En los últimos años la principal preocupación ha sido el magro nivel de crecimiento económico con relación a naciones comparables o incluso con algunos países de la región.

 

 

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo”: Charles Dickens.

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Expectativas, expectativas… o la ontología urgente del crecimiento económico. Nuevamente el tema es la nota principal en los medios en México. Por segundo año consecutivo, los pronósticos oficiales se han revisado a la baja en virtud de los resultados de la tasa de crecimiento de la economía, que ha mostrado una debilidad no anticipada ni por las autoridades en la materia ni por los especialistas.

Y esto en México no es poca cosa, ya que en los últimos años la principal preocupación ha sido el magro nivel de crecimiento económico con relación a naciones comparables o incluso con algunos países de la región. De allí que la actual administración haya emprendido una serie de reformas estructurales orientadas a elevar la capacidad de crecimiento de la economía en el largo plazo.

La baja en el crecimiento económico para 2014 es posible atribuirla en términos generales a tres principales causas. La primera es externa y se debe al bajo desempeño de la economía de Estados Unidos en el último trimestre. La segunda es resultado del efecto que ha tenido sobre la economía el proceso de aprobación de las reformas estructurales y sus leyes secundarias. El cambio en las reglas del juego en una serie de industrias ha significado una consecuente postergación y cambios en las decisiones y niveles de inversión. La tercera se explica por el impacto de la reforma fiscal y la caída en los niveles de consumo asociados al menor ingreso disponible y encarecimiento de ciertos productos, así como a las expectativas de creciente fiscalización asociadas al paquete de medidas tributarias que afectan a consumidores, empresas y mercados.

 

La caída de las expectativas

Expectativas es la palabra clave; diría que “el remate” de esta situación. Una causa adicional –menos explorada pero no menos importante, en mi opinión– es la fuerte caída en las expectativas y la confianza en la economía de los consumidores, las empresas y los mercados.

Esta caída en las expectativas puede que esté alimentada por el desempeño reciente de la economía asociada a las causas antes mencionadas y sea del tipo “porque las cosas van mal, entonces soy pesimista”. O puede que, alternativamente, sea del tipo “porque soy pesimista, entonces las cosas van mal”. O puede que sea una suerte de mezcla entre las dos y es donde muy probablemente nos encontramos. En todo caso, es una conversación que impacta el desempeño, y de ahí la relevancia de manejar las “conversaciones” de la economía.

Veamos el primer caso: tal vez “porque las cosas van mal, entonces soy pesimista”. Cuando hablamos de resultados en materia de crecimiento económico, uno tendería a pensar que lo más importante es el nivel de la tasa, es decir, el resultado en sí mismo. Sin embargo, empíricamente y como parte de nuestra naturaleza, los seres humanos tenemos una relación más bien ontológica respecto al crecimiento económico.

Por extraño que parezca, lo cierto es que los consumidores, las empresas y los mercados están más preocupados con saber que las cosas van en la dirección correcta, que por el nivel mismo de la tasa de crecimiento económico. Me explico: es más importante saber que vamos por buen camino, que el propio nivel de la tasa de crecimiento.

Consideremos a dos países idénticos. En el primero, la tasa de crecimiento económico que se anunció es de 3.9% y la que se obtuvo es de 2.7%. En el segundo país, la tasa de crecimiento que se anunció es de 1.5% y la tasa que se obtuvo es de 2%. Es claro que en el segundo caso los habitantes están mucho más satisfechos que en el primero, aunque no alcancen la tasa de crecimiento económico de los habitantes del primer país. La dirección hacia la que va el país –de mayor crecimiento– es la dirección correcta. Como se puede ver, no se trata tanto de la tasa de crecimiento económico sino del sentido que presenta la misma y, por supuesto, el cumplimiento de las metas esperadas.

 

El nudo

El oficio de manejar conversaciones de crecimiento o de expectativas económicas contrasta con el enfoque que se ha tenido en la actual administración. El mensaje ha sido muy claro: está comprometida a ofrecer resultados concretos y, en específico, alcanzar tasas de crecimiento económico del 5% derivados de las reformas estructurales y otros ajustes a las políticas públicas.

Se ha planteado que los cambios y las reformas necesarias para alcanzar este objetivo pueden ser impopulares para algunos grupos y que se requiere esfuerzo y sacrificio para ofrecer los resultados que se ofrecen. De alguna forma se ha transmitido la idea de que es necesario gobernar ofreciendo resultados concretos, y no gobernando a partir de vender resultados o con base en encuestas de opinión.

De esta forma, el énfasis que se ha puesto es en la oferta de tasa de crecimiento. Pero precisamente por este enfoque es que la gente de calle y analistas no ven que vayamos hacia donde debemos ir. Las expectativas que se han creado los agentes a partir de estos magros resultados es que no vamos en la dirección correcta, y eso sí que puede afectar aún más a la economía.

El riesgo latente es que en caso de que no se haga nada al respecto para crear nuevas expectativas, ante la caída en la confianza, los niveles de inversión y consumo se mantengan relativamente bajos, y que esto a su vez tenga un impacto real en el crecimiento económico. Una suerte de profecías que se cumplen: “como creo que la economía no va bien, la economía acaba yendo mal”.

Este pesimismo ha sido alimentado también con los continuos ajustes oficiales al pronóstico de crecimiento económico que se han dado desde 2013 y, por cierto, con bastante rezago respecto a la realidad que se vive, las encuestas y los indicadores económicos. Recordemos que las expectativas no son otra cosa que conversaciones que modelan las decisiones de inversión, consumo y crecimiento. Y las conversaciones, fundadas o no, son las que crean expectativas y, finalmente, influyen en la tasa de crecimiento de la economía. En lo que a crecimiento económico respecta, las conversaciones y las expectativas se convierten en tu destino, lo sepas o no.

Veamos otra posible conversación latente en el mercado: “porque soy pesimista, entonces las cosas van mal”. Para estas personas no es sólo que estemos ante un impasse previo a que se concrete el proceso de las reformas estructurales. No es un problema de esperar mientras llegan los resultados ofrecidos, sino que simplemente no llegarán.

Esto es por la percepción –cierta o no tampoco importa– que en el pasado la implementación de reformas no trajo los resultados ofrecidos y, por ende, este caso no será distinto. Ahí podemos ver a Cuarón y sus 10 puntos sobre la reforma energética en los que planteó –independientemente de juicios y opiniones– algo que no es muy distinto de las preocupaciones que han expresado tanto los que están a favor de las reformas como los que están en contra. Esto es, la importancia de que la implementación de las mismas sea impecable. Hay grandes dudas respecto a las reformas y están modelando las expectativas y la confianza general de los agentes económicos. Y no existe una conversación que atienda y administre esto; está faltando futuro.

Así nos encontramos en un nudo en el que “porque vamos mal, soy pesimista” y “porque soy pesimista, vamos mal”. Ahora, ¿cómo deshacer el nudo?

 

El contratiempo

Más que explicar, justificar y esgrimir razones del desempeño de la economía, lo que está faltando a las autoridades es admitir –no justificar– que está pasando lo que está pasando, y que no está pasando lo que no está pasando en materia de crecimiento económico.

Admitir generalmente da pie a la acción, y de hecho sólo tiene sentido si es para tomar acción. Falta declarar, admitir un contratiempo económico para volver a captar la razón de ser de las reformas, que no es otra cosa que romper el ciclo de bajos niveles de crecimiento económico de los últimos años.

Una vez declarado un contratiempo, lo que sigue sólo puede tratarse de una conversación acerca de cómo causar crecimiento económico hoy, sin esperar factores externos –como la recuperación de Estados Unidos– o “inerciales”.

Es posible que cada sector vea qué falta individualmente, así como entre todos, para detonar mayores niveles de crecimiento. No como algo que le corresponde exclusivamente a las autoridades, sino como algo que se requiere juntos a consumidores, empresas, mercados y gobierno. La conversación de que el crecimiento económico sólo “le corresponde al gobierno” no tiene cabida en el México del futuro. Tan no es así, que la tasa de crecimiento económico es el resultado de las expectativas, la confianza y la interacción de todos los agentes.

Falta una conversación sobre el contratiempo que vivimos en este momento para tomar acción y cerrar filas por México. Falta manejar y administrar las expectativas de una forma directa, y falta también crear una conversación articulada sobre los beneficios de las reformas estructurales.

En el fondo, estas conversaciones son parte de una más grande, que es la conversación del futuro de México, que ha quedado olvidada en el camino. Una conversación sobre un futuro que nos inspira, que nos jala como país y que da sentido a lo que hacemos hoy. Estamos demasiado inmersos en el día a día y perdemos de vista el bosque. A veces queremos un camino perfecto sin obstáculos para construir México y ese camino no existe.

Existe el camino de estar en acción, admitir, aceptar y aprender. ¿Estamos picando piedra o construyendo una catedral?

 

 

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