La estrategia del gobierno de Peña Nieto ha sido  clara y simple: ante un problema de muy difícil solución, como es el de la inseguridad, lo mejor es invisibilizarlo, distraer la atención del público, para que parezca que el tema ya no es tan grave.

 

 

Por Helena Varela Guinot, directora del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Ibero y conductora de Zigma Política en Ibero90.9

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Dice el dicho popular que “ojos que no ven, corazón que no siente”; y pareciera que el gobierno de Peña Nieto decidió aplicarlo al pie de la letra. La estrategia fue clara y simple: ante un problema de muy difícil solución, como es el de la inseguridad, lo mejor es invisibilizarlo, distraer la atención del público con otros asuntos, de tal manera que, al final, pareciera que el tema ya no es tan grave.

Un simple vistazo a los medios de comunicación tras la llegada después de diciembre de 2012 permite detectar este cambio. De la noche a la mañana se dejó de hablar de la inseguridad, de los muertos y de los desaparecidos. Como si ya no hubiera, como si los decapitados y los levantones fueran cosa del pasado, y con el nuevo sexenio se hubieran evaporado. En cambio, se nos bombardeó con el Pacto por México, la Cruzada Nacional contra el Hambre, la detención de la lideresa del SNTE, la reforma educativa o la reforma en las telecomunicaciones; y todo ello se acompañó con una febril actividad del titular del ejecutivo que pretendía dar muestras de su incansable empeño por “mover a México”.

Y no es que todos esos asuntos no fueran importantes. Por supuesto que lo son; pero resulta preocupante que se puedan emplear como distractores para ocultar una realidad, que se pretenda saturar con ellos la agenda pública para no dejar espacio a otras cuestiones que son igualmente relevantes. Así se hizo con el tema de la inseguridad, que desapareció de forma misteriosa, como si ya no fuera del interés general de nuestra sociedad. Las únicas alusiones al mismo fueron para señalar que se estaba planteando una nueva estrategia con la reestructuración de las policías del país y la creación de una Gendarmería Nacional, proyecto que ni siquiera se incorporó en el Plan Nacional de Desarrollo.

Hay que reconocer que la estrategia inicialmente resultó muy efectiva. En una encuesta aplicada por la empresa Parametría en mayo de 2013, el porcentaje de mexicanos y mexicanas que declaraban sentirse más seguros aumentó significativamente con respecto a la medición anterior, realizada a finales del sexenio calderonista. Lo interesante del caso, y también lo preocupante, es que, de acuerdo a las mediciones realizadas por varios medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil, las ejecuciones en el país durante los primeros tres meses del gobierno de Peña Nieto no disminuyeron, sino que mantuvieron la misma tendencia que se venía dando en el gobierno de Calderón. Lo dicho, “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Sin embargo, la realidad poco a poco fue boicoteando la estrategia del gobierno: con todo y la detención del líder de Los Zetas, los muertos y desaparecidos ya no pudieron seguir escondiéndose debajo de la alfombra, y comenzaron a hacerse nuevamente visibles, de tal manera que hoy resulta ineludible hablar del tema de la inseguridad en México. El reciente asesinato del vicealmirante Salazar Ramonet, fue quizá la gota que derramó el vaso e hizo que nuevamente tuviéramos que voltear –aunque no quisiéramos- hacia el incómodo tema de la violencia y el crimen organizado. Porque aunque nos lo quieran ocultar, no cabe duda de que la inseguridad se sigue sintiendo en nuestras calles.

 

 

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