La violenta reacción que ha generado Donald Trump en el mundo no debería de sorprendernos desde el punto de vista que está haciendo exactamente lo que dijo que haría. Tal vez nos sorprende porque pensamos que sería imposible que se ‘atrevería’ a hacer todo lo que argumentó en su campaña, o tal vez nos sorprende porque estamos acostumbrados a oír con escepticismo a los políticos. Estamos acostumbrados a saber que nos mienten en campaña. Cuando un Trump asume la Presidencia de Estados Unidos y se dedica entusiasta a hacer realidad sus promesas de campaña el mundo entero entra en shock con la excepción de los cincuenta y pico de millones de personas que votaron por él. Porque ciertamente hay un gran número de norteamericanos que están de acuerdo con las acciones de Trump.

Los ‘know-nothing’ como fueron definidos por Lincoln a finales del siglo XIX -en el momento en que advertía del riesgo populista que amenazaba guiar a los ‘ignorantes’ hacia la destrucción del orden ganado después de la guerra civil norteamericana- como aquellos que viven atrapados en racismo y aislacionismo, abrevando un sentimiento nacionalista de supremacía racial, política, social, comercial por motivos de supervivencia y protección mutua, son aquellos que, al ver cumplidas sus sospechas de ser reducidos a una minoría por las crecientes etnias afroamericanas, latinas, árabes, y que les exigían expresar sus opiniones chauvinistas y xenófobas en la discreción de cuartos cerrados y murmuros temerosos, están viendo en cada accionar de Trump la realización de uno de ellos al frente de su país con la esperanza de recuperarlo. ‘Know-nothings’ que no tienen acceso al poder político, mediático y económico -en una paradoja total, justificando su sensación de derrota- y que por lo tanto ‘compraron’ lo que Trump vendía, son ahora una mayoría silenciosa que, sin acceder a la media convencional, sin participar en las redes sociales, sin manifestarse colectivamente, ven cada acto de restricción de tránsito en las fronteras aéreas, la construcción del muro, la cancelación de tratados de comercio, acciones que van de acuerdo con la poco reflexiva y analítica posición que su labor cotidiana de supervivencia básicamente rural les impide comprender. Así, Trump, atrabancado, descortés, misógino, arrogante y déspota, actúa en efecto como un ‘know-nothing’ en toda forma, ejecutando órdenes ejecutivas sin la formulación necesaria de escenarios, de posibles consecuencias, de anticipación de reacciones o conflictos con los ciudadanos norteamericanos afectados, o con los países afectados. Ni una sola de sus medidas, hasta el momento -y seguramente ninguna en el futuro- ha afectado al ciudadano blanco, rural.

Sin comprender esta fenomenología México ha caído en el delirio ‘patriotero’ que se ha convertido con el paso de los días en un auténtico acto de campaña de los mismos sospechosos de siempre, aprovechando, o buscando aprovechar la irreflexiva reacción de nuestro país, de nuestra gente, que en una reacción apasionada de indignación a bote pronto -y, muy importante, sin un catalizador que explique, que ayude a comprender y dimensione el momento y sus circunstancias- ha sentido la obligación de ‘comprar’ el discurso oficial de más allá de diferencias políticas apoyar sin regateos a las estructuras de gobierno.

Si efectivamente nos encontramos en una posición de debilidad tan abyecta, como insisten en decirnos que nos encontramos, creo que deberíamos comenzar por ver hacia adentro de nuestra historia reciente. Con sucesivas presidencias que en el siglo XXI perdieron el rumbo del país con sus frivolidades y falta de respeto a nuestra historia, la mencionada debilidad de México ha sido creada con mucha eficiencia por políticos que solo han visto su beneficio personal, han atendido únicamente su aferrada necesidad de poder para fines de lucro, y en el camino han destruido las bases culturales e históricas sobre las que en el pasado siempre se mantuvo algún tipo de decencia y decoro consecuentes con los niveles culturales de generaciones pasadas.

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No fue sino hasta Vicente Fox que, con la visión empresarial equivocada de convertir en resultados propios números que sin sentido se incorporaron a la métrica de éxito de su sexenio, se comenzó a incluir en los balances financieros del país las remesas que ingresaban desde Estados Unidos por parte de los mexicanos inmigrantes. Variable que incrementó su resultado de balance económico en varias decenas de miles de millones de dólares que no habían sido considerados como parte del flujo financiero del gobierno porque hasta ese año 2000 eran dineros que no se generaban en México y que, por el contrario, dimensionaban las razones para el exilio económico de nuestros paisanos. Incluir la variable de las remesas en los marcadores económicos del país irónicamente nos hizo más dependientes de Estados Unidos.

No fue sino hasta Felipe Calderón que, en un esfuerzo por afianzar su presidencia y liberar sus instintos bélicos, se declaró, por parte del presidente de México, la guerra contra las drogas, elevando a delincuentes comunes al nivel de ‘enemigos del Estado Mexicano’ movilizando al Ejercito, creando auténticas zonas de guerra que descompusieron el tejido social, la visión pacífica y ecuánime de una generación entera, violentando los contenidos de noticiarios, de periódicos, de la conversación de café, alterando de manera estridente la convivencia nacional. Al hacer suyo el término y el discurso de la ‘guerra contra las drogas’ al que dio origen Richard Nixon en 1973, la presidencia de México aceptó también a la injerencia de Estados Unidos en la dinámica militar, de seguridad nacional y de registro financiero del país. Haciéndonos más dependientes de Estados Unidos.

No fue sino hasta Enrique Peña Nieto que la corrupción nos alcanzó al punto de quiebre en el que nunca sabremos las auténticas capacidades negociadoras, políticas o ejecutivas del presidente pues desde el inicio de su gobierno quedó marcado por la sospecha de actos de corrupción que afectaron gravemente su liderazgo, su credibilidad, y, por lo tanto, la disciplina jerárquica del Estado Mexicano. Corrupción que siempre hemos sabido de su existencia, pero que desde el año 2000 se volvió exponencialmente destructiva con la llegada de una nueva generación sin escrúpulos que, efectivamente, vio el servicio público como una forma de enriquecimiento, sin ninguna obligación de retribución. Los escándalos de cantidades obscenas aparentemente robadas por sujetos a los que solo les falto comerse niños -o así lo presenta la narrativa oficial- son el ejemplo contundente del nivel de decadencia moral al que hemos llegado como país y que nos coloca, en este momento tan sofisticado de relación con Estados Unidos, en situación de debilidad.

Quince años de rumbo perdido y sin liderazgos firmes y claridad de visión histórica, de visión de país y la ruta a seguir, son los responsables -conceptos y personas- de pensar que no tenemos otro camino que envolvernos en el ‘patrioterismo’ para defendernos del ‘golpe’. Trump sabe para quien está trabajando y, en una ideología muy simple y primitiva, son los únicos que le importan, ya que, además, son los ‘know-nothings’ los que lo han hecho millonario. Los conoce bien. Si a México se lo lleva de corbata -México, Países Árabes, Comunidad Europea, China, etc.-, en la ruta de su agenda de gobierno, no le importa. Y al final, la culpa de sus políticas las pagara su país, pero no debería de pagarlas el nuestro en tanto logremos cohesionarnos alrededor de una idea de país, de producción, de creación, de convivencia, de exigencia, de respeto.

 

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