Su nombre forma parte de colecciones como la Bergé, en Madrid; la David Chipperfield, en Reino Unido; la del Museum of Contemporary Art y el MoMA, en Estados Unidos. Platicamos con Israel Meza Moreno. Nombre artístico: Moris.

 

Por Oliver Flores Rodríguez

Caos y orden. Blanco y negro. Hay grises, pero están detrás. Es necesario acercarse para encontrarlos. Así es la obra y pensamiento del artista Moris, de quien el 25 de noviembre pasado se vendió el ensamble escultórico El güero loco en la sede neoyorquina de Sotheby’s.

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Si bien la pieza alcanzó el mínimo estimado de venta —5,000 dólares— y 26 de mayo, 2009, la otra obra que se subastaba con la misma firma no consiguió comprador —esperaban entre 10,000 y 15,000 dólares—, el hecho permite ver la emergencia de Israel Meza Moreno (Ciudad de México, 1978), quien tiene en su lenguaje una violencia más o menos explícita, pero siempre latente.

No es la violencia espectacular la que interesa a este artista cuyo estudio se encuentra en San José de La Escalera, una colonia en la frontera de la Ciudad de México y el Estado de México, con fama de violenta e insegura; sus obras mejor cotizadas rondan los 30,000 dólares. Son los microcosmos, las estrategias cotidianas, más orgánicas, las que atiende a través de su inserción en las dinámicas mismas. Ello, con la dosis de riesgo que supone.

“Yo decidí por muchas razones vivir en esta zona: las rentas son más bajas por lugares más grandes, por las dinámicas que hay y por las cosas que investigo. Mucho de mi trabajo tiene elementos que son reales; si voy a trabajar con puntas (cuchillos y navajas, la mayoría de las veces improvisadas) trato de recolectarlas en el entorno.

“Pero me fui dando cuenta de algo: que aquí, que puede ser en apariencia un barrio más agresivo, a veces sus habitantes son más tranquilos, porque aquí vive la gente que asalta en Polanco. Entonces, aquí los ves en su faceta de padres de familia, de hermanos… Gente muy agradable que cuando se transforma es cuando viaja a otro territorio y ataca.

Ése es el tono que Moris mantiene durante más de una hora de charla. Se refiere al bien y el mal, a la presa y el cazador, a lo lícito y el crimen; mundos con los que trabaja y en los que busca una comprensión que transmitir a través de su plástica:

“Mucho de mi trabajo es agresivo: son puntas que te quieren atacar, cosas que te pueden caer del techo o que puedes pisar. Lo que pretendo generar en el espectador es el instinto de supervivencia. Si bien la pieza es agresiva y te va a atacar, entonces —en ese momento— tienes que despertar ese instinto para guardar distancia, burlarlo o atacarlo. Es como cuando sales a la calle, tienes que ir con las garras afiladas. De esa manera genero soluciones para que la gente sea cómplice con la pieza”.

También revela que sus tácticas son aprendidas más allá de la pura observación.

“En mis modos de trabajar tengo dos vertientes. Una que aprendí en la calle directamente conviviendo con gente que se dedica a lo ilícito. Ellos tienen tres maneras de operar: la primera es la observación; la segunda es entrar al territorio a interactuar, y la tercera es ejecutar el acto.

“En la segunda, para llevar mi trabajo a exposiciones, me valgo de estrategias como de corresponsales del mundo animal, donde también entran, pero no pueden intervenir; tienen que dejar que la vida continúe, pero deben de llegar con una evidencia. Yo lo que hago es repetir una frase: ‘si entras al infierno debes regresar con una prueba’. Entonces mi tarea es bajar al infierno y regresar con estas pruebas para que la gente pueda verlas. Entonces ahí es donde yo hago ese cruce entre esta actividad lícita, que es el periodismo, y la ilícita, que ocupan los delincuentes”.

Eso sí, detrás muchas veces hay un “truco”: la mano de Moris no es necesariamente la que ejecuta. Las famosas fiestas de perreo, las peleas de perros o de gallos han quedado registradas a partir de lienzos que ha conseguido instalar en los escenarios donde se produce esa realidad clandestina, los cuales ha colgado más tarde como cuadros abstractos, pero plagados de hiperrealismo; con restos de droga o sangre.

“Tienes que negociar con tipos que no quieren ni conocerte, ni yo los quiero conocer, pero hay ciertos intermediarios que sí pueden ser el “va y ven”; entonces ahí también hay mucho que puedo manipular. Yo decido el tamaño de las piezas y qué se va a poner en el centro del cuadrilátero. Lo que va a pasar después lo decide la vida misma.

“Yo pongo una cierta regla, pero la vida misma va dando los resultados. De esa manera también guardo una distancia para que el quehacer artístico genere para mí una sorpresa. Lo curioso es que al público se le hace algo precioso. Entonces ahí empieza la complicidad”.

Con sus manos delgadas y dedos largos, el artista insiste en su idea casi moral de ofrecer enseñanzas y experiencias de vida frente a lo que también reiteradamente señala: la lucha ante la vida y, principalmente, frente al semejante. Se declara un amante del box y no lo practica sólo por un impedimento físico, pero aclara que al no haber más remedio sí se ha valido de los puños.

Mas las revelaciones de Moris carecen de pretensión y son de una evidente honestidad. Igual que cuando se extraña de la efervescencia de su carrera: su nombre forma parte de colecciones como la Bergé, en Madrid; la David Chipperfield, en Reino Unido; la del Museum of Contemporary Art y el MoMA, en Estados Unidos; así como de las mexicanas Colección/Fundación Jumex, Isabel y Agustín Coppel y Femsa.

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Foto: Lizeth Arauz. 

Su obra

En puerta tiene una exposición individual con la galería Nieves Fernández, como su principal apuesta para la feria de arte Arco Madrid, y su participación en una exposición colectiva del Museo Carrillo Gil de la Ciudad de México; afina detalles para una muestra en Alemania y otra en Perú. No sabe cómo su plástica “bizarra” ha conseguido tal éxito, pero trata de explicarlo.

“Coincidí con un boom del arte latinoamericano en el mundo, donde había mucho interés. Dos años antes de ir por primera vez a Arco, México había sido el país invitado. Muchos artistas ya reconocidos, como Abraham Cruzvillegas y Daniel Guzmán, eran maestros también en La Esmeralda. Entonces con muchos de ellos me tocó tener clase y ellos también, de alguna manera, nos iban jalando. Con o sin intención ellos abrieron muchas puertas para que fuera un paso sencillo para nosotros”.

Sobre el interés por la generación a la que pertenece Moris y sus predecesores habla Axel Stein, vicepresidente senior y jefe del Departamento de Arte Latinoamericano de Sotheby’s, quien señala que el impulso de ciertos nombres está muy por encima de su procedencia geográfica:

“El arte es uno sólo y más en este mundo integrado. Si en el siglo XX el nacionalismo y la búsqueda de una identidad propia surgidos de la Revolución marcaron el quehacer artístico, en el siglo XXI estos valores ya no predominan la escena”.

El arte contemporáneo —mexicano o no— de hoy es una reflexión sobre el mundo que se discute en los foros nacionales e internacionales; sus múltiples vertientes abarcan desde el arte conceptual derivado de Marcel Duchamp, como es el caso de Damián Ortega y Gabriel Orozco, hasta la escultura social de Laura Anderson Barbata, que proviene de la escuela de Joseph Beuys.

Entrevistado después de la puja titulada Mexico Contemporary, que formó parte de la celebración del 35 Aniversario del Departamento de Arte Latinoamericano en la casa de subastas y en la que se adjudicó la mencionada pieza de Moris, Stein apuntó una efervescencia en la factura artística de la región y defendió las razones por las que se compran estas piezas, más allá de la idea de negocio. “El arte es una pasión, antes de ser una inversión. Comprar una obra de arte es una manera de encontrar un reflejo del mundo interior en un objeto que refleje nuestras necesidades de encontrar un orden, un caos, una metáfora inteligente, un signo de violencia o de paz. El valor del arte por lo general está atado a valores estéticos que cambian con las generaciones. Lo que valía ayer puede tener o no mayor valor en el día de hoy. Sólo los verdaderos maestros sobresalen y aumentan su valor con el paso del tiempo”.

Respecto a los resultados de Mexico Contemporary, que vendió 18 lotes, pero dejó sin comprador 12, entre ellos 26 de mayo, 2009, reconoció que fue una iniciativa con “resultados mixtos”, a pesar de lo cual consideró un creciente interés en el arte del siglo xxi por parte de los nuevos coleccionistas.

“El comprador de arte latinoamericano o mexicano se comporta de la misma manera. Siempre va en busca de la oportunidad de adquirir la pieza que necesita para enriquecer su colección personal. El coleccionismo de hoy es muy sofisticado, se nutre en un mundo en el cual la educación en materia de arte es accesible y el coleccionista de nuestra región es altamente sofisticado. Las exposiciones en museos de arte mexicano y latinoamericano se han multiplicado y los foros que ofrecen ferias y bienales han popularizado la complejidad del discurso del arte actual”, señaló.

Moris, a pesar de estar representado constantemente por galerías en Alemania (Michael Sturm), Brasil (Baró) o Estados Unidos (I-20 o Josée Bienvenu), y no quejarse de la paga pues agradece sostener con ello a su familia, sí muestra cierta distancia del mundillo” del arte.

“Yo no me sitúo en ese mundo. No voy a inauguraciones de exposiciones, sólo de amigos. Entonces nadie me conoce. Cuando me presentan, y dicen Moris, creen que soy extranjero o más viejo. Conocen más mi trabajo que a mí”.

Su obra más reciente, que apenas conoce los muros de su estudio, son una especie de banderas con trazos geométricos, una blanca y una negra. En realidad son señalamientos ininteligibles para la mayoría de quien los observe, pero no para los dealers (o los asaltantes). Anuncian la venta de droga o marcan un territorio criminal. Nada que entienda un curador o un coleccionista, a menos que haya una lectura previa, no así el afanador del museo o la galería, dice divertido. Son lenguajes que Moris ha aprendido indagando, investigando en la calle.

Todo en un estudio-taller que almacena todo tipo de objeto que bien podría integrar un mercado de pulgas o un basurero; sin embargo, están ordenados y resultan absolutamente asépticos.

“Aquí me conoce la gente, pero no sabe dónde expongo o que todo esto lo vendo; creen que ya es basura o hay quienes me regalan el cartón porque piensan que yo lo vendo por kilo”.

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Foto: Lizeth Arauz.

 

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