La mayoría de las mujeres emprendedoras mexicanas se enfocan en el sector servicios, comercial o profesional. ¿Cómo hacer para que más opten por el emprendimiento de base tecnológica o el emprendimiento de alto impacto?

 

 

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, en esta ocasión abordaremos el tema del emprendimiento femenino, mismo que ya hemos explorado en este espacio con anterioridad, pero que cada día más se encuentra en el centro de las discusiones e investigaciones sobre el emprendimiento en nuestro país.

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No me referiré a las cifras del caso, sino al tipo de emprendimientos en los que las mujeres están participando. Y es que el emprendimiento se ve irremediablemente afectado por cuestiones de género, ya que el trabajo femenino continúa, en muchos estratos, condicionado por el sexo.

Así, la mayor parte de los 4 millones de mujeres emprendedoras que existen en el país, según datos del INEGI y del Inadem, se enfocan en emprendimientos del sector servicios, comercial o profesional. Pocas son las emprendedoras mexicanas que transitan por el emprendimiento de base tecnológica o el emprendimiento de alto impacto.

Meditando sobre esta situación, tenemos que admitir que este tipo de emprendimientos en nuestro país no son, en general, los más populares y es apenas en los últimos años que se está fomentando la creación de empresas de base tecnológica y generadoras de riqueza, básicamente porque las inversiones en este tipo de organizaciones son de alto riesgo, aunque también de grandes beneficios.

Estas características afectan sin duda a las mujeres emprendedoras, si consideramos que la mayoría inicia su emprendimiento básicamente bajo dos consideraciones: 1) la necesidad de generar recursos monetarios rápidamente y 2) el atractivo de no estar sujetas a un horario, a un jefe, etc. para poder llevar a cabo otras actividades, principalmente la maternidad.

¿Qué se necesitaría en México para impulsar a las emprendedoras a explorar otros sectores más allá de los sectores tradicionales de las nuevas empresas?

Si tratamos de responder esta pregunta desde un punto de vista objetivo, diríamos que lo mismo que sería necesario para un emprendedor masculino: un ecosistema coordinado, mayor vinculación con universidades y centros de investigación, apoyos específicos para el desarrollo de empresas en sectores clave de la tecnología, etc.

Sin embargo, en el caso de las mujeres emprendedoras es imperativo añadir un componente más: el empoderamiento de las mismas para crear una generación convencida de su capacidad tecnológica, de su habilidad para asumir riesgos fuera de su zona de confort y sobre todo, el apoyo social a aquellas que deciden incursionar en estos terrenos.

En una palabra, empoderar a las mujeres para que se acerquen a la innovación y a la tecnología con tanto ahínco como lo fomentamos en sus congéneres masculinos.

Esta es una labor que empieza en casa, tanto como continua en la escuela. Términos como ciencia, tecnología, innovación, diseño, etc. no deben ser ajenos al vocabulario de las niñas y jóvenes estudiantes que mañana se convertirán en emprendedoras y empresarias. Pero si no fomentamos esta educación, continuaremos con un rezago importante sobre la división de género que existe en el emprendimiento actualmente.

 

 

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