Mikhail Prokhorov es un multimillonario y magnate en Rusia que  está convirtiendo a la política  en su trabajo de tiempo completo. Es un fuerte candidato para reemplazar algún día a Vladimir Putin en el Kremlin.

 

Por Katya Soldak 

 

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Cuando Mikhail Prokhorov, multimillonario, oligarca alfa y socio de Jay-Z llega a Nueva York, ocupa un penthouse del hotel Four Seasons cuya renta cuesta 35,000 dólares por noche. Prokhorov, con sus más de dos metros, está completamente relajado en un sillón del salón principal, prefiere un ambiente controlado, lo cual es prácticamente su modus operandi personal.

Son los primeros días de febrero, y él estará en la ciudad tan sólo por algunas noches, para ver a los Nets de Brooklyn, que esta noche juegan contra los Toros de Chicago. Hace tres años, Prokhorov invirtió 200 millones de dólares (mdd) en los Nets, que se mudaron al espectacular y nuevo Barclays Center el otoño pasado. Sin embargo, los Nets son más un pasatiempo que una preocupación seria. “He dejado todos mis negocios a mis socios”, comenta el magnate, “para que pueda dedicarme 100% a la política”.

Prokhorov irrumpió en la escena política rusa justo a tiempo para postularse contra Vladimir Putin, cuya elección en 2012 –por tercera vez como Presidente– fue inevitable. Antes de anunciar su decisión para participar de manera independiente, entregó su partido político, Causa Justa, al Kremlin, diciendo que solamente era un títere del gobierno. La próxima vez, insiste, va en serio. “Estamos en el proceso de construir un partido real, fuerte, poderoso, llamado Plataforma Civil”.

Para ganar credibilidad, y atraer votantes, debe desmentir su etiqueta de amateur. Prokhorov, de 47 años, ha sido desde vendedor ambulante hasta deportista extremo, aunque finalmente se declara político. “Me considero como una alternativa al régimen actual,” comenta.

Claro, Prokhorov tiene mucho cuidado por demostrar su respeto por Putin. Sin embargo, retar al Kremlin de cualquier forma sigue siendo un juego peligroso. Los oponentes, como el anterior oligarca contemporáneo de Prokhorov, Mikhail Khodorkovsky, se han encontrado a sí mismos sepultados en el gulag. Otros –como Alexander Litvinenko, ex agente de la KGB que se convirtió en espía del M16, y Sergei Magnitsky, un contador que devino en soplón– acabaron seis metros bajo tierra (el Kremlin ha rechazado tener conexión alguna en la muerte de Litvinenko).

Así que Prokhorov se encuentra escribiendo un nuevo manual de política para multimillonarios, uno mucho más complicado y de mayor repercusión que el que usó Silvio Berlusconi para aprovecharse de su participación en los medios para convertirse en el Primer Ministro de Italia.

Él sabe que no puede actuar con demasiado atrevimiento o de forma desafiante, pues el Kremlin lo detendrá de inmediato. También sabe que no se le puede relacionar demasiado con Putin o perderá credibilidad. Y sin duda sabe leer el calendario: faltan cinco años para las próximas elecciones presidenciales y con una fortuna valorada en 13.000 mdd, Prokhorov puede soportar este juego durante algún tiempo.

Prokhorov llega al Barclays Center, camino a su palco privado saluda a desconocidos y hasta promete autógrafos a un par de niños que portan playera des de los Nets. Hasta que llega su socio en Brooklyn, el promotor inmobiliario Bruce Ratner.

Ratner es la fuerza vital detrás de la arena que antaño causó controversia y dueño del 55-45 junto con Prokhorov. Los dos son dueños, también, de los Nets (Prokhorov: 80%; Ratner: 20%). El tercer miembro de tan extraño trío es la sensación del hip-hop, Jay-Z, (se rumora que posee una parte). O tal vez no tan extraño: todos han conseguido el éxito, a gran escala, de forma independiente. Prokhorov dice que existe un “lazo natural” entre él y Jay-Z.

Cuando empieza el juego, Prokhorov se sienta con respresentantes rusos de su empresa Onexim Sports & Entertainment, con base en Estados Unidos. Billy King, el gerente general del equipo, se para a saludar. Prokhorov mira el juego nervioso, inquieto, tronándose los nudillos, sin embargo, para él es una simple “forma de relajarse, por así decirlo, un contraste a los dolores de cabeza que da la vida política”.

 

Un emprendedor muy afortunado

 

Prokhorov apenas pensaba en los asuntos del Estado. La trayectoria de su éxito espectacular –de estudiante a banquero y luego a hipercapitalista minero– dependió de mantener buenas relaciones con el gobierno, primero bajo el caótico y corrupto desastre de la administración de Boris Yeltsin, y después bajo el cada vez más represivo (o acaso más organizado) pero aún corrupto reinado de Putin.

Prokhorov aprendió de su padre sobre el mundo fuera de la Cortina de Hierro, quien solía viajar mucho con el Comité Deportivo Soviético. Ni él ni la madre de Prokhorov, una ingeniera, vivieron para atestiguar el colapso del imperio. En ese momento, después de una interrupción de dos años en su formación académica para servir en el Ejército Soviético, Prokhorov terminó sus estudios en el Instituto Financiero de Moscú. De la noche a la mañana pasó de ser el hermanito despreocupado al proveedor de la familia.

Convertirse en un emprendedor fue en parte resultado de tener que apoyar a su familia. Sin embargo, Prokhorov lo ve básicamente como un patrón arraigado de toma de riesgos que comenzó con un negocio de pantalones de mezclilla deslavados. “La gente me decía: ‘¿Qué haces? Tienes una carrera brillante por delante… ¡y la estás desperdiciando! Esta moda pasará en dos o tres años’”.

Prokhorov no se quedó el tiempo suficiente para comprobarlo. Su educación financiera de élite lo ayudó a escalar niveles en un banco internacional que lidiaba con el antiguo bloque soviético, para después moverse a otra institución financiera que adquiría activos del Estado por cientos de millones de dólares. Le pegó al gordo cuando él y Vladimir Potanin, ahora también multimillonario, formaron Onexim Bank, que se encargaba de hacer préstamos al gobierno y extender obligaciones con hacienda, para después lidiar con empresas en bancarrota. “La gente me decía: ‘¿Qué estás haciendo? ¿Tu propio banco? ¡Es muy poco confiable!’”, recuerda Prokhorov.

De hecho, esa fue la ruta más fácil a las riquezas cuestionables de mediados de los 90, durante la oscura privatización de Rusia. Cuando el gobierno no cumplía con los préstamos, los bancos adquirían las participaciones. A finales de 1995, Onexim obtuvo el control de Norilsk Nickel: la base de la riqueza fenomenal tanto de Prokhorov como de Potanin, quien después ocupó brevemente un puesto gubernamental a cargo de la privatización.

Prokhorov convirtió a Norilsk en un modelo de eficacia y en una fuerza motriz. Sin embargo, también era arrogante… y suertudo.

Arrogante, como en el trillado episodio de 2007 por la sospecha de haber contratado prostitutas para sus amigos. Fue absuelto dos años después y, en 2011, le otorgaron la distinción de la Legión de Honor en Francia. “Voy a antros una vez cada tres semanas,” comenta Prokhorov encogiéndose de hombros. “Tengo muchas fans… ¿para qué esconderlo?”.

Afortunado, Prokhorov liquidó algunos de sus intereses en minería, metalurgía y energía entre 2007 y 2008, justo antes de la crisis financiera mundial y la caída en los precios del petróleo (desde entonces sus ingresos se han elevado 33%). Onexim Group, su fondo de inversión privado, llega hasta los sectores de la minería, los metales, servicios financieros, tecnología y medios. Sin embargo, Prokhorov puso en manos de otros la gerencia del día a día el otoño pasado, para concentrarse de tiempo completo en la política. Recientemente vendió su activo más grande en Rusia, su participación de 38% en Polyus Gold, por 3,600 mdd. Eso, además de los 4,500 mdd en dinero líquido que supuestamente mantiene fuera de Rusia, y muy lejos del alcance de los entrometidos del Kremilin.

 

Encuentro inevitable

 

La política, declara Prokhorov, ahora con una peroración elocuente pero difícilmente improvisada, es la culminación natural de su vida. “En un punto comienzas a entender que, al principio, estás en esto por ti mismo, tu familia y tus amigos. Luego, una vez que comienzas a dirigir grandes sistemas, notas que los negocios cambian tu vida”, comenta. “Cuando has adquirido una cierta cantidad de experiencia, descubres que surge en ti el deseo de ayudar a toda la gente. ¿Y cuál es la forma de lograrlo? A través de la política”.

Si pasamos por alto la palabrería de campaña, comienza a surgir una nueva calidad de político ruso: un tipo inteligente, educado, exitoso y cosmopolita, que entiende el valor de la competencia. “En esencia, el mundo está cambiando,” asegura Prokhorov. “Cualquier país que no está actualizado se encuentra en peligro. Y Rusia es uno de esos países”.

El Banco Mundial coloca a Rusia en el número 112, de 185 naciones, por su facilidad para hacer negocios. El Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional le da a Rusia un puntaje de 28 de 100 posibles. Sin embargo, hay más que una agitada clase media. Marginada y furiosa, la juventud de la nación y los intelectuales de Moscú desean ansiosamente un cambio.

¿Qué puede ofrecerles Prokhorov? Formada el verano pasado, la Plataforma Cívica aún está cuajando. En octubre pasado se llevó a cabo una convención donde explicó con detalle su programa, bastante radical, pero con un enfoque regional, o por lo menos en sus inicios. Prokhorov sugirió cambiar la constitución para replantear los límites de Rusia y así terminar con las repúblicas y los distritos étnicos. El partido estuvo de acuerdo en enfocarse en las próximas elecciones gubernamentales, encontrando candidatos en las regiones a las que Putin no ha declarado el privilegio de designarlas. La Plataforma Cívica también tomará en cuenta a los activistas políticos regados por la nación.

Y hablamos de que difícilmente se hallaran las ideas de Danton o Lenin. “Todo esto parece muy cautelar y más orientado hacia desarrollar (su) presencia (política), en vez de establecer una visión a largo plazo que la gente pueda seguir”, comenta el hijo de Mikhail Khodorkovsky, Pavel. El más grande de los Khodorkovsky, que una vez fuese uno de los hombres más ricos del mundo, se quebró cuando se involucró en la política y retó a Putin. Pasó la última década pudriéndose en la cárcel, bajo cargos bastante cuestionables de evasión de impuestos y fraude, relacionados con Yukos, su antiguo imperio petrolero que fue desarticulado y renacionalizado.

Desde la carrera presidencial del año pasado, Putin apretó las tuercas, marginando o encarcelando a los opositores, como fueron los casos del blogger Alexei Navalny y el activista de los derechos humanos Sergei Udaltsov. Sin duda alguna, la Plataforma Cívica existe bajo la aprobación de Putin, lo que obliga a Prokhorov a moderar sus ambiciones a corto plazo y en vez de eso jugar a la realpolitik.

Mientras que Prokhorov deliberadamente se denomina una “alternativa” política en vez de un oponente, él y Putin no se ponen de acuerdo en cuanto al rumbo que tomará Rusia. “Para mí, en lo personal, el individuo es más importante que el gobierno. El gobierno tiene que hacer todo para proteger la propiedad privada y la libertad individual”, comenta Prokhorov.

Están surgiendo las características de una plataforma apoyada por Prokhorov: inclinada al Occidente, que apoya el libre mercado, la libertad de expresión y la transparencia financiera.

El partido de Prokhorov está apoyando candidatos para una serie de puestos cada vez más importantes: elecciones regionales, comicios para elegir al alcalde de Moscú en 2015, de la Duma (Parlamento) en 2016 y la carrera por la Presidencia en 2018.

En su mira está reintroducir a un multimillonario como una fuerza política seria ante un público cínico. Gran parte de la élite liberal rusa ve a Plataforma Cívica como un complot apoyado por el Kremlin para cautivar electores y políticos enojados y alienados, menciona Alexander Kynev, un analista político en un comité de expertos de Moscú.

Prokhorov sabe que tiene importantes obstáculos para ganar credibilidad. “Si no le mientes a la gente y eres honesto y claro sobre la forma en cómo ganaste tu dinero, puedes verlos a los ojos y explicárselos”, comenta. Y les puedes prometer –con verosimilitud– que una vez que asumas el puesto no te encontrarán con las manos en la masa.

Sus amigos en Estados Unidos parecen estar convencidos: “No conozco el panorama político en Rusia,” comenta Ratner, el magnate de bienes raíces. “Sin embargo, Mikhail tiene grandes habilidades de liderazgo. Es muy inteligente, tiene un gran sentido del humor y no tiene miedo de tomar decisiones… como Michael Bloomberg”.

Una actitud mental aguda y determinada, que lo mismo aplica en la política como en el básquetbol.

 

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