Parece que existe un verdadero deseo de los actores en conflicto por llegar a un acuerdo y darle una oportunidad a la paz en Colombia.

 

 

En 2014 las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) cumplieron 50 años de existencia, lo que las convierte en el grupo subversivo, en activo, más antiguo del planeta. Justo en este año las partes en conflicto decidieron avanzar en las negociaciones de paz. No es la primera vez. Lo han intentado desde 1982, lo que podría colocar, al colombiano, en el proceso de paz más largo que haya en este momento. Esa historia plantea un mal antecedente; sin embargo parece que existe un verdadero deseo de los actores en conflicto por llegar a un acuerdo, pero sobre todo señales de las mayorías que quieren que así sea.

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La primera fue la reelección del presidente Juan Manuel Santos frente a un Óscar Iván Zuluaga belicoso que prometía acabar con las negociaciones y regresar a la confrontación. Así, el pueblo colombiano expresó su deseo de acabar con el conflicto del que están cansados. Y han entendido que la única forma de salir de ello es por la vía de la negociación.

El segundo punto importante es que se está reuniendo a todos los actores en el conflicto. Colombia, como país, está entendiendo que hay víctimas y victimarios –por acción u omisión– en todos los grupos involucrados. Hay víctimas del lado de las FARC, hay víctimas del lado de los paramilitares, hay víctimas del lado del ejército, pero sobre todo hay víctimas dentro de la población civil como ha dejado constancia el Centro Nacional de Memoria Histórica en diversos documentos.

Es importante que en esta ocasión, del lado del gobierno no sólo están sentados a la mesa los políticos, sino también los militares, que son los que operativamente deberán hacerse cargo del desarme de los más 6,000 efectivos rebeldes y procurar la seguridad de los territorios sobre los que el Estado perdió el control, y esta vez sí protegerlos. Tomando en cuenta que se calcula que las FARC cuentan con bases de apoyo (personas que simpatizan con la causa, les proporcionan alimento, protección y ayuda) de más de 31,000 personas, éste será un proceso complicado.

Para ello el ejército colombiano propone un cese al fuego bilateral y le pide a las FARC que entreguen las armas y los uniformes; esto es que regresen a la vida civil. Pero es bastante más fácil decirlo que hecerlo. Cuando desmovilizaron a las autodefensas se descuidaron algunos aspectos que no sólo permitieron, sino que fomentaron que algunos de sus elementos, personas dedicadas al mercado de la violencia, conformaran bandas criminales.

No se debe perder de vista que es posible que hoy día el conflicto ya no esté motivado solamente por la idea de emancipar al pueblo, sino que existen personajes que han encontrado en la guerra y en la reproducción de la violencia una forma de vida. Estos actores harán lo posible por perpetuar el sistema que les reporta ganancias. Claro que también los hay quienes son incapaces de perdonar las afrentas y seguirán buscando la satisfacción de la venganza llamándola justicia. Ellos harán lo posible para boicotear cualquier acuerdo que cambie el statu quo.

Es necesario, ante todo, que las partes estén dispuestas a llegar a acuerdos. No se trata de vencedores o vencidos; nadie ha ganado esta guerra y es difícil que alguien la gane. Si bien el Estado colombiano se fortaleció en los últimos años institucionalmente, y la ayuda de Estados Unidos a través del Plan Colombia le permitió profesionalizar y equipar a sus fuerzas armadas, también es cierto que las FARC tienen el control sobre actividades económicas que les permiten ser independientes y mantenerse en pie de lucha. Además, durante el gobierno del ahora senador Álvaro Uribe se aglutinó la izquierda y atrajo a nuevas generaciones que ya no vivieron el horror de los ochenta y eran unos niños durante la época de las masacres paramilitares de los noventa. Muchos de ellos ahora abogan por una salida pactada al conflicto, cargada de reivindicaciones sociales, que de no lograrse podrían llevarlos a engrosar las filas de la insurrección con renovada legitimidad. En otras palabras, hay una especie de empate técnico que sólo se rompería con la aniquilación de alguno de los dos actores preponderantes.

Así, Colombia está frente a un reto histórico. Si lo logra se detendrá la guerra y con el tiempo se logrará la reconstrucción social. De otra manera, el proceso de paz será un semillero para los conflictos del futuro.

 

 

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