Siempre me ha parecido que la autoridad, so pretexto de dar seguridad a los peatones, es la primera en poner obstáculos a la circulación de vehículos.

 

El próximo día 15 entrará en vigor el nuevo Reglamento de Tránsito del Distrito Federal, que tiene como base la Ley de Movilidad del DF y, por tanto, presenta disposiciones y multas que, dice la autoridad, favorecen la movilidad en las calles de la capital.

Con ánimo de informarme sobre los puntos de este nuevo reglamento que inciden en la movilidad, le di una rápida lectura con la expectativa de que habría modificaciones en, por ejemplo, eliminar el ascenso y descenso de pasaje en las esquinas, eliminación de todo tipo de obstáculos, mejor sincronización de semáforos, nuevas velocidades máximas permitidas y, en fin, situaciones que, me parece, podrían contribuir a una mejor movilidad, cuidando del peatón.

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Al anuncio de esta nueva reglamentación surgieron inconformidades y cuestionamientos como: al elevar las multas, la corrupción irá al alza; con los nuevos límites de velocidad es evidente que más que ordenar las vialidades y dar coherencia a la movilidad, se busca la recaudación de recursos, o que el reglamento quedará corto porque no se sanciona a los ciclistas y en algunos casos la penalización a conductores son leves.

De la lectura, en lo particular, me surgen algunos comentarios:

El Artículo 2 establece que el reglamento se basa en algunos principios rectores, entre los cuales menciona: “Se evitará la colocación de objetos que representen un obstáculo a la circulación de vehículos y tránsito de peatones.”

A este respecto, siempre me ha parecido que es la propia autoridad la primera que, so pretexto de dar seguridad a los peatones, se ha dedicado, desde hace varios años, a poner obstáculos a la circulación de vehículos. El más conocido de ellos lo conocemos como “topes”, seguramente colocados sin ningún estudio y sin el menor sentido ambientalista.

Son obstáculos que: nos hacen perder tiempo y dinero (combustible), ayudan a contaminar más, provocan estrés, ocasionan desgaste y desperfectos en el auto, pero, sobre todo, obstaculizan la circulación de vehículos y pueden representar un riesgo especialmente para los ciclistas (usuarios de vehículo no motorizado, le llaman en el nuevo reglamento).

Los topes sólo son una medida restrictiva que no promueve ninguna civilidad vehicular, y me parece que ni siquiera existe una norma nacional que especifique posicionamiento, forma, estructura, señalización ni criterios para su instalación. Se colocan lo mismo en zonas de alto tráfico peatonal (parques, escuelas, hospitales, aeropuertos y centros comerciales) que en vías primarias, zonas con semáforos y hasta debajo de los puentes peatonales.

En junio del año pasado escribí al respecto en este espacio con motivo de la promulgación de la Ley de Movilidad Urbana por parte del jefe de Gobierno de la Ciudad de México: “Los topes afectan las suspensiones, especialmente cuando no están pintados o la señalización respectiva está justo en donde está el tope, pero también frenan a los autos, contribuyendo a la contaminación. El doctor Arón Jazcilevich, investigador del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, explica que cuando un auto arranca desde una velocidad cero, se incurre en un pico de emisiones (de CO2), pero cuando reanuda la marcha después de un tope, las emisiones se elevan entre cinco y ocho veces más en microgramos por segundo. En otras palabras, cada vez que arrancamos a partir de un tope, un vehículo emite de 50 a 80 microgramos de CO2 cada 10 segundos.”

 

Los obstáculos cotidianos

Pero los topes no son los únicos obstáculos a la circulación de vehículos y tránsito de peatones en la capital del país. Otro son las constantes manifestaciones de toda índole, a través de las cuales la gente busca soluciones a problemas sociales o protesta sobre algunas situaciones.

Sólo como ejemplo, en un solo día del pasado octubre las principales avenidas de la Ciudad de México se vieron afectadas por siete manifestaciones: una de 200 personas, en contra del proyecto de construcción del Tren Interurbano de pasajeros y viaducto elevado; otra en la Delegación Iztapalapa, donde elementos del Frente Popular Francisco Villa solicitaban servicios urbanos. Una más, de no más de 200 personas, frente al Hemiciclo a Juárez (Alameda Central), por el Día Mundial del Hábitat; en un importante eje vial, en la colonia Roma, al menos 300 taxistas se dirigieron a las inmediaciones de la Secretaría de Movilidad del Distrito Federal (Semovi).

Otra manifestación de ese día fue la de campesinos de Veracruz solicitando ser integrados al programa Promete; sobre Avenida Insurgentes, casi en el cruce con Reforma, el Movimiento de los 400 Pueblos se reunía en el Monumento a Madre esperando iniciar una marcha, y en las inmediaciones de la Procuraduría General de la República (PGR), el Movimiento Indígena de la Montaña de Guerrero protestó contra del gobierno mexicano, que permitió el fraude a 20,000 familias. Me parece que el nuevo reglamento de tránsito no dice nada al respecto.

Otros obstáculos que el propio gobierno de la ciudad se ha encargado de promover son la creación de embudos, al reducir carriles en determinadas avenidas, sin un sentido aparente. Para ello, la autoridad dispone de tambores anaranjados o de grandes conos y barreras azul y blanco que se instalan indiscriminadamente y hasta llegan a cerrar el paso en algunas vías, generando congestionamientos kilométricos.

Pero quizá hasta ahora el mayor embudo, obstáculo a la circulación de vehículos (no así de peatones), se da en uno de los principales accesos al Zócalo capitalino. Provenientes de una vía “rápida” de cinco carriles, se llega a un desnivel de 3 líneas que da acceso a la avenida 20 de Noviembre. Originalmente también de 5 carriles, esta arteria la convirtió el gobierno de la ciudad en una calle de dos carriles, habilitando los demás para la circulación de vehículos no motorizados y como espacios con macetones y mesas y sillas de lámina para que los peatones puedan respirar libre y cómodamente el aire contaminado del tráfico que genera tal embudo.

A todo ello habría que agregar obstáculos como las paradas del transporte público en las esquinas donde los autos que pretenden virar a la derecha tienen que esperar a que el transporte público avance, o bien intentar abrirse a la izquierda para rebasar, generando obstrucción a la vialidad, y con ello incremento en la contaminación, y eso si no sucede que, una vez que se abre para rebasar, el transporte público comienza a avanzar. En algunas ciudades, los ascensos y descensos del transporte público se hacen a la mitad de las calles para permitir el flujo vehicular que gira hacia la derecha en forma continua. El nuevo reglamento elimina las vueltas continuas a la derecha o a la izquierda, de forma que genera inmovilidad.

Lo anterior, por no abundar en obstáculos tales como: la obstrucción de los cruces por no respetar los semáforos; la manipulación de éstos por parte de los policías viales; los influyentes (o sus choferes) que se estacionan en donde quieren, obstruyendo las vialidades; los accesos y salidas de la autopista urbana por el deficiente equipo electrónico y la mala planeación vial; las bases de taxis a las puertas de centros comerciales y tiendas, y, desde luego, la falta de educación vial de todos quienes vivimos en la Ciudad de México.

Todo esto, derivado de un solo artículo del nuevo Reglamento de Tránsito de la Ciudad de México.

 

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