El TLCAN cumple 20 años como instrumento de cooperación e intercambio económico entre México y EU. Una relación que, más allá de las firmas y los documentos, funciona de manera natural. Dos naciones con tanto que compartir, que mientras no nos damos cuenta, cada vez se integran más.

 

 

Este texto forma parte del libro La integración económica de América del Norte, próximo a publicarse por Jorge Flores Kelly y María Elena Labastida, quien también es coautora del presente artículo.

 

“Y lo que Dios ha unido, que no lo
separe el hombre”: Eclesiastés

 

El proceso de integración económica de América del Norte (AN) cumplió un hito importante este año al celebrarse el vigésimo aniversario de la firma del TLCAN. Con motivo de este aniversario, en los tres países se han realizado –y se continuarán realizando a lo largo del año– una serie de eventos de gran valor para evaluar y analizar los avances, sus limitaciones y todos los aspectos relacionados con el resultado y futuro del TLCAN.

Sin duda, este aniversario representa la mayoría de edad para el tratado, y es una ocasión única para hacer un balance de lo logrado, observar la continuidad del proceso y ver qué es lo que falta para ir a un siguiente nivel. Y también, desde una mirada más amplia, es una extraordinaria oportunidad para ir más allá y reflexionar sobre un proceso más grande, de mayor envergadura, de mayor alcance, al que se le ha prestado consistentemente menor atención en los tres países: la integración económica de América del Norte.

El proceso de integración de AN inició muchos años atrás y con anterioridad al surgimiento del TLCAN. De hecho comenzó inmediatamente después del cambio en la frontera entre México y Estados Unidos como resultado de la independencia de Texas y la guerra entre ambos países.

Los individuos, las familias y las empresas que quedaron de ambos lados de la frontera, rápidamente encontraron la manera de aprovechar, de la mejor manera posible, las nuevas condiciones. Paradójicamente, han sido las asimetrías entre los países, lejos de ser una barrera o impedimento, las que han sido el motor de la integración.

Aunque en la teoría económica del comercio internacional de Heckscher-Ohlin trataban este fenómeno como altamente predecible, el hecho de compartir cuencas de recursos naturales, geológicos, hídricos y energéticos ha impulsado la integración de manera importante.

Igualmente, las diferencias en la dotación de factores como capital y trabajo –así como sus precios relativos– han generado una fuerza de atracción que trasciende las fronteras –formal o informalmente– buscando optimizar el uso de los recursos de la mejor manera posible entre consumidores, empresas y mercados. En la búsqueda de su propio interés, individuos y empresas se han organizado de forma tal que pueden producir bienes y proveer servicios de manera más productiva, y esto es lo que impulsa el proceso de integración.

Este proceso ha sido natural, y como parte de la naturaleza humana –que siempre quiere que las cosas sean de una determinada forma– ha pasado por diferentes sistemas legales, políticos e incluso determinaciones soberanas, para acercarlo o hacerlo a la medida de la visión humana de ese proceso.

Durante años, por medio de varias políticas los países trataron de contener el proceso de integración, de crear una suerte de dique que contenía y cerraba las fronteras al libre flujo de las mercancías de un país a otro, de ponerle límites o regular el proceso de integración económica, ya sea por medio de políticas, aranceles y restricciones a la movilidad de capital y del trabajo.

 

El agua siempre encuentra su camino

Lo que sucede con este proceso económico es que ha sido natural e impulsado por un orden espontáneo. Como agua que busca su camino, no ha sido posible detenerlo. La integración económica regional –esto es, el desmantelamiento gradual de las barreras al movimiento de los factores de producción entre fronteras políticas– es un proceso evolutivo, que con un tratado llamado TLCAN, otra versión de éste o incluso sin marco legal alguno, se ha ido revelando a lo largo del tiempo.

Es a la luz de la teoría y de la evidencia del orden espontáneo (OE) que Hayek –Premio Nobel 1974– nos permite observar y analizar, cómo se han ido desenvolviendo las interacciones comerciales entre los individuos de ambos lados de la frontera México-Estados Unidos. Como campos magnéticos o fuerzas gravitacionales atraídas por el beneficio comercial, el movimiento de factores de producción (entre éstos el laboral, de bienes, servicios y capitales) entre las fronteras políticas –con o sin tratados, de manera legal o ilegal, documentada o no–se manifiesta de manera natural sin nada o nadie que pueda detenerlo.

Primero fueron los enganchadores, estadounidenses que invitaban, reclutaban a familias completas mexicanas a migrar hacia Estados Unidos para trabajar en el campo e impulsar la economía agrícola. Después vendría la demanda por trabajadores mexicanos asociada a la expansión de la economía de guerra de Estados Unidos durante el periodo de la Primera Guerra Mundial. Posteriormente sería la deportación de mexicanos asociada a la Gran Depresión y el surgimiento de la Border Patrol al crearse formalmente la migración ilegal.

La creación del Programa Bracero en 1930 fue otra manera con que los gobiernos buscaron regular los flujos migratorios de uno y otro lado de la frontera. Justamente en 1960 inicia una nueva etapa con la creación del Programa Maquila, que por primera vez implicó el establecimiento de empresas estadounidenses en México para aprovechar el uso de la mano de obra en territorio mexicano y cambió la cara de la migración transfronteriza.

Antes migraban trabajadores a emplearse en el “norte”; ahora migraban empresas a emplear trabajadores en el “sur”. Pasamos de una migración amplia y de gran magnitud, a un proceso migratorio cada vez más controlado con sus propios subproductos. Por un lado, el aprovechamiento de la mano de obra en México, y por otro, la migración ilegal.

Después vendría la entrada de México al GATT, que puso fin a años durante los cuales el gobierno mexicano se resistió, sin éxito, al libre comercio –en particular con Estados Unidos– generando que el mercado mexicano fuera servido, hasta cierto punto, por flujos de contrabando de una serie de bienes. Finalmente, dentro del proceso de integración, en 1994 se firma el TLCAN, facilitando por un lado y limitando por otro el comercio entre los países. Es el surgimiento de las grandes cadenas de suministro regionales, los clusters especializados en manufactura y el estrechamiento de lazos económicos de los tres países.

 

TLCAN: sólo un paso más hacia la integración

Paradójicamente, el TLCAN ha sido un elemento de gran importancia en este proceso, y al mismo tiempo ha sido sólo un paso entre muchos más en el camino de la integración. El proceso de integración económica trasciende y rebasa al TLCAN. Éste ha sido una pieza, como lo han sido otras, que ha contribuido a la vinculación y creación de lazos entre las economías.

Coincidentemente, durante la etapa previa a la implementación del TLCAN se dio un proceso de apertura de la cuenta de capitales en México que favoreció la movilidad de los mismos, la creación de un banco central autónomo y la internacionalización del sistema de pagos. Esta modernización de las instituciones ha sido crucial para el proceso de integración, y en particular para la economía mexicana, de forma tal que ha nivelado el terreno en términos financieros para facilitar la estabilidad de la región.

Desde este punto de vista, han sido muchos los factores que han impulsado la integración de AN. La geografía y las cuencas de recursos naturales por supuesto que han jugado un papel importante al propiciar el aprovechamiento de recursos compartidos para la región. La población que compartimos desde el cambio en la frontera, y derivada de los flujos migratorios, ha creado una comunidad vibrante, con intereses de un lado y otro de la frontera, que fomenta el intercambio comercial y cultural, así como los lazos entre los países.

Las asimetrías entre los países –las grandes diferencias en sueldos, salarios, ingresos, dotaciones de capital y trabajo, entre otras–, son lo que ha detonado esta atracción impulsada por sus propias fuerzas, que buscan mover y usar los recursos entre un país y otro para satisfacer las necesidades de productos y servicios de la mejor manera posible. Y en este sentido lo que empezó como una forma de aprovechar los recursos de uno y otro lado de la frontera se ha convertido en una búsqueda de la competitividad de AN en un mundo donde emergen grandes bloques regionales.

La búsqueda de la competitividad de la región ha movido los recursos desde hace cientos de años. En este proceso gradual, la acción coordinada de los consumidores, empresas y mercados ha impulsado la especialización y reasignación de recursos, resultando en mejores condiciones agregadas para los habitantes de la región y facilitando/fomentando la integración de la región.

Para los entusiastas de la integración de AN, el proceso es sólo posible con la participación y el liderazgo de los gobiernos, y con la anuencia de los habitantes de los tres países. Los proponentes de esta visión abogan por la colaboración conjunta de los gobiernos para que en un esfuerzo de amistad, hermanamiento y conciencia, los tres países busquen una integración que dará beneficios a toda la región. Y es desde esta visión, un tanto cuanto forzada, idealista y apegada a un “deber ser”, que los escépticos la consideran como un proceso altamente improbable y sujeto a vaivenes políticos, preferencias electorales y voluntades ciudadanas explícitas. Una utopía.

Sin embargo, un fallo común, tanto de los idealistas como de los escépticos, es suponer que el proceso de integración se sujeta a las voluntades políticas dejando de lado el orden espontáneo, el movimiento coordinado y el interés individual, que se mueve de cada uno de los agentes en el mejoramiento de sus propias condiciones de vida. El proceso de integración se crea y se modela en forma individual, y es del individuo a la sociedad que toma su impulso vital.

 

Integración silenciosa y contundente

Y existe evidencia cualitativa de que este proceso se acelera y se profundiza de forma silenciosa y contundente. Mientras escribimos estas líneas, varias iniciativas y proyectos de carácter privado, espontáneo y en búsqueda de su propio interés, toman cada vez más fuerza y contribuyen significativamente al proceso de integración económica.

La colaboración a nivel fronterizo avanza impulsada por la acción empresarial coordinada entre grupos de ambos lados de la frontera. Un ejemplo que ilustra esto formidablemente es el puente que se construye entre los aeropuertos de Tijuana y San Diego, el cual permitirá pasar migración de país de destino en el país de origen optimizando el uso de los aeropuertos y agilizando el proceso migratorio de la frontera más transitada del mundo. Y no sólo esto: allí mismo se impulsa el relanzamiento del antiguo ferrocarril Tijuana-San Diego, para hacer más eficiente el comercio transfronterizo y proveer de infraestructura para mover las exportaciones de la planta de Toyota en Baja California hacia Estados Unidos.

El reciente proyecto anunciado de un tren de alta velocidad de San Antonio a Monterrey representa un hito en el estrechamiento de los lazos comerciales, la vinculación turística y la colaboración aduanal en una de las áreas más vibrantes en términos de comercio y migración entre los países. Su potencial conexión con la línea de alta velocidad que viene de Arkansas y la que se construirá de México a Querétaro, abre un nuevo paradigma en la infraestructura de transporte.

Tampoco deja de llamar la atención que la Universidad de Arkansas haya iniciado la construcción de su campus en Querétaro, el primero que impartirá sus planes y programas de estudio fuera de Estados Unidos. Los continuos esfuerzos por facilitar los viajes entre los dos países se aceleran y potencian con iniciativas específicas como Global Entry y Global Pass, que no hacen otra cosa que reconocer los estrechos vínculos e interconexiones entre los países y facilitar los trámites en los procesos de migración temporal.

Esta evidencia histórica y presente ilustra que el proceso de integración está vivo y trasciende las leyes, políticas y regulaciones entre los países. Como agua que busca su propio camino, el proceso de integración no se detiene y avanza consistentemente, lo veamos o no.

El proceso de integración en realidad tiene cientos de años ocurriendo. Es un proceso inexorable, tiene su propio interés, su propio impulso y su lógica. Lo más seguro es que el proceso sea diferente de como muchos lo han imaginado.

Finalmente, el sueño de un mundo unido e integrado está más cerca de lo que parece, aunque se dará en una forma muy diferente de la que comúnmente consideramos “debería ser”, con una lógica contraintuitiva e impulsada por el interés propio de los agentes económicos. Y América del Norte no es la excepción.

 

Nota: Este artículo forma parte del libro La integración económica de América del Norte, próximo a publicarse por Jorge Flores Kelly y María Elena Labastida,  quien también es coautora del presente artículo y profesora-investigador de la Universidad Anáhuac México Norte.

 

 

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