Por: Pedro Rangel*

El caso del brutal asesinato de George Floyd ha puesto a temblar la compleja relación entre el gobierno de los Estados Unidos y muchos de sus ciudadanos: el contrato social de nuestro vecino del norte se encuentra en jaque. 

El movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos (1955-1969) se entiende, en buena medida, como una respuesta colectiva a diversos casos de asesinatos de afroamericanos, así como a notables casos de violaciones a sus derechos.

En 1955, Rosa Parks, una de las mujeres más admirables de la historia contemporánea, rechazó cederle su asiento a un pasajero blanco, desafiando así a la ley local que la obligaba a hacerlo por el simple hecho de ser una mujer de color. 

Su injusto arresto y sentencia despertó la indignación de la comunidad afroamericana, quienes posteriormente, bajo el liderazgo del reverendo Martin Luther King Jr., se organizaron para llevar a cabo el movimiento conocido como “el boicot de autobuses de Montgomery”, una protesta que exigió la abolición de esta ley segregacionista. 

Los años de lucha por parte de un grupo de líderes altamente visibles y miles de héroes anónimos, lograron finalmente generar una conciencia colectiva de indignación tanto en la comunidad afroamericana como en amplios grupos de gente caucásica, que resultó en la promulgación de la Ley de Derechos Civiles de 1964.

En los Estados Unidos se respira hoy indignación –al menos en buena parte. A todos nos han impresionado las imágenes de la Casa Blanca envuelta en humo, protestas, puños levantados y fuerzas policiales de contención; fenómeno que se ha expandido rápidamente por varios estados y que ha generado adeptos y simpatizantes en todo el mundo.

La historia de ese país nos puede hacer suponer que el caso de George Floyd representa un nuevo detonante para luchas presentes y futuras, así como para nuevas conquistas en contra de la discriminación racial.

¿Por qué a México le cuesta tanto indignarse por la discriminación? ¿Por qué parece que a la sociedad le es indiferente? ¿Por qué el país no se convulsiona cuando asesinan a líderes indígenas que han jugado un rol fundamental como activistas ambientales? ¿Por qué resulta aceptable que los niños con piel obscura pidan limosna en las calles, pero que la sociedad se conmocione cuando lo hace una niña rubia? 

Estados Unidos es un país con una sociedad heterogénea en donde convergen personas de todos los continentes con sus respectivos rasgos físicos que los diferencian ampliamente.

Por su parte, en México, a pesar de nuestra diversidad de etnias y de las varias olas migratorias que hemos tenido a lo largo del tiempo, el grueso de la población ha adoptado histórica y sintéticamente la concepción de estar dividida entre aquellos con mayores rasgos indígenas y aquellos con mayores rasgos europeos: los morenos y los güeros… y la diferencia entre nacer en un grupo o el otro es abismal. 

La discriminación en México está a años luz de ser erradicada porque simplemente es un tema evadido, a pesar de los serios esfuerzos académicos abocados en analizarla y combatirla. El destacado trabajo de investigación realizado por el Proyecto sobre Discriminación Étnico-Racial en México (PRODER), de El Colegio de México, no es ambiguo en su conclusión: México es un país racista.

Uno de los hallazgos más esclarecedores de su investigación devela el hecho de que en este país, en la medida que la piel es más obscura, se tienen menores niveles de escolaridad, menores oportunidades laborales, menores niveles de ingreso y menor movilidad social.

Estas conclusiones no son cuestión de percepción, son realidad pura y dura, y retratan las condiciones a las que se enfrenta una gran parte de la población en su vida cotidiana. A pesar de esto, la sociedad no se inmuta. Pareciera ser que el tema de la discriminación resulta interesante y condenable al observarse mediatizado en el exterior, pero su relevancia se evapora cuando situaciones similares se presentan día con día en el espacio público y no generan ni un ápice de indignación. Hoy se pone de moda hablar en contra del racismo en los Estados Unidos, pero hace poco tiempo se manifestó en el país una profunda discriminación en contra de los integrantes de las caravanas migrantes.

Peor aún, el debate sobre el racismo en México regularmente se contamina con falsos dilemas como la discriminación a la inversa. Esto deja fuera del ojo público a los que se ven afectados no sólo de manera ocasional, sino de manera sistemática y persistente por costumbres arraigadas y prejuicios perpetuados por generaciones.

¿Cómo nos podemos indignar? Si bien el rechazo al racismo en México se ha manifestado en los últimos años a través de estudios, opiniones y pequeñas protestas, aún no se ha viralizado con la fuerza necesaria para volverse popular y colectivo.

Es momento de reconocerlo y actuar en consecuencia: hoy en día México es el país de los George Floyd y de las Rosa Parks.

Contacto:

*Pedro Rangel. Maestro en Políticas Públicas. Harvard University.

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Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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