Por Julián Andrade*

Como una premonición oscura, un comando militar guatemalteco cruzó la frontera e ingresó al campamento El Chupadero, en La Trinitaria, Chiapas. Era la madrugada del 30 de abril de 1984.

Los soldados tenían la instrucción de someter a quienes consideraban guerrilleros. Sobre el número de muertos no hay dato preciso, pero el impacto y el terror provocado por los Kaibiles dejó huella.

El asentamiento estaba integrado por indígenas que huían de la violencia política desatada, en Guatemala, por el dictador Óscar Humberto Mejía Víctores.

Pueblos enteros sufrían agresiones ante la peregrina idea de terminar con los grupos rebeldes. México se volvió un punto de escape para los desplazados que, en el momento más álgido, llegaron a ser 46 mil.

Se trató de éxodo que adquiriría la categoría de crisis humanitaria.

La presencia de los guatemaltecos se prolongaría por décadas y su atención requirió de la implementación de políticas públicas y entre estas la creación de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados y de la presencia del Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados.

Significó un reto, porque a diferencia de otros refugiados, los recién llegados requerían de atenciones básicas y toda una serie de apoyos que les permitieran llevar una vida decorosa en nuestro país y en particular en Campeche y en Quinta Roo que es donde se establecieron.

Tiempos difíciles, porque el arribo de miles de personas siempre es un desafío, en que se tienen que procesar comportamientos inclusive culturales.

Compartimos con Guatemala una frontera de 965 kilómetros, la que es porosa por la geografía, pero también por la historia. Lo que fue Mesoamérica no respeta los límites establecidos en las fronteras tradicionales, porque la convivencia entre los pueblos es cotidiana y natural.

En la actualidad, con la llegada de inmigrantes de Honduras, El Salvador, Nicaragua y la propia Guatemala, se enfrentarán nuevos retos. Uno de los aspectos más delicados radicará (radica ya) en la relación con los Estados Unidos.

Desde la llegada de Donald Trump al gobierno, las cosas se complicaron para quienes buscan refugio motivados por la violencia o por las necesidades económicas. El enfoque de quien gobierna al país más poderoso de la tierra es racista y lo mueve la propaganda para mantener a la base social que lo eligió.

Precisamente es la cercanía de la contienda electoral, lo que hará que el discurso se endurezca y en particular ante fenómenos como los ocurridos en Chipas, donde miles de personas cruzaron los puntos fronterizos.

En nuestro país, en cambio, hay que definir con claridad cuál será el esquema de atención a quienes lleguen, porque lo harán, a lo largo de los próximos meses.

La inmigración no se puede detener, ya que la motivan resortes poderosos y en particular los de la esperanza. Quienes viajan miles de kilómetros, en condiciones más que precarias, lo hacen con la convicción de que pueden aspirar a un futuro mejor.

La inmensa mayoría son personas trabajadoras, que emprenden una aventura que puede costarles inclusive la vida. Así hay que verlo y actuar en consecuencia.

*Periodista y escritor. Es autor de la Lejanía del desierto y coautor de Asesinato de un cardenal

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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