Según OCC Mundial, el hecho de que para 70% de los ejecutivos que encuestaron sea relevante la puntualidad y que ahora estén a tiempo para enfrentar sus compromisos es un gran avance que está directamente relacionado con los avances tecnológicos. Ahora tenemos más aplicaciones que nos recuerdan las juntas y compromisos profesionales. Sin embargo, hay un treinta por ciento que siguen pretextando que el tránsito estaba imposible, que no encontraban lugar para estacionarse y, muchos otros, simplemente olvidaban los compromisos y se presentaban tarde, incluso cuando las citas se llevaban a cabo en el mismo edificio. La puntualidad, decía Luis XVI, es la cortesía de los reyes y tenía la voz llena de razón.

Lo curioso es que todos nos declaramos puntuales, sin embargo, a la hora de demostrar la competencia de la puntualidad, la maquinaria empieza a rechinar. Cuando se entrevista a un candidato, pasa la primera prueba si llega a tiempo, pero si se le solicita que describa lo que es la puntualidad, empiezan los tragos gordos. México es el país en el que se cita media hora antes a los compromisos sociales para que la gente llegue a tiempo. Sin embargo, el mundo globalizado exige precisión. Si la cita es a las diez de la mañana, es malo llegar media hora antes y es peor llegar media hora después. Los franceses tienen una expresión inmejorable: pil a l`heure, que significa, justo en el momento.

Los pretextos más frecuentemente utilizados para justificar una llegada tarde son problemas externos, problemas de tránsito, imprevistos y los más sinceros llegaron a admitir su falta de organización y mala memoria, otros reconocieron que tienen la costumbre de retrasarse y lo cierto es que sea lo que sea, una persona impuntual deja ver las costuras de la falta de seriedad y de profesionalismo. Es cierto, hay imponderables, pero pareciera que esos en territorio nacional se dan en maceta. El tiempo es un activo y es un valor que se ejerce. No espera ni se detiene a favor de nadie. Para los griegos de la época clásica el tiempo era un dios: Cronos.

Los modernos diccionarios lo definen: “relación que se establece entre dos o más fenómenos, sucesos, cuerpos u objetos” (Enciclopedia Ilustrada Cumbre); “duración de los fenómenos… época, siglo” (Diccionario Larousse); “duración de las cosas sujetas a mudanza” (Diccionario de la Real Academia); “aspecto mensurable de la duración” (Diccionario de Psicología; editado por FCE).  La mejor definición, si bien no la más clara para el lector moderno, sigue siendo la antiquísima definición de Aristóteles: ο της κινησεως aριϑµ ς κaτa πρ τερου και υστερου = υ el número, o la medida, del movimiento según antes y después. Para Aristóteles, como para la mayoría de los filósofos antiguos y medievales, la palabra movimiento equivalía a cambio —decían que todo lo que cambia “se movía” de la potencia al acto, es decir, de la posibilidad a la realidad—.

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La administración del tiempo es el arte de hacer que sirva para el beneficio de las personas y de las sociedades. Como el tiempo no existe en sí, la administración del tiempo es la administración de sí mismo. Es decir, el manejo adecuado que cada uno de nosotros hace de los recursos de todo orden, ya que no hay una sola realidad que se sustraiga al tiempo.

En torno al tiempo, se han creado un sinnúmero de conceptos falsos, auténticos mitos, que ocultan la realidad de las cosas creando ilusiones deletéreas. Desde el: famosísimo no tengo tiempo, el usadísimo no me alcanza el tiempo, hasta el tiempo vuela —como si le pudiéramos ver las alas— o se nos viene el tiempo encima, —como si se tratara de ropa mal acomodada en un armario— o la joya de hay que ir contra reloj —como si el tiempo fuera nuestro enemigo—, o la sentencia más terrible: tenemos que recuperar el tiempo perdido, —como si algo así fuera factible.

Falsedades todas. El tiempo del día y del año transcurre a un ritmo matemáticamente uniforme y parejo: a nadie se le echa encima, y nunca vuela ni tiraniza a la gente. Tampoco se recupera. Si un piloto sale de París a Nueva York con una hora de retraso, podría recorrer ese trecho en menos tiempo del acostumbrado, pero tendrá que pagar un precio adicional: mayor esfuerzo en las máquinas, mayor gasto de combustible, mayor tensión de los operadores y mayor riesgo para todos. Lo mismo sucede cuando manipulamos las manecillas del reloj hacia adelante o hacia atrás para ajustarnos al huso horario o la temporada veraniega o invernal. La tan cacareada escasez de tiempo es un engaño que nace de administrarlo mal, confundiendo prioridades, ignorando objetivos, obsesionándose por hacer más cosas de las razonablemente posibles y que se nutre de la incapacidad de decir “no” a las distracciones y a las solicitaciones extrañas.

Antes de toda filosofía, tenemos que empezar por reconocer que el tiempo es una experiencia inmediata: sentimos el paso del tiempo, lo observamos en el ritmo de la naturaleza, y lo sentimos y vivenciamos en nuestra esfera corporal, psicológica y social. En la esfera corporal: la vida fisiológica es una sucesión de ritmos: la inspiración y la espiración, el hambre y la saciedad, la atención y la dispersión, el cansancio y el descanso… se suceden día con día.  Además, se vive el tiempo en el lapso de las estaciones cada año, en las variaciones del cuerpo a través de la infancia y de la adolescencia, en la fuerza de la juventud, en la resistencia de la madurez, en el debilitamiento progresivo de la vejez y en el curso evolutivo de las enfermedades.

En la esfera psicológica: nuestra psique tiene su tiempo interno: sentimos el fluir de los acontecimientos: 10 minutos alegres son una experiencia temporal muy diferente de 10 minutos de extrema tensión o dolor; tomamos distancia con respecto a los hechos pasados, localizándolos en el tiempo; podemos decir: “hace una semana”, “hace tres meses”, “hace cinco años”; y experimentamos el paso del mundo de la niñez, de la adolescencia, de la juventud, de los años maduros. En la esfera social: dejamos de ver 15 años a un compañero de escuela, y al encontrárnoslo advertimos y casi palpamos el paso del tiempo. Comparamos nuestra ciudad o nuestro barrio con lo que eran hace 20 años, y por dondequiera encontramos la huella del tiempo que ha pasado.

Todas las actividades diarias pueden ser planificadas. Aunque no es necesario respetar ciegamente esta planificación si luego surge una actividad alternativa de mayor prioridad. En general, dado que no solemos saber en qué empleamos nuestro tiempo y cuáles son las causas que hacen que lo perdamos a veces caemos en trampas y espejismos que nos llevan a perder el tiempo. Creemos que los individuos más atareados y activos son los que obtienen mejores resultados y eso no es necesariamente cierto. Manejar bien el tiempo no supone trabajar como un robot. La libertad se preserva con la elección deliberada del empleo de nuestro tiempo, y no dejándonos arrastrar por las circunstancias. Las personas de mayor responsabilidad ni deben trabajar más tiempo para dar ejemplo ni la responsabilidad, la dificultad o calidad del trabajo no se manifiestan por un mayor número de horas trabajadas.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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