Por Steve Forbes

Decir “Panamá” en estos días no puede disociarse de la palabra “papers”. Es inevitable.

Visité recientemente este pequeño país de Centroamérica y vi de primera mano lo que es en gran parte desconocido: Panamá es una historia de gran éxito económico, que disfruta de una tasa de crecimiento anual promedio que se encuentra entre las más altas en el siglo XXI. Las cosas se han “desacelerado” recientemente: El crecimiento del año pasado fue de poco menos de 6%, pero se espera que supere el 6% este año.

A diferencia de la China de hoy, Panamá tiene un crecimiento auténtico. Su crecimiento está a años luz de la mayoría de los países del mundo.

Y no, contrario a lo que dicen los titulares en periódicos de todo el mundo, Panamá no es un remanso para el lavado de dinero. Todo lo contrario. La ciudad de Panamá se está convirtiendo en el centro financiero de América Latina, con decenas de instituciones financieras globales y latinoamericanas con una importante presencia allí.

Panamá ha hecho progresos considerables en materia de transparencia. La Fuerza de Tarea de Acción Financiera, un organismo internacional especializado en lavado de dinero, retiró al país de su lista gris este año, y en 2012 fue retirado de la lista negra de paraísos fiscales de la OCDE.

Panamá está implementando otras reformas, como la supresión de los certificados de accionistas anónimos, y espera cumplir con las normas de transparencia de la OCDE para el 2018.

Los inversionistas creen que las perspectivas de Panamá son buenas. El gobierno emitió bonos por 1,200 millones de dólares (mdd), y lo colocó con una rapidez notable. La deuda pública es de sólo 40% del PIB; en Estados Unidos es de más del 100%.

En términos económicos, Panamá se ha convertido en la autopista de América. Ha manejado el canal desde que lo asumió en 1999. El número de contenedores que pasan a través de él en 1993 era de 267,000. Hoy pasan más de 6 millones, y con la apertura de un tercer conjunto de esclusas el próximo junio, podrá servir de paso a los megabuques de hoy, y ese número debería aumentar a más de 12 millones.

El buen manejo de esta gigantesca infraestructura ha sido, obviamente, de gran ayuda para el país. El gobierno sabiamente no trató el canal como una alcancía política a corto plazo, tal como lo han hecho la gran mayoría de los países con, digamos, sus empresas petroleras estatales. No. Panamá ha invertido y reinvertido sumas considerables en el canal. El creciente volumen de comercio resultante ha hecho que los ingresos del gobierno también hayan crecido.

Hace casi una década Panamá promulgó lo que se llama la Ley 41, que ofrecía incentivos considerables a cualquier empresa importante que instalara su sede regional para América Latina en el país. Más de 100 multinacionales, como Procter & Gamble, lo han hecho. Entre los atractivos de la ley se encuentra que sus empleados no pagan impuestos sobre la renta en Panamá. Al igual que con el canal, la creación de esta sede ha generado la infraestructura de apoyo, incluyendo escuelas.

El aeropuerto de Panamá, uno en expansión, también se ha convertido en un centro regional importante; el 68% de los pasajeros que aterriza allí pasa a través de otros destinos.

Con la excepción de Nueva York y Chicago, la ciudad de Panamá tiene más rascacielos en estos días que cualquier otra ciudad en el hemisferio occidental, y 16 de los 25 edificios más altos de América Latina se encuentran ahí. Esto es sorprendente si tenemos en cuenta las megametrópolis, como Sao Paulo, Ciudad de México y Buenos Aires.

Panamá ha estado atenta a la construcción de la infraestructura necesaria para soportar toda esta expansión. Hoy construye un monorriel y un nuevo centro de convenciones para manejar los grandes flujos de “turismo de negocios” y poder albergar conferencias y exposiciones.

Otra fuente de crecimiento con un enorme potencial es el turismo médico. Johns Hopkins, por ejemplo, tiene un gran hospital ahí. Con el declive del acceso al cuidado de la salud en los sistemas virtualmente quebrados de muchos países occidentales, especialmente en Europa, la demanda de lo que Panamá ofrece –una excelente atención a un costo accesible– es casi ilimitada.

Forbes publicó un artículo importante acerca de una nueva “ciudad” extraordinaria, Panamá Pacífico, que se está levantando en las 1,800 hectáreas que solían ser una base de la Fuerza Aérea de EE.UU. Miles de millones de dólares en edificios se han construido para numerosas empresas y miles de residentes. En 2007 un consorcio formado por un multimillonario colombiano y una empresa de desarrollo inmobiliario con sede en Londres ganó el derecho a desarrollar el sitio a través de una compañía formada por poderosas familias locales. Los desarrolladores ganadores están haciendo mucho dinero, pero al gobierno no le importa porque reconoce que el éxito de los desarrolladores es de gran ayuda para la economía panameña.

Los ejecutivos de negocios me dijeron que una de las principales ventajas de Panamá es su moneda, el dólar estadounidense, el que el país ha usado desde que se separó de Colombia y el canal fue construido, hace más de un siglo.

Las monedas locales crónicamente inestable han sido la pesadilla de América Latina. La reciente devaluación de 35% del peso colombiano ha enviado señales de estremecimiento desde el país vecino hasta Panamá, recordando a su empresarios las ventajas del dólar. A pesar de todos los males de la moneda estadounidense, es una roca en comparación con los dineros del resto de la región.

Panamá está abierto a recibir a los extranjeros que se mudan allí, siempre y cuando estén dispuestos a trabajar. La ciudad de Panamá se ha vuelto cada vez más cosmopolita, con numerosas nacionalidades conviviendo en armonía.

La inversión extranjera directa es también bienvenida. Aunque la obtención de permisos a veces puede requerir de paciencia –los ambientalistas panameños son un grupo relevante– los empresarios creen que el proceso vale la pena el esfuerzo y que gran parte del capital estadounidense es visto como un amigo, no como algo que debe ser temido.

El sistema fiscal también es benigno. El IVA general es de sólo 7%, y no hay impuesto a la herencia. No obstante, el gobierno debe ir más allá y poner en práctica un sistema de impuesto único similar al de Hong Kong. También debe frenar el crecimiento del gasto público que ha tenido lugar en los últimos cuatro años.

Panamá también puede hacer más para promoverse a sí mismo como un destino turístico.

Este país centroamericano quiere convertirse en la próxima Singapur, pero se necesitan reformas para hacer de ese deseo una realidad. El sistema escolar necesita mejoras, y se debe hacer más para entrenar a la gente para trabajos más sofisticados.

La corrupción también puede ser un desafío. El gobierno anterior era conocido por tener dedos pegajosos. A favor de Panamá, muchos de esos ex funcionarios han sido procesados con éxito. Los panameños creen que a medida que la clase media se expande, la tolerancia a la corrupción continuará reduciéndose. La democracia se ha consolidado con firmeza durante casi un cuarto de siglo, desde que el dictador Manuel Noriega –militar, narcotraficante e informante de la CIA– fue derrocado por una intervención militar dirigida por EE.UU.

Afortunadamente, Panamá siguió el ejemplo de su vecino Costa Rica y en la década de 1990 disolvió su ejército.

Algunas cosas están fuera del control de esta pequeña nación, tales como la desaceleración económica mundial y su efecto sobre el comercio; el creciente caos de la política monetaria mundial y las fuerzas de proteccionismo creciente en EE.UU. y otros países. Pero Panamá tiene que hacer un trabajo mucho mejor en correr la voz de su extraordinario éxito para que el mundo conozca su caso, uno muy inusual en estos días, por cierto.

 

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