Moody’s dio a conocer esta semana que bajó su perspectiva para el sistema bancario mexicano de “estable” a “negativa”, esto, señaló la calificadora, debido a “la expectativa de que el riesgo de activos incrementará con la expansión de la cartera de crédito de los bancos, aun cuando el crecimiento económico permanece deprimido”.

Agregó que por las presiones fiscales que tiene el gobierno, éste podría ver reducidas sus capacidades de apoyo a la banca en tiempos de estrés. Esto al menos tiene un aspecto positivo, porque bajo ninguna circunstancia el gobierno debería apoyar o “rescatar” a la banca de la quiebra, como para desgracia de los contribuyentes se ha hecho en el pasado.

La calificadora consideró además que la balanza de riesgos para la economía nacional se ha inclinado hacia terreno negativo a causa de los bajos precios del petróleo, la subida de las tasas de interés, la depreciación del peso frente al dólar y una expectativa de menor crecimiento de la economía estadounidense. Nada nuevo para los amables lectores de este espacio.

Señala también que el crecimiento del crédito continúa avanzando muy rápido –a una acelerada tasa que estiman del 12%-, con la agravante de que se seguirá dirigiendo hacia sectores de consumo y pequeñas y medianas empresas más riesgosos. Mal camino.

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De la misma forma, Moody’s menciona que las exposiciones petroleras de los bancos y de los gobiernos estatales y municipales continúan siendo un riesgo muy importante. Llaman la atención respecto a las transferencias federales, que históricamente han sido financiadas en gran medida con ingresos del petróleo.

Hay como ve una peligrosa cadena de riesgos que podría desencadenar en una crisis el efecto dominó.

Aunque al final de su comunicado Moody’s matiza diciendo que los niveles de capitalización de la banca se mantendrán “fuertes”, y que la rentabilidad seguirá “robusta” gracias a que puede seguir fondeándose a bajo costo (o sea endeudándose), las calificadoras suelen pecar de optimistas y sus pronósticos llegar demasiado tarde.

Lo anterior es válido igual para Standard & Poor’s (S&P), una más del grupo de las “Tres Grandes”, que ayer degradó la perspectiva de las notas soberanas de México en escala global a “negativa” desde “estable”, aunque confirmó las calificaciones.

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Advirtió la posibilidad de un tercio de bajarlas “si el nivel de deuda del gobierno general o la carga de intereses presenta un deterioro superior a nuestras expectativas, y aumenta la vulnerabilidad de las finanzas públicas de México ante los shocks adversos”.

Luis Madrazo, titular de la Unidad de Planeación de la Secretaría de Hacienda –en entrevista este miércoles con Oscar Mario Beteta-, minimizó como es habitual los anuncios. Sin embargo, debe quedarnos claro que, el reconocimiento que hizo de que aun el máximo “esfuerzo” del gobierno significará que para 2018 prevalezca un déficit de 2.5% del PIB-, no es ningún consuelo.

Todo lo contrario. Se trata de la confirmación de que este gobierno –que ha privilegiado el gasto corriente, recortado el de inversión y disparado la recaudación fiscal- no tiene un interés serio de equilibrar las finanzas públicas absoluta y definitivamente, sin pretextos.

Por eso, bien vendría el nombramiento de un nuevo secretario de Hacienda que –claro, dependiendo de quién se tratara-, enviaría una señal a los inversores del mundo de que el compromiso de Enrique Peña Nieto por la estabilidad del país va en serio.

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Luis Videgaray es ya sinónimo de despilfarro y expansión de la deuda, suficiente para ponerle una calificación de “reprobado”.

El presidente debe volver a su (incumplida) promesa de inicio de sexenio de déficit cero, y hacerlo de inmediato.

Como lo expresado en los dos párrafos previos es bastante improbable que suceda, es un hecho que la nota soberana del país ya debería ser más baja. Las calificadoras, otra vez, van tarde.

Aun así, las nuevas voces de advertencia de Moody’s y S&P se suman a otras que Hacienda ha ignorado, como la misma del Banco de México.

Es demasiado lo que está en juego como para seguir esperando un manotazo en la mesa. Los escándalos de Enrique Peña Nieto no deben distraerlo de lo que es importante, y esto, lo es demasiado.

 

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