En la entrega anterior comentamos acerca del origen del dinero, y explicamos que fue un proceso evolutivo cuyo origen se puede rastrear hasta el trueque, el intercambio privado de un bien por otro. Si se la perdió, le recomendamos echarle un ojo.

Aquí continuaremos advirtiendo que a lo largo de la historia, el Estado –siempre en busca de nuevas formas de expandir su poder sobre los ciudadanos–ha buscado la manera de “confiscar” la institución del dinero al grado de monopolizarlo. Esto lo hace ahora por medio de los bancos centrales.

Debido a ello nos encontramos en un experimento de dinero estatal irredimible, sin respaldo en dinero real, que por primera vez es global.

En este contexto han aparecido nuevos proyectos monetarios, y en particular nos referiremos ahora a las llamadas “criptodivisas”.

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De todas éstas, la más emblemática es el bitcoin. Aquí abundaremos sobre cuál es el talón de Aquiles de esa novedosa propuesta de dinero y sus riesgos asociados para la libertad de las personas.

De entrada, el bitcoin –al igual que el dinero fíat– incumple con la condición elemental de ser una mercancía o la representación de ella. No es “nada”, no existe más allá del mundo cibernético. Entonces, ¿al no ser “nada”, no puede ser dinero?

La respuesta legal ya la han dado diferentes autoridades en varios países. Por ejemplo, la Corte Europea de Justicia ha determinado que el bitcoin sí es una divisa, y por ello las transacciones en sus bolsas de intercambio quedan exentas de IVA. En Estados Unidos, la CFTC (Commodity Futures Trading Commission), como regulador del mercado de commodities, ha manifestado que el bitcoin es reconocido oficialmente como una “materia prima”, por lo que supervisa su mercado de opciones y futuros.

De manera que el bitcoin sí es una “materia prima” y una divisa.

Los seguidores del bitcoin han celebrado este reconocimiento oficial como un triunfo, pero lo cierto es que el hecho de que autoridades estatales “abracen” las criptodivisas es un pésimo signo.

Sus apologistas también subrayan entre las ventajas del bitcoin que su número está determinado y que, por tanto, a diferencia del dinero fíat, no puede crearse de la noche a la mañana por un banco central, ni de forma ilimitada, de la nada. Pero el valor no depende sólo de que algo sea escaso, o de su oferta, sino también, y sobre todo, de que haya demanda.

¿Cómo podría esta “materia prima virtual” convertirse en la commodity más demandada del mundo, por encima del oro o la plata, cuando ni siquiera tiene una existencia material? En condiciones de libre mercado eso parece imposible, pues, de hecho, significaría que la gente apreciaría más un bitcoin, que “no existe”, que al oro, cuyo brillo puede ver con sus propios ojos y apreciar en sus manos. No por nada la humanidad lo ha acumulado por milenios, mucho antes, incluso, de que se convirtiera en dinero.

Bitcoin es, pues, un derivado más del dinero fíat, del sistema al que dice desafiar. Sí, es una divisa, pero no llegará a ser LA materia prima dinero por encima del rey de los metales. Ésa es una gran diferencia.

El oro es la sustancia más demandada de todas, seguida de la plata. Esto queda demostrado al revisar las ratios de existencias/producción de ambos metales preciosos, muy superiores a los de cualquier otra materia prima. Contra esto nada puede hacer ninguna criptodivisa. Son atesorados por el elevado valor que le otorgan las personas y no van a desaparecer.

Por eso la utilidad marginal del oro, para fines prácticos, es constante. Nunca se tiene suficiente oro porque siempre hay quien quiere tener más del que posee. El oro ES dinero. Una moneda de oro, dicen, no le cae mal a nadie, y es cierto.

De ahí proviene la fuerza de su carácter de monetario, que el bitcoin tendría que desplazar en condiciones de competencia. No sucederá.

¿Eso significa que el bitcoin debe ser desechado? De ninguna manera. El bitcoin no tiene por qué ser visto como un enemigo del dinero real o los mercados libres. Al contrario.

Nuestra demanda de mercados libres y de un dinero REPRIVATIZADO –con una banca privada libre SIN la existencia de un banco central– pasa por que la gente use y acepte lo que quiera como dinero, es decir, como respaldo de los billetes en circulación.

Algunos estamos convencidos de que –como ya lo hizo antes el actuar de las personas en el comercio– el oro y la plata serían de nuevo elevados al trono monetario –del que los desplazó por la fuerza el poder del Estado–. No sería un proceso nuevo, sino la confirmación de lo que eligió ya antes la sabiduría de millones y millones de seres humanos interactuando en el mercado a lo largo de milenios.

Esto no quiere decir que todos andemos cargando en el monedero un montón de pesadas monedas, en absoluto. La tecnología haría más fácil que nunca el DERECHO a convertir los billetes o el dinero digital en oro y plata físicos, a una tasa determinada.

Ése sería el freno extintor de deudas que haría sostenible el sistema monetario y bancario, a diferencia del actual, condenado a fracasar por su expansión ilimitada y exponencial del crédito. Si un banco es irresponsable, se arriesgaría de inmediato a la quiebra que significaría quedarse sin oro ante los retiros de la gente.

¿Por qué sin banco central? No soslayemos la intención del Estado de obligarnos a usar su corrupta forma de dinero irredimible y la de usar a la autoridad monetaria para salvar a sus amigos banqueros en desgracia. Eso debe terminar.

Un sistema de dinero sólido y banca privados sin banco central significaría el fin del saqueo estatal de nuestros bolsillos por la vía monetaria. Ése es el camino a seguir.

La gente escogería, en abierta competencia, si prefiere el oro, el bitcoin u otra cosa como dinero, o sea, como respaldo de los billetes emitidos por la banca privada.

¿Pueden coexistir las criptodivisas en un sistema monetario libre? Sin duda, pero será el público el que elija por discriminación la mejor forma de dinero. En este espacio reiteramos: no tenemos duda alguna de que el trono del oro permanecería intacto.

En este sentido, hay señales claras de que la creación de criptodivisas no es mal vista por los bancos centrales, y quieren las suyas. Mal síntoma. Ésa es también una enorme diferencia respecto al oro, pues, como sabe, éste es reconocido como el enemigo público número uno del sistema de dinero fiduciario, cuya cabeza es el dólar. Hay que seguir la ruta a la que más se oponen los banqueros centrales, porque lo que no es bueno para ellos, es bueno para los ciudadanos.

En la tercera y última entrega de esta serie sobre el dinero abordaremos la manera en que los bancos centrales piensan adueñarse también del mercado de criptodivisas. No quieren dejarnos en libertad, sino encontrar nuevas maneras de imponer controles a nuestra vida privada, y de seguirse beneficiando del monopólico sistema monetario. Lo espero el viernes.

 

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