El desalmado vive sin conciencia y sin remordimientos. No así quien ama. Porque lo primero que le sucede a quien ama es que vuelve a existir. Toma conciencia de sí mismo. Y ni siquiera se da cuenta. A partir de entonces, quien ama es una suculenta y vulnerable presa para los remordimientos. Porque el amor, correspondido o no, se engendra, crece, se establece, se pudre o muere desde el Otro, por el Otro, para el Otro. Lo muestra el joven ilustrador francés Benjamin Lacombe en el hermoso libro Ondina, publicado en español por Edelvives.

2okOndina es una ninfa acuática de belleza inigualable, singular, de una brutal sencillez que ha tomado forma humana. Desea poseer un alma desde que tiene memoria. Y sólo puede obtenerla al obtener también el amor de un hombre. No le importa —Ondina lo sabe— que esa alma humana sea, a su vez, una pesada carga que podría llevarla a morir de dolor si acaso perdiera al ser amado. Ante la intensidad de este deseo, los espíritus del agua provocan una tormenta que obliga al extraviado Herr Hans Ringstetten, un rubio caballero de armadura reluciente, a refugiarse en la casa de los padres adoptivos de Ondina, una humilde choza en medio de la sombría Selva Negra. En este lugar, Hans conoce a la delicada, fina y de rojos cabellos (“como exquisitas llamaradas”) Ondina, con quien luego de un tiempo decide casarse.

3okAl enamorado y noble caballero nada le importa. El intenso amor que bulle dentro de sí por la joven lo lleva, incluso, a ignorar la también amorosa confesión de que ella es, en realidad, un espíritu del agua, uno de esos personajes que aparecen en los cuentos y que tanto asustan a los niños. “Querida Ondina —dice Hans—, te amo desde la primera vez que te vi, y siempre te amaré tal como eres.”

He aquí otro rasgo de quien empieza a amar: a Hans no le importa enamorarse y compartir su vida con un ser sobrenatural porque, en los hechos, todo enamorado transforma a la persona amada en eso: un ser sobrenatural. La dota de una belleza extraordinaria. Le atribuye cualidades inigualables. Como Ondina, se vuelve, ante la mirada del enamorado, un ser más allá de lo humano, adquiere una apariencia casi mítica. Ya vendrá la vida cotidiana a desmentirlo todo, quizá, pero, mientras tanto, ¿a quién le importa?

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Para su Ondina, Lacombe adapta el relato homónimo que escribiera el romántico alemán Friedrich de la Motte-Fouqué (1777-1843). Y lo hace de manera muy descuidada. Hay constantes deficiencias narrativas. Por ejemplo, saltos en la historia, hilos sueltos, personajes y expresiones estereotipados. El texto del joven Lacombe está fuera de época y muy lejos de la pulcritud, la crudeza y el brillo de la historia del hada de las aguas que nos cuenta el Barón Fouqué en su libro aparecido alrededor de la primera década del siglo XIX.

4okSin embargo, esto no le quita ni uno solo de los rojos cabellos de Ondina a la belleza de las ilustraciones que Benjamin Lacombe elabora e introduce en su versión. El verdadero valor, la novedad contemporánea de la adaptación que ofrece están aquí: en la magnitud, en la densidad, en los intensos colores y los finos trazos de la obra gráfica, el ambiente natural de Lacombe. No por nada este parisino, que está por cumplir, el mes próximo, 34 años, ha dicho que Ondina comenzó a configurarse cuando en su adolescencia observaba la obra de los prerrafaelitas, quienes tenían, entre sus predilecciones temáticas, el mito de Ondina.

5Una ondina es, pues, un personaje mitológico de hermosura incomparable que habita en las fuentes de agua: lagos, ríos, estanques. Y arrancarla de su naturaleza para vivir con ella entre lo mundano es arriesgado, peligroso. Lo cotidiano va robándole cada vez más la gracia y la ligereza al ser amado. Ondina aprende a intrigar y es sujeto de intrigas. Ondina discute con su amado, cada vez con más frecuencia, por asuntos triviales. Ondina debe sobrellevar la cercanía de su amado con otras bellas mujeres. Ondina sabe que es importante aprender a oponerse a algunas decisiones. Ondina tiene que defender sus espacios y su posición al interior del castillo que habita con Hans. Ondina confía demasiado en sí misma y en sus poderes. Y, mientras tanto, Hans va llenando su cabeza con la ponzoña que le inyecta habladurías de quienes se sienten traicionados por él desde la llegada de Ondina. Hasta que un día, encolerizado, estalla: “Tenía que casarme con un espíritu de las aguas! ¡Maldita sea la noche en que te conocí y me dejé embrujar! ¡Habría preferido no conocerte jamás!”

6El sociólogo y periodista italiano Francesco Alberoni lo dice así: el enamoramiento, que es la aparición de lo extraordinario, puede terminar en la trivialidad a fuerza de quitarle la especificidad y la diversidad al Otro, de arrancarle las fuerzas vitales; o sea, a fuerza de ir alejando del enamorado la mayor parte de todas esas cosas y gente que tenía a su alrededor y que lo volvieron único, especial, maravilloso, casi un sobrehumano sujeto de amor. Sí, sin duda eso puede pasar. Pero la experiencia cotidiana nos recuerda que, como en la Ondina de Lacombe, algunas veces sucede algo peor.

 

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