Los concursos de belleza, como Miss Universo, logran, a través de detalladas referencias a la belleza de las candidatas, generar un proceso político donde se da la escenificación del dominio de un grupo y clase social sobre el resto.

 

El incidente del concurso Miss Universo 2015 en el que el presentador Steve Harvey señaló, erróneamente, como ganadora a Miss Colombia y luego le tuvo que quitar la corona para dársela a Miss Filipinas, se ha convertido en un escándalo viral de esos que sacuden de risa a las redes sociales y que los medios de comunicación convencionales replican con cierta seriedad y gravedad.

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Incluso en México llegué a escuchar a un presentador estelar decir que seguramente habría una investigación. Sensacionalismo aparte, este accidente nos permite discutir otras implicaciones y motivaciones de los reinados de belleza, sobre todo en clave de género, que no solo tiene que ver con la dominación masculina, sino también sobre la dominación colonial.

Uno de los textos más emblemáticos a este respecto es el de la académica colombiana Ingrid Bolivar, titulado: Reinados de Belleza y nacionalización de las sociedades latinoamericanas. En él, describe cómo a través de detalladas referencias a la belleza de las candidatas se genera un proceso político donde se da la escenificación del dominio de un grupo y clase social sobre el resto, así como su naturalización a través del uso de los rasgos físicos como constatación de una pretendida valía moral innata: para ser princesa hay que parecerlo. Con ello se empiezan a construir estereotipos de belleza.

Bolivar también muestra que la dicotomía entre lo público y lo privado puede ocultar las formas ambiguas de participación de “mujeres distinguidas” en el mundo público. El texto afirma que el reinado de belleza en Colombia deja ver algunos esfuerzos “modernizantes” de los grupos autoconsagrados como elites, tanto como sus propias resistencias aristocratizantes ante las transformaciones del nosotros nacional.

Aunque el concurso siempre ha sido público, en Colombia no cualquiera podía participar en él o al menos no bajo las mismas condiciones, eran por lo regular nobles damas, hijas de familias distinguidas quienes se encargarían de representar el ideal de la familia y las buenas costumbres frente a un pueblo que las aclama como reinas; aún y ese reinado sea de ornato, tal y como se espera que la mujer se comporte en la vida privada, esto es, como acompañante del marido en las discusiones elevadas y en lo público, por extensión, como adorno del discurso político y de la política.

De esta manera se le abría un espacio de participación simbólica, que no efectiva, a las mujeres. Estos esquemas que detecta Bolivar en Colombia se van repitiendo más o menos de la misma manera en el resto del continente y del planeta. Así, el reinado nacional deja que las mujeres defiendan, naturalicen y exhiban en la vida pública el grado de “civilización” que han alcanzado o del que disfrutan de manera natural. Y por tanto que se conviertan en aspiración y modelo del resto de las mujeres.

En el entramado internacional, el concurso Miss Universo si bien empezó como un certamen publicitario para una marca de trajes de baño en EU y luego de bikinis en Inglaterra, se ha visto tocado con tintes políticos. Como ejemplo está la participación de Cuba Libre en el que las cubanas en el exilio participaban a nombre de la isla bloqueada. Otro elemento es que es justo Estados Unidos, como principal potencia mundial, quien más ganadoras tiene, pero no por mucho, apenas una más que Venezuela, con lo que el país sudamericano se ha autoproclamado como el poseedor de la mujeres más bellas del mundo. Si seguimos en el conteo, veremos que el tercer sitio lo ocupa Puerto Rico, con cinco ganadoras, Filipinas y Suecia empatan con tres cada uno y entre los 10 países que tienen dos ganadoras tres son latinoamericanos, Colombia, México y Brasil.

Ya sumando, el continente americano arrasa en este certamen en el que, dicho sea de paso, escasean las reinas negras, solo cinco en 63 años. Siguiendo lo propuesto por Ingrid Bolivar, pareciera ser que la única vía de participación pública para las mujeres en estos países es a través de un reinado ficticio (dado que no es político). Las reinas de belleza se convierten en embajadoras fetiche de sus países, se muestran elegantes, sonríen, saludan, lloran y se coronan. Por cierto, en los últimos 40 años solo 10 mujeres han gobernado en todo el continente americano.

 

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