Por Nora Méndez López*

A todos nos gusta decir que lo que poseemos es fruto únicamente de nuestro esfuerzo y dedicación; que si tenemos lo que tenemos o estamos donde estamos es gracias a nuestro propio mérito.

Pero eso no es del todo cierto, mucho menos en un país como el nuestro, con oportunidades tan desiguales y estratos sociales tan lejanos. Debemos reconocer que en México -y lamentablemente, no es un caso excepcional- la posición socioeconómica tiene mucho más que ver con privilegios heredados o incluso con la suerte, que con el empeño de la persona.

De especial relevancia, en este sentido, son las investigaciones sobre el tema de Patricio Solís, Raymundo Campos o Alice Krozer, investigadores de El Colegio de México, así como los Informes sobre Movilidad Social en México, elaborados por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) y el Módulo de Movilidad Social Intergeneracional del Inegi.

Estudio tras estudio, nos permite identificar cada vez con mayor claridad que no es que quienes se mantienen rezagados no le echen ganas -como suelen justificar algunos de quienes gozan de mayores privilegios-, sino que están arrancando desde puntos de partida muy distintos en la carrera de la vida por cuestiones que, en su mayoría, están fuera de su control.

Factores como la situación socioeconómica de los padres, su nivel educativo y ocupación, determinan en gran medida el destino de los hijos, por no hablar de factores como el origen étnico y el color de piel, que tanta polémica desataron hace unas semanas en redes sociales.

En México, la movilidad social –esa posibilidad de ascenso o descenso entre estratos socioeconómicos- es prácticamente nula. El más reciente Informe sobre Movilidad Social en México del CEEY, publicado hace apenas un par de meses, da cuenta de la precariedad de la movilidad social en nuestro territorio. Por citar sólo un par de datos: 74 de cada 100 mexicanos que nacen en la base de la escalera social, no logran superar la condición de pobreza a lo largo de su vida, mientras que 57 de cada 100 de quienes nacen en hogares del extremo superior de la escalera social, se mantienen ahí el resto de su vida.

Como lo expresara Ricardo Raphael en su libro “El Mirreynato”, si representáramos los deciles de la escala socioeconómica en México como un edificio, bien podríamos decir que, en éste, el elevador está descompuesto: los de abajo no pueden subir y los de arriba muy raramente bajarán.

Evidentemente, nuestra nación está lejos de ser una meritocracia. Por el contrario, en nuestra realidad, las ventajas y las desventajas se acumulan, profundizando las desigualdades y ensanchando la brecha entre los diferentes estratos sociales.

Es urgente abrir una discusión seria sobre las alternativas a nuestro alcance para generar condiciones más equitativas para todos, en las que realmente sea posible la mejora en los niveles de bienestar de los individuos a partir de su propio esfuerzo y no sólo de manera transitoria con transferencias directas de corto alcance.

Es necesario reconocer que, en este entorno, la educación sigue siendo el mayor ecualizador disponible, pero la equidad debe empezar desde ahí: “A mayores niveles de educación, las posibilidades de ascenso social se multiplican… [siempre y cuando se ofrezca] … a toda la población la oportunidad de alcanzar un nivel y una calidad similares” (Inegi, Movilidad social 2017).

Como afirma Alice Krozer, doctora en Estudios de Desarrollo por la Universidad de Cambridge, una sociedad organizada con base en el mérito, una meritocracia, distribuiría las oportunidades de manera más igualitaria, distinguiendo lo que depende del individuo y lo que corresponde a factores ajenos a su alcance, a fin de premiar con mejores ingresos el esfuerzo y dedicación de las personas.

Por más que nos guste contarnos el cuento de que nos hemos hecho a nosotros mismos a partir de nuestro propio esfuerzo, necesitamos abrir los ojos y reconocer todos los privilegios de los que hemos gozado, pues el principal problema con este discurso meritocrático es que nubla la discusión en torno a los factores que tendríamos que atajar para lograr una competencia más pareja y, a partir de ello, una sociedad más justa para todos.

*Directora de Fundación Aliat – Aliat Universidades

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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