Por Pablo Medina*

Pemex ocupa un lugar especial en el colectivo popular mexicano. La petrolera es tanto motivo de añoranza de una “época dorada”, como de desconfianza dada su larga historia de corrupción. La realidad es que por más cariño que el pueblo le tenga a Pemex, le ha permitido a la burocracia en turno hacer de las suyas. Esto tiene que cambiar.

La reforma energética fue un primer paso en la dirección correcta. La competencia ya trae resultados positivos, tales como el descubrimiento de Zama o el compromiso de 70 pozos exploratorios offshore en los próximos tres años; la mayor cantidad en la historia de México en un periodo similar. No obstante, la reforma pudo haber hecho algo mejor: definir el rol de Pemex en el siglo XXI.

La petrolera requiere un nuevo paradigma, apoyándose del ecosistema competitivo postreforma. No podemos darnos el lujo de tener miedo a evolucionar. Hablar de un IPO, un CEO transexenal, migración masiva de asignaciones a contratos, desinversión de activos poco rentables debería de ser aplaudido, no ser un tabú. En el sector petrolero la directriz actual es valor > volumen; no nos quedemos atorados con ideas anticuadas de producir por producir. ¿Por qué 90% de los campos de Pemex solo contribuyen al 25% de su producción? Es justo aquí donde se esfuma la eficiencia. ¿Por qué justificar una inflada plantilla laboral y a un sindicato opaco? Rompamos el círculo vicioso.

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¿Quieren pruebas? Pemex produciendo menos tuvo mejores resultados en sus últimos estados financieros. También obtuvo más de 200 millones de dólares al licitar parte de Ogarrio y Cárdenas-Mora, que solo producen 11 mil barriles diarios. Repliquemos este modelo y démosle oxígeno vía numerosas asociaciones estratégicas. El que mucho abarca poco aprieta.

En México, al pensar en Pemex sufrimos de un sentimiento conocido en portugués como saudade. Esto es una nostalgia que añora el retorno a una utopía, actualmente inalcanzable. La dura realidad es que Pemex jamás tuvo una época dorada en la cual fue estandarte global como petrolera. La corrupción siempre ha sido omnipresente, la inversión en investigación bajísima y agradezcamos al asteroide Chicxulub por Cantarell y Ku-Maloob-Zaap, porque sin él difícilmente seríamos relevantes en el mundo petrolero.

¿Queremos vivir invocando un espejismo histórico o queremos construir un futuro digno de ser orgullo de todos los mexicanos? Dejemos los nacionalismos anticuados y modernicemos nuestro pensamiento en línea con la industria petrolera. No somos una excepción y tenemos que competir por capital globalmente como uno de muchos destinos. Definamos un futuro de Pemex en el cual las mejores prácticas internacionales generen valor en ciertos nichos buscando el crecimiento estratégico en yacimientos complejos vía asociaciones. Soltemos el ancla del miedo al progreso y permitamos que Pemex nos enorgullezca. Establezcamos un rumbo y démosle las herramientas necesarias por el bien de México, no hay tiempo que perder.

*Miembro de México con Energía y del grupo de Energía de COMEXI

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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