Desde desde Thelma & Louise Ridley Scott no se mostraba tan divertido, tan libre de pretensiones filosóficas más profundas.

 

¿Quién no se ha sentido sólo? Es común en las grandes ciudades dejarse afectar por la soledad aun cuando se está rodeado de seres humanos, es verdaderamente complicado encontrar un pedazo de paz cuando la urbe funciona las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Cada vez son menos comunes las historias de personas abandonadas durante años en una isla o pérdidas durante días en la vastedad del océano. Nuestro nuevo horizonte no es terrestre, sino espacial y la ciencia ficción siempre ha sabido cómo explotarlo.

Mark Watney (Maaaaaatt Damon) es un botánico junto a un grupo de astronautas en Marte, su misión es sencilla: recoger muestras del suelo marciano y regresar a casa. Sin embargo, una tormenta de polvo complica las cosas y deben suspender sus deberes a la mitad para poder regresar a salvo a Tierra. Un desafortunado accidente hace creer a la tripulación que nuestro protagonista murió durante el escape, dejándolo varado en el famoso planeta rojo. Con pocos recursos Mark deberá encontrar la forma de sobrevivir, además de entablar contacto con la NASA.

La carrera de Ridley Scott está marcada por la ciencia ficción, aun cuando la mayor parte de su filmografía no esté inscrita en el género. Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) y Blade Runner (1982) son piedras seminales de la historia del cine, al grado que el cineasta se vio obligado a regresar a ellas: con Prometeo (Prometheus, 2012) en el caso de la primera y estéticamente la segunda en Lluvia negra (Black Rain, 1989). Los últimos años han sido un vaivén genérico para Scott y de trabajo constante, del 2010 a la fecha filmó seis películas, una cifra nada despreciable en el mercado hollywoodense. Su esfuerzo más reciente detrás de la cámara marca un cambio porque su objetivo con Misión rescate (The Martian, 2015) no es reflexionar sobre la existencia o enfrentarnos a lo desconocido, no, quiere entretenernos, ayudarnos a pasar un buen rato. Nada más.

Usando una edición ágil y a un carismático Matt Damon como punta de lanza, Misión rescate es una demostración de las increíbles capacidades de la mente humana. Estamos ante una película cuyo conflicto central es el hombre contra la naturaleza, poniéndola en la misma repisa de ejercicios recientes como Gravedad (Gravity, 2013) –aunque las escenas en el espacio palidecen en comparación con la cinta de Cuarón–, Todo está perdido (All Is Lost, 2013), 127 horas (127 Hours, 2010), o Náufrago (Cast Away, 2000), aunque los ejemplos abundan. No hay obstáculo para nuestro botánico espacial que no pueda resolverse gracias a sus conocimientos y habilidades científicas.

Quizá desde Thelma & Louise (1996) el director no se mostraba tan divertido, sin pretensiones filosóficas más profundas. Esos chistes que involucran música disco son inspirados, aunque parte del crédito es para el guionista Drew Goddard (La cabaña en el bosque, Cloverfield).

Seguro quedarse varado es una de las experiencias más aterradoras del mundo, pero Scott y su equipo logran hacerlo ver muy divertido, justo como Tony Scott (hermano del director que se suicidó hace un par de años) logró hacerlo con su vacío pero cautivante relato de un tren desbocado en Imparable (Unstoppable, 2010).

En algún lugar, Tony está sonriendo.

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