La devoción puritana al trabajo, a la ocupación perpetua, no siempre da los mejores resultados, menos aún porque mata la creatividad.

 

Si alguna vez, alrededor de las tres de la tarde, haz sentido una especie de sopor que te impide mantener los ojos abiertos, justo antes de una junta importante, sabes de lo que estoy hablando. Entras, y por más respiraciones profundas que hagas o tazas de café que tomes, no hay forma. Aunque los ojos están abiertos y tu cuerpo ocupa una silla en la sala, tú estás en otro lado. Pasa también que a media mañana, ese familiar dolorcito de cabeza, cada vez más frecuente, aparece mientras miramos en la pantalla eso que tenemos que hacer. El brillo del monitor se intensifica, y por más que pasamos la mirada por el contorno de los caracteres, no logramos descifrar su significado. O, cuando después de teclear incesantemente durante un tiempo, la espalda se hace nudos correosos y no logramos dar con la respuesta. Sucede, incluso, los lunes o recién llegados de vacaciones, cuando estamos descansados y sin mucho estrés. Tratamos de meter el acelerador para continuar, pero nos sentimos como automóviles mal ajustados. ¿Qué pasa?

Pasa que el cerebro, después de cierto tiempo de estar funcionando, necesita un respiro para descansar. Por eso en las escuelas es tan necesario el recreo. Esos momentos en los que haces un alto total para refrescar la mente sirven como combustible para retomar, con mayores y mejores bríos, la tarea que estabas realizando. La mayor parte del tiempo de un ejecutivo la pasa pensando en el trabajo, en los problemas y posibles soluciones, en el jefe o en los subordinados, en las obligaciones y en el entorno laboral. Eso es muy cansado si se hace persistentemente y no se le permite al cerebro tener un espacio para reposar. Por eso no está mal cambiar de escenario, levantarse del escritorio, dar unos pasos, tomar un café. Sin embargo, no siempre lo hacemos.

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Hay una especie de devoción puritana al trabajo, a la ocupación perpetua, y una cierta necesidad de demostrar que vivimos eternamente invadidos por asuntos. Esa vocación inexorable que nos lleva a estar pegados a la computadora, atendiendo al teléfono, resolviendo cuestiones y trabajando en forma exhaustiva no siempre da los mejores resultados. Vivir con un aparato adosado a la mano no parece ser sinónimo de productividad; más bien es todo lo contrario. Además, no es particularmente sano. Las empresas que rigidizan a tal grado la presión del trabajo, que inhiben las posibilidades de platicar, de tomar un café, de tomar un descanso, están cometiendo un grave error y, sin darse cuenta, están operando en su contra.

El ocio, según Marcus Raichle de la Universidad de Washington en Saint Louis, es tan necesario para el cerebro como lo es la vitamina D. Afirma que el cerebro es un órgano glotón que constantemente demanda el 20% de la energía que produce todo el cuerpo. Esto es así porque la mente está constantemente buscando conexiones que lo lleven a resolver problemas. Al formar redes de unión entre los diferentes nodos mentales, se encuentran soluciones, pero cuando el cerebro está cansado, deja de ver que el camino más sencillo entre dos puntos es la línea recta, y recorre veredas alternas, no siempre eficientes, no siempre correctas. Es por ello que cuando la mente se satura no vemos errores que de otra forma serían evidentes. El embotamiento inhibe la productividad y mata la creatividad.

 

Pequeños descansos

Con unos momentos de ocio, el cerebro, lejos de estar flojeando, se despeja. No hay por qué temer, la actividad cerebral no deja su diligencia productiva ni se apaga ni se desconecta. Por el contrario, en esos pequeños descansos logramos encontrar ese camino sencillo y novedoso, en vez de insistir en desgastar uno improductivo y erróneo. Alice Flaherty, investigadora de neurociencia, dice que en esos momentos de relajación, el cerebro libera dopamina, que, en su opinión, es una sustancia relevante en la receta de creatividad. Afirma que la dopamina ayuda a entrar en ese grado de distracción que nos libera de la fijación de una idea errónea.

Los momentos de relajación son de vital importancia, especialmente cuando se le ha estado dando vueltas a un mismo asunto sin llegar a una solución. Intentar, hasta el cansancio, resolver el acertijo nos lleva a embrollarlo más. Por el contrario, tomar un respiro nos puede iluminar esa respuesta que el cerebro está buscando. De igual forma, si la espalda empieza a doler, lo mejor es cambiar de posición, mover el cuello, y así evitar una contractura muscular.

Las jornadas largas de trabajo, las horas extras para sacar adelante un proyecto, las juntas que se eternizan son una mala idea. La gente deja de poner atención.

El ocio en el trabajo ayuda a convertirnos en seres reactivos, es decir, a generar los estímulos adecuados que le indiquen al cerebro cuál es la mejor manera de unir dos puntos. Es por eso que, en ocasiones, en medio de una plática o mientras vamos en el elevador, caemos en la cuenta de aquello que tan afanosamente estábamos buscando. Fue así como Arquímedes logró descifrar la forma para calcular el volumen de un cuerpo irregular. Mientras estaba relajado, entrando en la bañera, pensando en otra cosa, se dio cuenta cómo se desplazaba el agua y, emocionado, salió a las calles de Siracusa gritando: ¡Eureka!

El ocio educado es el mejor estado del hombre, según Oscar Wilde. Por desgracia, nos hemos encargado de darle una connotación negativa. No se trata de hacer odas al flojo ni darle pretextos a la pereza. Todo lo contrario: se trata de llegar a un equilibrio sano y necesario entre ese deseo puritano de excederse en el trabajo y ese sinvergüenza que no quiere llevar a cabo las tareas. Ni lo uno ni lo otro.

Lo importante es darnos cuenta de que el ocio puede ser generador de la chispa de la creatividad, y en esos momentos de descanso a media mañana o después de comer, en vez de obligar al cuerpo y la mente a lo imposible, lo mejor es tomar un descanso, despejarse y seguir con más y mejores bríos. Aunque parece un oxímoron, es real: el ocio y la creatividad pueden avanzar de la mano.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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