La peste negra, era considerada la enfermedad más terrible, el origen de la epidemia más mortífera, debido a que en pocos años desató el caos, la muerte y la destrucción en toda Europa. Para 1348, se había superado el impacto que hasta entonces tenían la gripe, el sarampión, la lepra y la disentería. 

Desde mediados del siglo XIV y hasta su último brote a principios del siglo XVIII, la peste tuvo un impacto devastador en el orden económico, social y político europeo. Prácticamente, la Edad Media se vio marcada por el avance masivo de una enfermedad que llevó a los confinamientos más prolongados, pero efectivos de la historia. Sin embargo, la peste negra marcó un antes y un después en el sistema productivo europeo.

Las grandes transformaciones que han dado paso a la conformación de una nueva sociedad en el siglo XXI van desde el desarrollo de nuevos bloques de poder, hasta el temor a la expansión de una pandemia que hoy luce interminable. La sociedad actual vive hoy el mismo temor de la sociedades expuestas a la peste, con la única diferencia de que lo hacemos con un dispositivo electrónico en la mano. Hoy, el confinamiento lo vivimos a la luz del internet y las redes sociales. Es innegable que sin la existencia de de los avances tecnológicos, el desarrollo económico y social en general; la emergencia sanitaria no sería la oportunidad de participación social que representa hoy en día.

Y es justamente la emergencia sanitaria la que ha generado el avance a pasos agigantados hacia una fase de digitalización en aras de la generación de condiciones de bienestar y desarrollo social que ha llegado incluso, al mundo del trabajo y la educación. Hoy, más que nunca se han roto paradigmas laborales y educativos y se abre paso al surgimiento de otros nuevos que respondan a los nuevos contextos y realidades derivados de la pandemia por el COVID19.

Durante la segunda mitad del siglo XX resurgió con fuerza el concepto de empresa, libre mercado y la capacidad de la iniciativa privada para la innovación y el desarrollo, para detonar un auge económico, comercial y tecnológico que logró contrarrestar la recesión de la posguerra. Hoy, en pleno siglo XXI, sin la empresa es imposible comprender y explicar el desarrollo logrado, la vida real contemporánea en sus aspectos comerciales, sociales, económicos, tecnológicos e incluso la identidad social actual. 

En este sentido, la nueva configuración social post pandemia requiere de empresas dinámicas y con gran capacidad de cambio. La empresa flexible ha pasado de ser aspiración e ideal a una necesidad imperativa de subsistencia.

La flexibilidad permitirá a la empresa responder a los vaivenes derivados de la emergencia sanitaria, pero en México esa misma flexibilidad de la empresa como organización ha traído en el confinamiento una inevitable inseguridad e incertidumbre al mismo mercado, al trabajo y al trabajador. 

En los tiempos del COVID19, el bajo establecimiento de acuerdos y consensos entre el gobierno y las cúpulas empresariales, llevan a la misma empresa flexible a producir ella misma las condiciones de seguridad laboral y prevención de riesgos psicosociales en el trabajo, echando mano de sus recursos disponibles. 

Sin una cultura sólida de prevención y planeación, la empresa como tal puede convertirse en factor de riesgo para el mercado, para la economía, y lo que es más importante, para el mismo trabajador. Si no se desarrollan los entornos organizacionales favorables para la prevención de los factores de riesgo intrínsecos y extrínsecos a la empresa y al trabajador mismo, el tránsito hacia los nuevos contextos laborales representarán una adversidad y no una oportunidad.

Así llegan las empresas mexicanas a la fase de preparación del retorno laboral seguro, con un cambio de paradigma en la cultura laboral mexicana, nuevos retos y nuevas oportunidades. Grandes desafíos que les conlleva la preparación de nuevos espacios de convivencia social y laboral, con la práctica del teletrabajo como una estrategia parar desarrollar ideas y creatividad, no solo para reportar actividades.

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