Una de las características de Morena es su enorme complejidad. Es más, un movimiento que una organización partidista y si eso funcionó muy bien para la contienda de 2018, ya se empieza a complicar ante las exigencias de ser gobierno, de estar en el poder.

Las disputas por la dirigencia nacional y la designación de la presidencia del Senado de la República son muestra de las tensiones y del pulso entre los distintos factores de influencia.

En los próximos meses se elegirá a quien asuma la responsabilidad de conducir al partido en un contexto de altas exigencias y que tiene que preparase para la aduana del 2021, donde puede refrendar la mayoría legislativa en la Cámara o enfrentarse a una realidad distinta, donde tenga que negociar con mayor intensidad y en la que las propuestas presidenciales no sean aceptadas con las relativas facilidades con las que ahora se cuenta.

Para el presidente Andrés Manuel López Obrador va a resultar centrar lo que ocurra en los próximos meses, e inclusive como se procesen los desencuentros entre Ricardo Monreal y Martí Batres y como se lleve a cabo la elección de la dirigencia partidaria.

El coordinador de los senadores de Morena y el presidente del Senado no tuvieron una buena relación a lo largo del año transcurrido. Tienen trayectorias distintas y ambos son líderes importantes, por lo que los choques sólo eran cuestión de tiempo.

Monreal, quien gobernó Zacatecas, cuenta con una idea de la política que lo orilla a los pactos y a los acuerdos. Sabe de los modos que puede tener el poder, porque a él se los aplicaron con dureza desde el propio PRI, el partido en que militó en el pasado.

El senador Batres viene de la izquierda social, de una formación que tiene que ver mucho en el trabajo en terreno y en la operación política, de modo relevante en la Ciudad de México.

Ambos son perfiles que dibujan cuáles pueden ser los horizontes del proyecto legislativo de Morena y de sus aliados y que, a pesar de lo que se pueda pensar, está lejos de estar definidos y mucho menos de ser hegemónicos.

En el partido ocurre algo similar, donde Yeidckol Polevnsky tendrá que sortear el desgaste que implica ser la dirigente actual y enfrentar a dos pesos pesados: Bertha Luján y Mario Delgado.

El dilema para Morena es tan grande como el que tuvo el PRI a lo largo de décadas, en ese complicado ejercicio de tratar de ser el partido en el poder y no el poder con partido.

En la lógica presidencialista no es este un asunto menor y, por el contrario, de este depende, en mucho, la intensidad de las propias trasformaciones y la capacidad para prolongar la fuerza a lo largo de cada periodo electoral.

Para Morena, está claro, las cosas tampoco van a resultar sencillas y ese, paradójicamente, es el precio de su propio éxito.

 

Contacto:

Twitter: @jandradej

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

Siguientes artículos

Del #NiUnaMás al #EllasNoMeRepresentan
Por

Las protestas violentas en la CDMX hicieron pasar del #NiUnaMás al #EllasNoMeRepresentan, lo que exige centrar la conver...