran elasticidad que presentan las variables en este, lo que a priori es una ayuda, podría convertirse en el error que, al igual que en Argentina, lleve la economía mexicana al más absoluto desastre.

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