En los sueños de independencia, los universitarios se orientaban a crear empleos para sí mismos y para otros. Los sueños de la actual generación dependen de que otros creen empleos para ellos.

 

 

Con la lucidez que le caracteriza, Gabriel Zaid escribió que una de las razones estructurales del estancamiento de nuestra economía es la menor productividad del capital.

Hoy, la inversión de un millón de pesos produce menos empleos que hace 60 años: “el capital no baja a las pequeñas inversiones, que son las más productivas; y prevalece la idea (completamente ilusoria) de que se puede equipar al resto de la población con la misma intensidad de capital. Pequeño detalle, para crear un millón de empleos con inversiones de 400 mil dólares cada uno (intensidad normal en las grandes empresas) hace falta invertir el 40% del PIB, en vez del 15% de 1955; un porcentaje inalcanzable. En el México de hace 60 años –continúa Zaid–, los estudiantes de leyes, medicina, ingeniería y contabilidad soñaban con poner su despacho, su consultorio, su constructora, su fábrica. Hoy sueñan con hacer posgrados, llegar a puestazos y tener el poder, los ingresos, los viajes y las prestaciones de una posición elevada. En los sueños de independencia, los universitarios se orientaban a crear empleos para sí mismos y para otros. En los sueños de ahora, dependen de que otros creen empleos para ellos. No están preparados para dar empleo, sino para buscarlo, lo que favorece el desempleo y el estancamiento”.

La marcha de la economía depende de percepciones y expectativas. El viraje improductivo retratado por Zaid tiene que ver con la expectativa de toda una generación que ha aprendido a diagnosticar inteligentemente el entorno: ¿emprender?, ¿ser Pepe y Toño en una coyuntura fiscal que desincentiva la inversión, la deducibilidad y la formalidad?, ¿dar empleo a otros, cuando no hay empleo en primera persona?, ¿emprender con crédito caro, cero seguridad jurídica y obligada mordida? Duele aceptarlo, pero el viraje improductivo es perfectamente racional.

Más aún cuando analizamos que el único sector que empleó a más gente, elevó salarios, prestaciones, que creció de manera sostenida independientemente de la marcha de la economía, fue el sector público.

 

Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error

No es lamento dogmático; son los números: en 10 años (2001 -2011) pasamos de tener 89 funcionarios con el nivel de subsecretario a 1,011; de 69 a 1,212 jefes de unidad; de 1,396 a 6,845 directores generales; de 4,000 a 38,000 directores de área. Ni hablar de los nuevos órganos constitucionales autónomos, que suenan tan bien como onerosos son para las arcas públicas.

El escenario descrito implica menos egresados generando empleos, más egresados buscándolo, más subempleados y más gasto público, que –vale recordarlo– no significa más inversión.

Lo cierto es que los egresados le están siendo menos útiles a la economía, y la economía le está siendo menos útil a los egresados. Una encuesta de Manpower revela que el 10% de los jóvenes veinteañeros piensa profesionalmente en el emprendimiento, mientras que el 32% apuesta su futuro a encontrar trabajo en el gobierno. ¿Quién se atreve a tirar la primera piedra, cuando la economía desincentiva a los emprendedores y deposita en el gasto público todas sus esperanzas?

Cuando esta etapa de reformas legales pase, y con ella la tentación de homologar cada cambio a la ley a una transformación social, notaremos que el sistema educativo nacional tiene problemas más complejos que –con perdón de los políticamente correctos– el sindicato y el bullying. De fondo, el dilema estriba en que la educación está desconectada de la economía; el vagón de la educación media superior y superior está llegando tarde a la cita con una locomotora económica a medio gas. La tasa de desocupación de los egresados de preparatoria y universidad en los últimos cinco años es exactamente igual a la de la media nacional. La educación está incumpliendo la promesa de ser ese vehículo eficaz para la movilidad social.

 

Del derecho a la práctica

En México nos hemos especializado en llevar nuestras frustraciones a la Constitución. Todo lo que no podemos garantizar de hecho, lo garantizamos por ley. Todo lo que no puede cumplirse se plasma como derecho inalienable. Así tenemos derecho a la vivienda digna, al empleo, y ahora –gracias a la incansable tarea de los legisladores de transformar la Carta Magna en carta de buenas intenciones– el derecho constitucional a la educación media superior. Muy bien. Pero seguimos sin salir del círculo de la educación como conquista, aunque sea impráctica. Tenemos social e históricamente claro el porqué estudiamos, pero no para qué.

Tal vez sea hora de analizar el modelo educativo a la luz de la productividad del capital, la realidad fiscal y económica, así como de las perspectivas y expectativas de una generación entera que asume a la educación como el instrumento que le garantice igualdad de oportunidades a pesar de la desigualdad de condiciones.

 

 

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