Hacerse rico, a costa de lo que sea, no es lo de hoy. La conservación del ambiente, la solución a una demanda o una preocupación social, son cartas que pueden rentabilizarse. Forbes México presenta a cinco jóvenes que son parte de una creciente comunidad que busca dejar atrás el capitalismo salvaje.

 

Por Samantha Álvarez 

Foto: Fernando Luna Arce

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¿Vale la pena sacrifi­car un empleo fijo, seguridad económica y tiempo libre para trabajar en beneficio de las comunidades marginadas y vulnera­bles? Manuel Wiechers y Gerardo Ruiz de Te­resa Mariscal, después de trabajar varios años en General Electric, decidieron que sí. Así, en 2010 con la colaboración de la UNAM, nació Iluméxico, una empresa que ha llevado energía solar a 2,350 casas en comunidades vulnerables del país.

Ellos son empresarios, pero no como la mayoría. Sí, quieren ganar dinero pero, además, buscan resolver una problemática social (en este caso la pobreza y el cambio climático). Manuel es un emprendedor social, este término fue acuñado por Bill Drayton, presi­dente y fundador de Ashoka que llegó a México en 1997.

“Nos hemos vuelto especialistas en detectar la fibra ética de los emprendedores sociales, la cual se distingue en dos categorías: los que buscan resolver una traba social a través de donativos y patrocinios; y los que lo hacen mediante un modelo de negocio. Lo importante es que no pierdan su objetivo: la utilidad queda en segundo término, el foco es el impacto que tienen en las comunidades”, ase­gura Armando Laborde, director de Ashoka México y Centroamérica y codirector de Ashoka América Latina.

Es así que Armando asegura que cuando Grupo EOZ, una empresa que fabrica purifi­cadores de agua, llegó a tocar las puertas de la institución, hubo también otra compañía que comercializaba el mismo producto. Inmediatamente Ashoka recha­zó el proyecto por tratarse de una empresa que buscaba su propio beneficio. En cambio, Grupo EOZ está formado por dos instancias: una empresa que fabrica y comercializa fil­tros de agua en La Paz, Baja California Sur, y una fundación que, con base en las ganancias extras que obtiene de la venta de filtros en zonas urbanas y algunos subsidios del go­bierno, cubre los gastos de las instalaciones de los filtros en hogares sumergidos en zonas con pobreza extrema.

Flor Cassassuce, emprendedora y fun­dadora de Grupo EOZ, ha dicho que si ella encuentra una tecnología más barata a la que actualmente implementa, sin duda la cambiaría. “Si se tratara de otro tipo de persona, sin valores ni sensibilidad, vería a los filtros más baratos como competencia y bloquearía sus ventas”, asegura Laborde al ejemplificar esta “fibra ética”, que buscan Ashoka y algunos fondos de inversión que han volteado a ver el emprendimiento social como un motor para México.

 

El perfil adecuado

Para los expertos en mentoría y financia­miento, el perfil de un emprendedor social debe cubrir los siguientes elementos.

1. Un proyecto novedoso. Se trata de resolver problemas con historia, pero de una manera creativa e innovadora. De acuerdo con las cifras disponibles, de 200 iniciativas de emprendimiento social, sólo diez demuestran ser ideas trabajadas, frescas y ejecutables.

2. Impacto social a futuro. Si el motor que dio origen a la idea es resolver un proble­ma social, los resultados no pueden limitarse a un grupo pequeño de beneficiados. El pro­yecto debe estar pensado y proyectado para exportarlo a otras regiones con una situación similar a la que se detectó; además de incidir en las políticas públicas.

3. Habilidad emprendedora. Esto es para personas perseverantes, porque en el camino muchas puertas y oportunidades se les van a cerrar y deben “picar piedra”.

4. Creatividad. El país necesita gente que “piense fuera de la caja”, que explore todas las opciones posibles para llevar a cabo su iniciativa.

5. Fibra ética. Se requiere una persona que se conduzca por la vida con valores y de manera legal, ya que para impulsar su proyecto social deberá hacer alianzas con otros empresarios, gobiernos, organismos, asociaciones y fondos de inversión, a los que necesita inspirar confianza.

 

¿Y el dinero?

Fondos propios, donaciones, patrocinios, subsidios gubernamentales, premios en especie y efectivo, inversiones y ventas del propio negocio son algunas opciones de financiamiento que tienen los emprendedo­res sociales para hacer rentable su empresa; sin embargo, éstas dependerán de la natura­leza del propio proyecto.

Recientemente, han surgido fondos de capital de riesgo y organismos que han visto un potencial global en los proyectos socia­les; entre ellos está Adobe Capital, un fondo de inversión que se creó en noviembre de 2012. Éste invierte entre 100,000 y tres millo­nes de dólares (mdd) en empresas que generan beneficios económicos, sociales y ambientales. Le interesan iniciativas dentro del sector financiero, educación, medio ambiente, salud, energía y tecnologías de la información. De acuerdo con Miguel Duhalt, Investment Manager del fondo, se sienten “más cómodos” invirtiendo desde 500,000 hasta 1.5 mdd. Su bolsa para este año es de 20 mdd y su objetivo es invertir en empresas con impacto social y ambiental.

IGNIA es otra opción. Se trata de un fondo de capital emprendedor establecido en Monterrey, Nuevo León, que apoya a los emprendimientos que dirigen sus impactos a la base de la pirámide. Por su parte, Fun­dación BBVA Bancomer, Ford Foundation y Fundación Kellogg, destinan un porcentaje de sus ganancias en beneficio de programas de acción social. Promotora Social México es otro actor importante, pues como socio estratégico de la microfinanciera Compar­tamos Banco también otorga recursos a iniciativas con carácter social.

El Nacional Monte de Piedad apoya al sector a través de donaciones a proyectos sin fines de lucro.

En su segunda edición —que recibirá pro­yectos hasta el 25 de abril, Iniciativa Posible impulsará iniciativas de mujeres emprende­doras y otorgará capital semilla a las 10 me­jores empresas que pasen por un proceso de cinco etapas.

Otro caso es Spectron Desarrollo, una empresa de inversión que nació en 2007 con el objetivo de invertir capital humano y financiero en pequeñas y medianas empre­sas, pero que hace dos años volcó su vista a los emprendimientos sociales. Así, en 2012 creó el área de Inversión de Impacto Social, que a la fecha ha invertido en tres empre­sas sociales.

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El gran desafío

Difusión de la cultura emprendedora con impacto social, espacios donde se impartan talleres e intercambio de ideas entre casos de éxito y estudiantes, y más apoyos financieros en etapas tempranas, son los factores que impiden que México potencie este sector empresarial, coinciden los expertos.

Miguel Duhalt, de Adobe Capital, comen­ta: “Lo que falta es incentivar a los jóvenes a crear empresas sociales desde las univer­sidades y enseñarles de manera práctica cómo iniciar un proyecto, cómo vender un producto o servicio; todo, acompañado de los fondos de inversión de impacto”.

Montserrat Mora, en tanto, concluye que el reto del ecosistema está en canali­zar dinero y mentoría a las etapas tem­pranas de estos emprendimientos. “Nos faltan aquellos actores que encuentran al emprendedor y que le apuestan los prime­ros 50,000 dólares a su desarrollo; faltan más subsidios del gobierno y el rol de las fundaciones mediante la filantropía de riesgo. Con estos elementos se puede supe­rar el “valle de la muerte”, hasta que el emprendedor social pueda encontrar una inversión de unos dos millones de pesos para dar el siguiente paso”.

Entonces, ¿vale la pena dejar un presente con éxitos tangibles por un futuro económicamente inseguro para vivir como emprendedor social?

Flor Cassassuce, la directora de Grupo EOZ, no tiene duda de que fue la mejor decisión que pudo haber tomado en la vida: “Dejé mi puesto de coordinadora con buen sueldo en una asociación civil para convertir­me en empresaria con sueldo mínimo y aprender al mismo tiempo a ser directora, ingeniera, diseñadora, financiera, ven­dedora, mecánica, ensambladora, entre muchas otras tareas, con el único fin de crear con paciencia una organización autosustentable que pueda tener impacto a nivel nacional e incidir en políticas públi­cas de México”.

 

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