Nace, consume, muere. Una y otra vez, día tras día. Esa parece ser la máxima de nuestra sociedad, en un mundo revolucionado el vértigo te consume, absorbe nuestra existencia y, cuando deja de necesitarnos, sólo nos deja atrás. La queja más común entre las generaciones más viejas es que las nuevas viven demasiado rápido y el paso del tiempo sólo aumentó la velocidad. La premisa no es del todo cierta, pero la sensación sin duda es palpable. Somos un fragmento de vida a la espera de ser olvidado.

Una impresión similar deja Okja (2017), el trabajo más reciente del cineasta coreano Bong Joon-Ho detrás de la cámara. La película cuenta la historia de una pequeña jovencita coreana (Seo-Hyun Ahn) y su mejor amiga: un cerdo gigante modificado genéticamente por una compañía transnacional. Las cosas se complican cuando la empresa, de nombre Mirando, decide recuperar a su creación para un ardid publicitario y la niña hará todo a su alcance para impedir que conviertan a su compañero en chuletas.

La película anterior del realizador asiático, El expreso del miedo (Snowpiercer, 2013) era una fábula sobre un tren (el único transporte sobreviviente de la humanidad) recorriendo la gélida superficie del mundo en un viaje sin destino. La idea central de dicha cinta era la lucha de clases entre las diferentes secciones del transporte y lo inútil de la lucha proletaria por obtener control de su vida. Alcanzar los vagones delanteros significaba perpetuar el sistema, validarlo, la única solución era dinamitar sus bases y comenzar de cero.

Okja narra conceptos igual de sombríos, aunque aquí Joon-Ho optó por cambiar de registro. En lugar de una cinta de acción opresiva, tenemos una aventura infantil llena de duras lecciones de vida. Bong comprende que el mundo está lleno de matices y personas intentando llevar sus días de la manera más adecuada posible. Eso desmarca a Okja del grueso de la producción norteamericana.

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Las críticas de Bong se extienden a todos sus personajes. Ese grupo terrorista de buenas intenciones que está más preocupado por cumplir sus objetivos y no por los animales que les interesa proteger. La malvada transnacional buscando ofrecer comida a buen precio para lograr hace negocio. O nuestra protagonista, que al intentar salvar a su cerdo, no cambiará el destino de los demás en camino al matadero. Sus victorias, como las de los pasajeros de Snowpiercer, son pírricas, ínfimas en un mundo que se mueve demasiado rápido para reparar en sus problemas.

En Okja, el coreano parece estar persiguiendo a Steven Spielberg, aunque, como lo demuestra la larga trayectoria del norteamericano, éste siempre ha tenido cierto miedo de retar a las convenciones (piensen en la lacrimógena Caballo de guerra). Okja es una cinta que funciona a varios niveles y trasciende su envoltura de producto para divertirse. Además de colocar a Bong Joon-Ho como una de las voces más interesantes del cine contemporáneo.

Este taco de carnitas surtidas tiene algo para todos los paladares.

 

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