Hagamos un ejercicio: Cerremos los ojos por un momento e imaginemos cómo sería un día sin las mujeres de nuestro país.

¿Qué sería de México sin nuestro amor, sin nuestra sensibilidad, sin nuestro esfuerzo y, principalmente, sin nuestra lucha? Porque ser mexicana es una lucha de todo el día, todos los días.

Apenas en 1953 conquistamos nuestro derecho al voto, lo ejercimos por primera ocasión en 1955 y, desde entonces, hemos dado una batalla ejemplar por el acceso a la educación, al trabajo e incluso a métodos anticonceptivos que nos permitan decidir sobre el momento de ser madres y compaginar esta etapa con nuestro desarrollo profesional.

Hoy, más de medio siglo después, somos un porcentaje cada vez mayor del mercado laboral. Dejamos la casa para ir a trabajar, para completar el ingreso familiar e incluso para sostener hogares enteros, como lo hacen cuatro de cada diez mujeres.

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Muchas veces terminamos esas jornadas y todavía debemos regresar a la casa para cuidar a los hijos, al marido, a la familia entera, a nuestros enfermos. Ese modelo en el cual el hombre era el proveedor y la mujer la cuidadora ha sido totalmente superado por la realidad.

Afortunadamente, México también tiene muchos hombres valiosos que han entendido esta lucha y uno de ellos es el presidente Enrique Peña Nieto. Gracias a una iniciativa suya, la cual tuvo el respaldo de todos los partidos políticos, hoy tenemos paridad en nuestra Constitución.

Es decir, todas las fuerzas políticas tienen que reservar para mujeres el 50% de sus candidaturas para cargos a de elección popular. La mitad. Porque eso somos precisamente, la mitad de México, la mitad de cielo. Ese es el reconocimiento a nuestra fuerza.

Sin embargo, tenemos que decirlo abiertamente: las mujeres mexicanas todavía tenemos muchas batallas por delante para alcanzar la verdadera igualdad. Necesitamos hacer cambios profundos, culturales y de organización social, para que las mujeres podamos realmente empoderarnos.

El primero de ellos es que, como sociedad, entendamos que las tareas del hogar y del cuidado de los hijos no son exclusivamente para las mujeres.

Necesitamos que más hombres se involucren en estas actividades y que, a partir de ahí, entiendan el valor y lo maravilloso que es compartir y ver a los hijos crecer.

Como Estado también necesitamos establecer cambios importantes. Necesitamos que las escuelas sean de tiempo completo para poder compaginar nuestros horarios de trabajo con los de nuestras hijas e hijos en los centros educativos.

Uno de los grandes proyectos del presidente Enrique Peña Nieto ha sido promover las escuelas de tiempo completo, para que las mujeres nos desarrollemos profesionalmente y estemos tranquilas sabiendo que nuestros hijos están seguros.

Tenemos que luchar para que no solamente las mujeres tengamos licencia por maternidad o por enfermedad de los hijos. También nuestra pareja debe compartir esa responsabilidad, gozando de una licencia de paternidad y de cuidados paternos.

La Constitución dice que, a trabajo igual salario igual. Sin embargo, sabemos que, muchas veces, las mujeres tenemos un ingreso inferior.

La Organización de las Naciones Unidas estima que el ingreso de las mujeres es 30% inferior al de los hombres por trabajos iguales. Por eso tenemos que exigir la igualdad en los ingresos. Esa es la ley; así lo establece la Constitución.

También tenemos que darle su justo valor a ese trabajo que muchas veces no se ve y ni siquiera se paga: el trabajo del hogar.

Y no podemos hablar de una verdadera autonomía de las mujeres si no rompemos el círculo de la violencia.

Las mujeres no podemos ejercer plenamente nuestro derecho a la ciudad porque nos da miedo salir solas de noche. Nos da miedo atravesar por un callejón oscuro. Nos da miedo cuando vemos un grupo de hombres; le damos la vuelta y preferimos caminar más pero no pasar por ahí.

No podemos ejercer nuestro derecho a la ciudad porque somos víctimas del acoso callejero, de la violencia, por el simple hecho de que somos mujeres.

Y los cambios implican también una nueva forma de hacer política. Debemos incluir en la ley la violencia política junto con la emocional, física, psicológica y económica. No podemos permitir que a las mujeres nos juzguen por nuestra vida privada y no por las acciones públicas que emprendemos.

Los cambios tienen que generarse desde dentro. Tienen que ser culturales, desde nosotras mismas y desde la sociedad, para que vayamos generando en las nuevas generaciones una visión distinta.

Todos estos cambios son posibles si estamos unidas y si de una buena vez establecemos un pacto para apoyarnos toda. Y lo necesitamos porque, no se nos olvide, nosotras somos el poder que hace funcionar a esta gran maquinaria llamada México.

 

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