¿Quieres iniciar el año con el pie derecho? Recuerda que la excelencia no es un acto, sino un hábito. En efecto, los hábitos sí hacen al monje, al ejecutivo, al empresario, al emprendedor y a cualquiera que busque alcanzar sus metas.

 

Sí, con nostalgia escuchamos los últimos cascabeles del trineo de Santa y el regusto del último pedacito de rosca se niega a abandonar el paladar. Las esferas ya están en la caja y el arbolito ya no ocupa el lugar central. Ya desenvolvimos todos los regalos y desempacamos las maletas. La evidencia nos dice que las vacaciones llegaron a su fin. Los estragos del Guadalupe-Reyes y la evidencia de los días de asueto dejaron una huella que seguramente nos acompañará a lo largo de los primeros meses del año. La lista de propósitos, los abrazos y los buenos deseos se desvanecen, para dejar espacio al momento de la verdad: es tiempo de ponernos en acción.

Nos sentamos frente al escritorio, que ya está arreglado. Los archivos electrónicos están ordenados, los números que se prepararon ya están listos. ¿Y ahora? La brecha que existe entre el ser y el deber ser es muy ancha, ya lo sabemos; es más grande la que se forja entre los anhelos y la realidad si llenamos ese espacio de angustia y preocupación.

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Me gusta pensar que nuestro cerebro es como un jinete a lomo de un elefante. El jinete es nuestra parte racional, optimista, serena y comprometida, que dice: “me parece prudente comenzar una dieta” o “mejor me guardo estas cuatro cositas que quiero decirle al que tengo delante” o “ya es tiempo de empezar a mover los hilos de acción”. Sin embargo, este jinete está sobre un paquidermo gigante que se entrega alegremente a la causa de la bandeja de postres o al momento decirle las cuatro cosillas y alguna más al que tienes enfrente o el que nos dice por qué no debemos de echar adelante las cosas.

El jinete planifica, mira a largo plazo, mientras que el elefante se mueve por el empeño del aquí y el ahora. El jinete es ligero y animoso; el elefante es pesado y voluntarioso. Si los dos entran en conflicto, es fácil adivinar quién va a triunfar. Al comparar fuerzas, el elefante es más fuerte; no obstante, es dócil: con un poco de fuerza logramos hacerlo ir a la dirección deseada. Necesitamos ser conscientes de ello para no frustrarnos en exceso y, sobre todo, para actuar. Así que una opción para empezar con el pie derecho es aprender a manejar el conflicto entre la parte racional y la parte emocional.

Al poner a pelear al jinete con el elefante sólo conseguiremos estancarnos. Por el contrario, si amaestramos al elefante podemos empezar a avanzar.

El momento de la verdad, es decir, el instante en que debemos poner en práctica los planes, puede ser aterrador. El peor remedio es la parálisis, y los mejores pretextos se consiguen ante los pronósticos de tanto sabio que anda por ahí profetizando males endémicos.

Sé que a la luz de las cifras económicas y de las evidencias en política, seguridad, crecimiento y creación de empleo es difícil no sentir miedo. Nos petrificamos ante las dimensiones de los problemas generales. ¿Quién puede con estos niveles de corrupción, con tanta violencia, con la discriminación, con el ébola y la chicunguña? En una maraña inmensa es complicado encontrarle la punta a la hebra.

Escuchamos en las conversaciones lo mal que van las cosas y lo peor que se van a poner. Sin embargo, los restaurantes están llenos, los aeropuertos a reventar y en los cines hay que hacer cola. Hay mucha gente muriéndose de risa y disfrutando la vida. Hay gente que avanza y les va muy bien.

Es verdad, hay pobreza extrema, alimentaria. La canasta básica subió de precio y la cotización del barril de petróleo va a la baja. Las reformas no han provocado para México el atractivo esperado, en Estados Unidos las cifras de crecimiento mejoran tímidamente y Europa lucha por sobreponerse. La migración avanza y los migrantes la pasan mal. Sí, es cierto. También es cierto que no puedo afinar el concierto mundial; no está en mi mano componer las cifras macroeconómicas. No tengo a Rocinante para ir a perseguir molinos de viento. Es más, si los miro bien, causan terror y me dejan temblando. Pero si en vez de mirar el gran bosque me dedico a ver mi pedazo de tierra, la cosa cambia. En mi terreno, donde las cosas me son conocidas y mi gente querida, es más sencillo moverme con confianza.

Tomar el manubrio y emprender un gran camino es posible si miramos cortito. No se trata de ser corto de miras; se trata de medir distancias y lograr avances. Ni Roma se construyó en un día, ni Agustín logró meter el mar en un hoyito. Si veo la inmensidad del océano, me pierdo en sus dimensiones, me desvanezco en la contemplación. Pero si logro poner un poco de agua dulce en el hueco de las manos, es posible saciar la sed.

La brecha entre el deber ser y lo que es empieza cuando las expectativas sobrepasan nuestras posibilidades. ¿Para qué quiero luchar con un elefante? Mejor, en corto, comienzo la batalla conmigo misma aniquilando mis propios monstruos. Es preferible empezar a domesticar mi propio paquidermo, medir mis fuerzas en particular y avanzar. Eso suena como un buen punto de referencia para iniciar el camino. Además, mirar cortito afina la puntería.

Para entrenar a nuestro elefante, el primer paso consiste en distinguir todo aquello que nos absorbe el tiempo y que nos distancia de nuestros objetivos. Si logramos identificarlo, vamos tomando una dirección adecuada. No es difícil, si cuando nos despertamos por las mañanas tenemos la manía de sumergimos desde el minuto uno en el universo de e-mails, redes sociales, el recuerdo de nuestros problemas, si nos entretenemos en comidas interminables, conversaciones muy agradables pero poco productivas, si nos enfrascamos en el chisme, en juntas eternas, en discusiones insulsas, el elefante está contento, pero nuestros objetivos se quedan completamente relegados. Hacemos que el elefante crezca y el jinete empequeñezca. Por ello, antes de adentrarnos en ese mundo, divertido pero pueril, dediquemos un tiempo a avanzar. Por ejemplo, antes de entrar a las redes sociales, primero invirtamos un tiempo en aquello que realmente nos ayude a conseguir nuestros objetivos.

La planeación ya está; ahora se necesita crear el hábito para lograr lo presupuestado. Una de las claves es la repetición. Cuando el jinete planea, es posible que el elefante le gane la delantera y se entregue al placer del corto plazo. La repetición es una manera de amaestrarlo. Por supuesto, se requiere de disciplina. Todos sabemos que nos conviene practicar 10 minutos al día ese nuevo idioma que estamos aprendiendo, pero al principio puede ser tremendamente aburrido. Entendemos que para lograr el ascenso anhelado debemos acreditar esa lengua extranjera, pero nos da flojera. ¡Cuidado! Cualquier hábito tiene dos ciclos: la construcción, en la que se edifican los cimientos y se eleva la estructura, y el mantenimiento, lo que permite que no se deteriore. En la fase de construcción debemos ser muy exigentes. No se puede fallar ni un solo día porque de lo contrario se puede perder. Si un día se falla porque ganó la pereza, hay que encender las alertas: el elefante tomará el control y encontrarás mil y un argumentos para abandonar el objetivo. A todos nos pasa, por lo que esta fase, aunque sea tediosa, es crucial. La fase de mantenimiento dura toda la vida, pero aquí se puede ser un poco más flexible. Si un día fallas, seguramente al siguiente podrás desear volver a hacerlo.

En definitiva, los hábitos sí hacen al monje, al ejecutivo, al empresario, al emprendedor y a cualquiera de nosotros que quiera conseguir sus metas. Lo que hacemos es lo que nos define. Para empezar este año con el pie derecho, está bien recordar que la excelencia no es un acto, sino un hábito. Montemos alegremente nuestro paquidermo y entrenémoslo a ir en la dirección que queremos en vez de dejarnos llevar por él.

 

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