A pesar de las oportunidades perdidas y que nuestros objetivos apuntan hacia otra región, México no puede ignorar el futuro de Latinoamérica.

 

 

Después del fracasado intento que resultó la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) en 1960, y los magros resultados que ha brindado su sucesora, la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi), creada en 1980, la realidad es que el concepto de integración y asociación se ha venido esfumando.

Esta idea ha sido sustituida por una serie de relaciones y posicionamientos, tanto económicos como políticos, que en algunos casos parecen quimeras. Se trata de ilusiones y buenas intenciones, pero la realidad es que las circunstancias han rebasado, por mucho, las posibilidades de una vinculación efectiva de Latinoamérica.

Todos nos sentimos muy latinoamericanos, pero cuando revisamos la geografía nos encontramos, obviamente, con que México está en América del Norte; 81.54% de nuestras exportaciones tiene como destino Estados Unidos (78.79%) y Canadá (2.75%), mientras que América Latina apenas representa 8.24% de nuestras exportaciones.

Al analizar las otras regiones, se tiene que Centroamérica, nuestro “cinturón continental”, tiene otros objetivos y realidades, por lo que aboga por su propia integración a través de la Organización de Estados Centroamericanos, que ha impulsado el Mercado Común Centroamericano y el Sistema de Integración Centroamericana. Por su parte, en Sudamérica existe una marcada división de ideología política y económica, que se ha traducido en diferentes alianzas y organismos como la Unasur, el Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones, entre otras.

A toda esta fragmentación se le deben agregar los vínculos económicos ya en marcha y la gran cantidad de tratados firmados, situación que ilustra que Latinoamérica es “un plato de espaguetis”, tratando de estar interligados pero que no están conectados.

El concepto de integración latinoamericana sigue siendo una ilusión y es, muchas veces, usado como retórica política, más que realidad económica. Aun así habría que considerar algunos aspectos que muestran el dinamismo de la región. Por ejemplo, la población ha experimentado un notable crecimiento como resultado de los avances de salud, seguridad social y desarrollo urbano.

En 1960 había 217 millones de personas, lo cual representaba 7.2% de la población mundial. Actualmente llega a 612 millones, que equivalen a 8.5% del total global; es decir, en este periodo se ha experimentado un crecimiento del 181.3% (su proyección al año 2050 es de 776 millones).

El hecho de no haber logrado una integración en 1960 dio como resultado que se perdiera la oportunidad de crear una infraestructura de comunicaciones, tanto terrestres como marítimas y aéreas, que junto con un plan de interconexión en telecomunicaciones, a través de satélites y otras tecnologías, hubiera dado la suficiente plataforma para que la región tuviera un mayor crecimiento en este siglo.

Sin embargo se debe destacar que la región ha visto un notable crecimiento que comenzó a partir de 1980. En dicho año, el PIB per cápita (medido en paridad de poder de compra) de la región era de 3,833 dólares y en el 2000 ya era de 7,588 dólares, un crecimiento de casi el doble (97.9%). Actualmente, el PIB per cápita es de 12,666 dólares y para 2019 será de 16,026, de acuerdo con el FMI; esto es un aumento de 111.2 % para el periodo 2000-2019.

En cuanto al desarrollo económico, ya se vieron los avances en ingreso per cápita, pero también es notable lo que ha sucedido con la IED. En 1990, América Latina recibió 8,698 millones de dólares (mdd), equivalentes a 4.17% del total de IED mundial. En 2013 la cifra fue de 188,897 mdd (un aumento de 2,884%), que representan 13% del total global. En 23 años la región ha triplicado su participación como destino de inversión.

Los datos nos muestran que vivimos una América Latina con un nuevo impulso que no deberíamos desperdiciar, ya que se nos abre la oportunidad de repensar cómo podemos potenciarnos en conjunto, no solamente con alianzas, sino con un compromiso de integración económica, política y social de largo plazo. Y que esta realidad sea un detonador para que una decisión política de alto nivel nos permita elevar la situación de América Latina a un nivel de potencial mundial.

A pesar de las oportunidades pérdidas y que nuestros objetivos apuntan hacia otra región, México no puede ignorar el futuro de Latinoamérica; ni ésta puede obviar el hecho de que necesita a México para construir un mejor futuro, por lo que es necesario dejar de lado las ilusiones y trabajar en concretar realidades. Así lograremos convertir una ilusión casi perdida en una realidad sólida de desarrollo compartido.

 

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.