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Camioneta arrolla a una decena de personas en Toronto
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Camioneta arrolla a una decena de personas en Toronto

La única manera de vivir una existencia intelectual exitosa es cuestionarnos si queremos seguir leyendo el libro actual o lo queremos dejar. Cuando el libro se convierte en una obligación más que en un medio para enriquecer la cosmovisión,  no hay que terminarlo.

 

Calcetines sin par, ejemplares atrasados de periódicos y las notas de compra de varias semanas habían empezado a invadir el departamento por segunda o tercera vez en lo que va del año. —¡Está bien, está bien! Confieso: sexta vez.— Y no es que yo sea quisquillosa respecto al desorden, mi desorden, que quede claro, pero dudaba mucho que mis visitas considerarían apropiado o salubre el aspecto del lugar.

Y fue entre ese caos ordenado en el que me encontré con varios libros que tenían una cosa en común: no los había terminado de leer. Todos y cada uno de estos ejemplares tenían alguna pieza de lo que sea, y no exagero cuando digo “lo que sea”, separando sus hojas por quién sabe cuánto tiempo, como indicándome el camino de vuelta sin éxito. Mientras los acomodaba en una de las repisas me surgió una de las dudas que deberían aquejar a la humanidad. No, no era ésa de “¿ser o no ser?”, tampoco si la mayonesa va en el refri o en la alacena. Lo que me inquietaba esta vez era el que yo supongo es el gran dilema de todo lector: ¿tengo derecho a dejar un libro a la mitad sin sentirme culpable?

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De pronto me di cuenta de que ese problema jamás planteado en voz alta había sido enmudecido desde la escuela, donde además de enseñarnos a leer como si fuéramos autómatas dejan de lado dos de los principios básicos de la lectura: entretener y brindar placer. Partiendo de este punto es evidente que cada deserción, incluso cuando el volumen en cuestión no proporciona satisfacción alguna, suponga un fracaso, y uno bien grande.

Pero calma, no hay por qué alarmarnos.

Otro de los caminos hacia el fracaso que supone como lector el no terminar un ejemplar, es que a menudo nos enfrentamos a autores para los que no estamos preparados y eso pasa desde la escuela. ¿Es sano que a un estudiante de secundaria se le obligue a leer La Iliada o el Cantar del Mio Cid cuando en los 6 años de primaria nunca tuvieron literatura ante sus ojos? Si me preguntan a mí, yo tiemblo de sólo leer esos títulos. Obviamente lo único que desencadenará esa imposición será la frustración de no poder entender ni siquiera uno de los casi ininteligibles 3735 versos en español antiguo del Mío Cid. ¿Quién va a querer acercarse a un texto impreso después de eso? No hay nada peor que un libro que nos haga sentir tontos, pero claro, la culpa no es nuestra. Lo que los profesores no entienden es que no se le puede pedir a un nadador novel bracear los 500 metros libres cuando debería estar haciendo bucitos en el chapoteadero. Sí, como ya lo había dicho una vez, algunos libros requieren de entrenamiento.

Las razones para abandonar una obra literaria son grandes, cuadradas, rosas, muchas y de todo tipo. Y la respuesta es sí, sí tenemos derecho a dejar un libro sin terminar, pero también es válido regresar a él así como es no sólo válido sino aconsejable releer.

Lo primero que debemos dejar de lado es ese concepto de derrota al desatendernos de una obra que no nos esta satisfaciendo, de este modo podremos darle oportunidad a otras grandes posibilidades de la literatura. Darle un espacio a estos libros apartados de otros, tener un lugar para ellos no como si fueran una derrota, pero sí como unas promesas.

Otra opción es alternar la lectura. Así como hacemos con ciertas series de televisión o con lo que vemos en Internet, también es sano consumir algo que aunque sabemos que es chatarra nos ayuda a relajarnos y mientras dejar marinar esa historia que nos cuesta tanto trabajo digerir y después continuar con ella.

Hay que tomar en cuenta que el gusto es algo personal, cada historia tiene su público. No a todos tiene porqué movernos el mundo lo mismo. No, no importa que tengamos en las manos uno de esos clásicos venerables, pilares de la cultura que tanta gente ha disfrutado por los siglos de los siglos. Según una encuesta efectuada por Goodreads, la comunidad más numerosa de lectores en línea, en la lista de los cinco libros más abandonados se encuentran nada menos que Ulises de James Joyce, El Señor de los Anillos y Moby Dick. Curiosamente no me sorprendió.

En un mundo en el que a la mayoría nos inculcaron la lectura como un sacrificio que nos hará “mejores personas” como por arte de magia, no me queda ninguna duda de por qué muchos prefieren dejar completamente de lado esta actividad. Así que siempre hay que tener en cuenta que leer es un gusto y que ese gusto nos debe llevar a la felicidad, que no tiene por qué ser un ejercicio masoquista al estilo “si no duele, no sirve”. Si el tema no es de su agrado, no se preocupe, algún día lo será. Si el texto es muy complicado, tampoco se preocupe; siga leyendo otras cosas y se irá preparando para acceder a él. Se vale regresar, se vale releer, se vale renunciar, pero lo más importante, se vale disfrutar.

¿Qué libros has dejado a la mitad?

 

 

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*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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