Dos obreros remueven cerca de una decena varillas mientras las acomodan para cortar en fragmentos de algo así como un metro. Uno de ellos las acomoda sobre la cortadora mientras el otro se levanta para descansar la espalda. La mañana nublada y las corrientes de viento mantienen una temperatura de unos 22 grados, fresco para estar al aire libre, pero algo complicado si se hace trabajo físico como el de la construcción.

-¡Súbete el cubrebocas!- le lanza a uno de ellos Carlos Valdés, ingeniero y gerente de la obra.

Los obreros saben que quizás no es la forma más cómoda para trabajar, menos aun si se suma la careta, pero es la ‘nueva normalidad’.

-¿Les incomoda el cubrebocas?- se pregunta a uno de ellos.

-Cuando está el calor sí, por el sudor, y con la careta es muy estorboso, se te empaña; cuando está así tranquilo, no- dice José, maestro herrero.- Ya se ha estado uno acostumbrando, pero cuando trabajamos bien es un poquito molesto. Es un poquito más lento el trabajo porque tienes que secarte el sudor.

La nueva normalidad en la construcción ha implicado algunos cambios en los procesos de trabajo que en el papel lucen prudentes e indispensables pero que en la práctica han modificado las formas y lo pueden hacer más complicado. Como usar cubrebocas, lavarse las manos cada tanto, no compartir herramientas y tener menos gente trabajando para mantener la sana distancia.

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Es miércoles, el tercer día de la “nueva normalidad” en la obra de Pacífico 223, en Coyoacán, un edificio en reconstrucción que fue demolido tras sufrir grandes afectaciones y quedar inhabitable tras el sismo del 19 de septiembre de 2017, que está en vías de edificación desde marzo de 2019, aunque de antemano, el plazo de su conclusión, proyectado originalmente para mediados de año y luego ajustado a octubre próximo, se verá retrasado para fin de año.

“Originalmente se iba a entregar a mediados de octubre. Pero es probable que nos retrasemos un mes, mes y medio más. Pero entendemos perfecto, no hay problema. Después de 3 años, 3 meses más no pasa nada”, indica Francisco Silva, arquitecto y representante de los habitantes damnificados de este inmueble. La paciencia es una virtud que él y sus vecinos han aprendido a convertir en esperanza.

El retraso será en buena parte porque la presencia de personal al interior de la construcción se redujo en alrededor de 40%, al permitir solo 45 de los 80 trabajadores que originalmente se desplegaban en la zona.

“Dependiendo del semáforo semanal, se puede incrementar el personal de trabajo. Ahorita podría estar teniendo otras actividades como acabados, aplicaciones de yeso, herrerías, cancelerías, pero no puedo porque sería mucho el personal y perderíamos la sana distancia”, comenta Valdés.

La estructura del primer piso de un edificio que contará con 40 familias, por ejemplo, ya está casi listo y en fase de acabados, pero tendrá que esperar a la conclusión de otras labores antes de que pueda ingresar a la obra el grupo de yeseros y acabados. Frente a las 8 personas que podrían estar laborando solo en esa zona antes de la pandemia, hoy solo hay 2.

“Menos gente es más trabajo para uno, siempre se ha acostumbrado a tener la gente adecuada dependiendo del trabajo y ahora sí no le avanzamos mucho”, acota José.

Otra de las medidas que tienen que cumplir para la ejecución de la obra es el control en el ingreso, que comienza con el lavado de manos, seguido del registro en una bitácora, la medición de temperatura y un cuestionario enviado por la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción (CMIC) para conocer si la persona tiene síntomas o ha estado en riesgo de contraer covid-19.

“Como puedes, ver no nos lleva más de un minuto”, celebra Carlos. Para no interferir más con la jornada de los trabajadores y evitar aglomeración de gente en la vía pública, además cuentan con horarios escalonados de ingreso, a partir de las 7:30 de la mañana cada 15 minutos y por grupos. Otro de los cambios es la hora de la comida, también escalonada a partir de las 12:30, en intervalos de 15 minutos.

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El protocolo se repite, con excepción del cuestionario, cada que una persona entra y sale de la obra, cosa que por cierto se hace por puertas distintas. La habilitada como entrada recibe a los trabajadores con 4 tapetes sanitarios, con una solución de cloro misma que se aplica y se limpia 2 veces antes de ingresar a la zona de obras.

Para llegar a la obra, la mayoría de los trabajadores comentan que acuden en transporte público, usando metro y camión, aunque hay casos de quienes optan por caminar. “Algunos me han comentado que hasta vienen caminando por el miedo de subirse al transporte público, por eso es necesario que se laven las manos al llegar a la obra”, explica Valdés.

Finalmente, al interior de la obra se promueve con carteles el constante lavado de manos, no solo después de ir al baño, sino a lo largo del día, para lo cual se instaló un lavabo con gel antibacterial y se construyen 4 sanitarios, mismos que reemplazarán a las cabinas portátiles que se acostumbraban antes precisamente para mejorar la higiene de la obra.

Hasta el viernes 29 de mayo, más de 8 mil empresas de construcción habían solicitado ante el IMSS la autorización para la reapertura, aunque hasta entonces solo se habían entregado poco más de 500 permisos. Para el lunes, el presidente de la CMIC, Eduardo Ramírez, dijo en entrevista radiofónica que esa cifra habría superado las 10 mil validaciones, aunque solo entre 4 y 6 mil habrían reanudado actividades.

 

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