Ante las reformas más recientes, la debilidad fundamental de la IP fue la incapacidad de organizarse públicamente y tomar una posición.

 

 

¿Qué pasó? ¿Los chama­quearon? ¿Por qué nadie les explicó el impacto de las refor­mas? ¿Nadie alzó la voz para dete­ner al gobierno o por lo menos para insistir en impuestos menos onerosos, en un momento donde las empresas enfrentaban una difí­cil cuesta? Muchos empresarios se estarán haciendo estas preguntas, al sentir el impacto del tercer mes desde que se implementaron las famosas (¿odiadas?) reformas fiscales.

En estas últimas semanas, parece que flota en el ambiente una sensación de que, más allá de la necesidad de exigir que paguen más los que más tienen, parecería que el presidente y el secretario de Hacienda, por alguna razón, tienen una aversión en contra del sector empresarial del país.

A nadie le gusta pagar más impuestos, pero algunos empresarios me han comentado que el verdadero objetivo que busca el gobierno con las reformas es tener un mayor control político. El presidente tenía otra opción: aprobar reformas que promovieran incentivos fiscales, a corto plazo, para que los empresarios crearan más empleos, abrieran más empresas. Esto es el círculo virtuoso del capitalismo y el libre mercado.

Pero también sabemos que alguien tiene que domar los resultados del capitalismo sal­vaje y esta responsabilidad tiene que ser del gobierno. Entonces, ¿cómo se percibirá el legado de este gobierno?, ¿cómo domador de empresarios o al estilo Maquiavelo (que usa la economía como un control político)?

La respuesta dependerá, en parte, de si las reformas que promovió el presidente se traducen en crecimiento y empleos. Tan sencillo como eso.

Pero volvamos a lo que parecería que fue la incapacidad del sector empresarial de influir en la reforma fiscal. ¿Qué pasó? Cualquier negociación con el gobierno tiene retos que son particularmente diferentes a las nego­ciaciones que surgen entre empresarios. Y parece que la IP no entiende el abismo de percepciones y objetivos que surge cuando trata de negociar con funcionarios públicos o legisladores.

Hay libros y expertos que aseguran que el no es sólo el comienzo de una negociación, no el final. Y estos libros proporcionan capítulos completos de cómo avanzar en una negocia­ción y ante una negativa. Yo argumentaría que en materia de negociaciones políticas, el es sólo el comienzo de una negociación, no el final. El problema de un acuerdo con políticos o funcionarios públicos es que muchas veces llegar al es fácil; el problema es cómo imple­mentar el acuerdo ya que, como dijo Otto Von Bismarck, “cuando alguien te dice que aprueba algo ‘en principio’, quiere decir que no tiene la más mínima intención de ponerlo en práctica”.

Por eso es fundamental entender el entorno político y económico nacional e inter­nacional en el que se desarrolla la negociación; de lo contrario, las decisiones y los acuerdos no tendrían sentido. El momento es un fac­tor determinante en las negociaciones políti­cas. “Para sus acciones, el hombre sabio ama escoger el momento oportuno”, dijo Lao Tse.

Y no hay que olvidar el tema de transpa­rencia y publicidad en las negociaciones con funcionarios públicos. “El débil tiembla ante la opinión, el tonto la desafía, el sabio juzga y el hábil la dirige”, dijo Jean Roland. Y un factor que claramente ejerce una influencia, algunos dirían indebida, son los medios de comunicación, ya que hay que asumir que cualquier negociación con políticos, fun­cionarios públicos o legisladores tiene un carácter público.

Incluso el general Napoleón Bonaparte expresó su preocupación por el tema, cuando comentó que “la opinión pública es el ter­mómetro que sin cesar debe de consultar un soberano”. Aún los gobernantes más autorita­rios o necios tienen que, aunque sea de vez en cuando, escuchar al pueblo.

Pero más allá de que si la iniciativa privada usó una estrategia adecuada para negociar con la Secretaría de Hacienda y los legisla­dores, la realidad es que la debilidad funda­mental fue la incapacidad de organizarse públicamente y tomar una posición contun­dente y que estuviera respaldada sin divisio­nes, para así negociar como gremio. La unión hace la fuerza. Esto siempre será el factor que más favorece a la sociedad en una negociación ante el gobierno.

Anticipando el descontento reinante en el empresariado y ante la posibilidad de que los números económicos sean desfavorables, se publicó el Acuerdo de Certidumbre Tributaria, que debería generar certeza y confianza para los contribuyentes. ¿Será suficiente? No creo.

Según Eclesiastés 3:7, todo tiene su tiempo bajo el sol, hay un tiempo para callar y hay un tiempo para hablar. La pregunta es si ya llegó el momento de que a la iniciativa privada le dé por organizarse y hablar.

 

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

Siguientes artículos

Las dos nuevas cadenas de TV: más de lo mismo, pero mejor
Por

Con la nueva Ley de Telecom, la finalidad de la competencia es aumentar la calidad en la programación, pero, al mismo ti...