No sé si la próxima vez que vaya al Tenampa, el mariachi me ofrezca enviar a mi correo la factura por haber cantado “Cuando sale la luna” o “Un mundo raro”. Lo dudo. Sé que México no debe perder sus tradiciones, sino potenciarlas.

 

La última vez que contraté los servicios de un mariachi fue en el famoso bar Tenampa, que se encuentra en la Plaza Garibaldi. Ocurrió el verano pasado. Por 400 pesos, el grupo cantó varias canciones de José Alfredo Jiménez. En la mesa de al lado, un grupo de universitarios juntaba sus manos en círculo —eran alrededor de 12 individuos—, y se retorcían como poseídos porque un señor de los que venden “toques” les había subido el voltaje a la descarga eléctrica que querían experimentar.

Esa noche, el Tenampa estaba lleno de la oferta mexicana variopinta típica: grupos de mariachi, muchos grupos de música veracruzana y tríos también deambulaban por ahí… Otros oferentes de bromas y recursos de diversión son típicos de esos lugares: el pajarito, que por un alpiste te “lee” la suerte, es tradicional, y un gran etcétera.

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El folclor tradicional mexicano es altamente valorado porque refleja atributos que consideramos distintivos de nuestra sociedad: los mexicanos creemos que pocas personas en el mundo la pasan tan bien como nosotros gracias a nuestra música, comida, recursos naturales, clima y reuniones sociales. Todo eso es cierto, y somos afortunados. No obstante, este tipo de atributos de la mexicanidad casi siempre tienen una intersección con la vida económica que se inscribe en el lado informal de la ecuación. De tal suerte, podemos tener, por ejemplo, la mejor colección de flamencos en Yucatán, pero la oferta económica para apreciarlos (servicios turísticos, embarcaciones, restaurantes, etc.) es sumamente informal, y parece no haber forma de cambiarlo.

Es verdad que muchos mexicanos hemos comido quesadillas en La Marquesa o en Tres Marías, y nos agrada que esa deliciosa oferta esté disponible cuando estamos de viaje. No obstante, pareciera que los atributos que definen a esos negocios debieran, por antonomasia, ser informales. ¿Alguien se imagina que en Tres Marías se monten 80 restaurantes como los que vemos en las carreteras alemanas, con gran infraestructura, iluminación, estacionamientos, limpieza y orden, para vender caldo de hongos y sopa de sesos? ¿Alguien apostaría a que el mariachi del Tenampa nos dé algún día un comprobante fiscal por las cinco canciones que su grupo nos tocó?

Los mexicanos consumimos a diario los productos de la informalidad y lo hacemos con gusto. Y es ahí donde está el reto.

El INEGI ha reportado que en el país hay casi 29 millones de personas trabajando en la informalidad. Esto significa que el personal de servicio, el cocinero, el chofer, la manicurista, el peluquero, el jardinero, el carpintero, el sastre, la enfermera y miles de profesionales viven cotidianamente en la informalidad. Así es: 60% de la Población Económicamente Activa (PEA) está en la informalidad.

A principios de febrero pasado, el jefe del SAT, Aristóteles Núñez, aseguró que la institución que encabeza buscará que más de 13.2 millones de personas que hoy se encuentran en la economía informal pasen a la formalidad. Para ello, el SAT se ha dado a la tarea de irlos formalizando poco a poco a través del Régimen de Incorporación Fiscal (RIF), que ha sido exitoso en su primer año de vida, y que en 2015 capturará muchos más adeptos.

No sé si la próxima vez que vaya al Tenampa el mariachi me ofrezca enviar a mi correo la factura por haber cantado “Cuando sale la luna” o “Un Mundo Raro”. Lo dudo. Sé que México no debe perder sus tradiciones, sino potenciarlas. Pero también es cierto que muchas costumbres de la economía tradicional son ancestralmente informales y que debemos dotarlas de elementos para que evolucionen a la formalidad.

Quizá el RIF no sea la varita mágica que mucha gente pensaba para que de un día a otro los informales se conviertan a la formalidad. Pero sí es un mecanismo mínimo para que millones de individuos tributen y, al mismo tiempo, obtengan más de los beneficios que el Estado debe proveer, como una educación mínima de calidad, servicios de salud y, primordialmente, seguridad pública.

Démosle entonces tiempo al tiempo, aunque al final del día las quesadillas de La Marquesa o escuchar el “Querreque” con un trío veracruzano sigan siendo actividades eternamente informales.

 

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