Los niños son reclutados por el crimen organizado. Los utilizan para tareas de vigilancia, como halcones, en el trasiego de drogas y en algunos casos como sicarios.

Los enganchan desde pequeños y ya no salen de esas redes sino es por su ingreso a prisión o porque mueren asesinados, por bandas rivales y en no pocas ocasiones por sus jefes mismos.

Funcionan porque son un elemento sorpresa, pueden pasar desapercibidos y enfrentan penas bajas, si son detenidos, debido a su edad.

En las etapas más álgidas del combate a la criminalidad, se les podía reconocer por sus radios a la entrada de los pueblos y las ciudades, pendientes de cualquier vista y movimiento extraño.

Participan, también, en las organizaciones de secuestradores, con tareas de vigilancia periférica o de servicios de alimentación para las personas que se encuentran privadas de su libertad.

Es uno de los síntomas que trae consigo la densidad criminal y el control que las bandas ejercen sobre los mercados ilegales y que muchas veces se expanden hacía la extorsión a la sociedad.

Esta situación significa, además, un esfuerzo adicional para las instituciones educativas y de seguridad, que tienen la función de capacitar y forjar mejores oportunidades y de brindar un marco de desarrollo en libertad.

Resulta complicado competir ante el espejismo del dinero y la promesa de una vida de poder. No es así, por supuesto, pero los niños en situación de vulnerabilidad no siempre están en posibilidad de comprenderlo con claridad.

Es, además, un tema internacional. Hace una semana, un niño de 14 años confesó el asesinato de dos personas en Medellín, Colombia. El impacto fue mayor, porque en esa ciudad de padecieron eventos trágicos, como el homicidio del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, a manos de un jovencito al servicio de Pablo Escobar Gaviria.

Según datos del Inegi en 2018 había uno 5 mil 800 adolescentes que enfrentaban juicios o cumplían sentencia por delitos contra la salud, extorsión, delincuencia organizada y homicidio.

La Red de Derechos de la Infancia reveló que de 2015 a la fecha han sido asesinados 4 mil 299 niños y que en 2019 ya se contabilizan 299 casos. Pero si los casos de miden desde 2006, ya cifra llega a los 16 menores asesinados.

A ello hay que sumar los más de 5 mil casos de niños desparecidos o no localizados en el mismo rango de fechas.

Pero detrás de cada número hay una historia, un pequeño o pequeña que padeció el coletazo de la violencia y por muy diversos motivos.

Mueren porque están en el momento y en lugar equivocado, o porque los perpetradores ya perdieron cualquier noción de límite, como ocurrió en Minatitlán, Veracruz, donde falleció por arma de fuego un bebé de un año en un ataque a un salón de fiestas.

 

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