“Las cosas que importan más nunca deben estar a merced de las cosas que importan menos”:  Goethe

La economía mexicana se encuentra en estos momentos ante una gran paradoja. Por un lado, el nivel de confianza del consumidor muestra cifras récord similares a las que se obtuvieron en 2001 derivado de la confianza generada con el “gobierno del cambio” de la administración Fox y el nuevo régimen político de alternancia. El consumidor piensa que vienen tiempos mejores. Por su parte, a nivel empresarial, tenemos una marcada caída en la confianza muy probablemente asociada a una sensación de que la nueva administración no es tan proempresa como las anteriores. Al mismo tiempo, las cifras recientes sobre el desempeño de la economía muestran una desaceleración importante en el ritmo de crecimiento del empleo y una contracción real en el consumo de acuerdo con las cifras de la ANTAD y sus miembros.

Entonces, ¿la pregunta aquí es cómo conciliar estas cifras divergentes? ¿Cómo conciliar hechos que parecen en sí mismos contradictorios? El consumidor piensa que vienen tiempos mejores, aunque está comprando a menor ritmo que antes. Muy probablemente tiene esperanzas que las acciones iniciales de gobierno llenas de asertividad como el combate al “huachicol” son el preludio de más y mejores oportunidades en todos los sentidos. El consumidor está valorando la intención del nuevo gobierno y sus acciones, y espera que se traduzcan en resultados tangibles en un futuro cercano. Está siendo generoso con la actual administración y está dispuesto a esperar a que se den los resultados. Y mientras esto sucede está siendo también un tanto cuanto cauto en sus decisiones de consumo. El empresariado y los mercados financieros consideran que acciones como la cancelación del NAIM, la cancelación de la Reforma Energética (Reformas Petrolera y Eléctrica), el desabasto de combustibles, las huelgas en la frontera y los bloqueos al flujo de mercancías vía FF.CC en estados como Michoacán, necesariamente están impactando el dinamismo y la marcha de la economía.

Particularmente, la cancelación de la Reforma Energética implica que regresaremos a una época en la que Pemex y CFE se apoyarán menos en alianzas y coinversiones con empresas privadas -y mucho más en las finanzas del Gobierno Federal- por lo que requerirán más recursos fiscales de los contribuyentes para financiar su operación y crecimiento. Igualmente, las inversiones en actividades como refinación, Tren Maya, así como los programas de becas a adultos mayores y jóvenes, son compromisos que demandan en general mayores recursos financieros y los mercados financieros lo saben. La baja en la calificación de Fitch Ratings a Pemex muestra también -viéndolo desde otro ángulo- preocupación por el cambio de estrategia y la capacidad de pago de la paraestatal, así como potencialmente en una rebaja en la calificación al país por la capacidad de pago del gobierno de México toda vez que es una empresa propiedad del Estado mexicano.

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Pero esto no es todo, un menor dinamismo de la economía mexicana implica una menor recaudación fiscal. Las opciones para compensar los menores recursos fiscales ya sea vía la contratación de deuda -para lo cual es clave mantener el grado de inversión- o mediante un manejo laxo de la política monetaria que no es factible porque Banxico es una institución autónoma con el mandato constitucional de proteger el poder adquisitivo de la moneda nacional.

De esta forma, si la economía no mejora su dinamismo, la única opción para financiar los nuevas inversiones y programas será vía una mayor recaudación fiscal que sólo se puede alcanzar con nuevos impuestos, mayores tasas o mayores actividades de fiscalización. Si y sólo si la economía crece por encima del ritmo de los últimos años y existen mejoras en las condiciones de vida, en términos de empleo e ingreso, se habrán cumplido las expectativas manifestadas en la confianza del consumidor. Y mayores impuestos definitivamente no van a ayudar a esto. Siempre es mejor diseñar las acciones teniendo en mente el resultado que se quiere, que actuar sin un resultado en mente.

Así que en gran medida la capacidad de la actual administración de convertir en realidad las expectativas del consumidor -expresión más amplia de la ciudadanía- necesariamente tendrá que pasar por una reflexión muy profunda sobre las prioridades de su gobierno. El ritmo vertiginoso de anuncios y acciones desde julio ha sido la norma, pero también tendrá que matizarse a la luz de lo que son las verdaderas prioridades del gobierno actual. Priorizar implica tener que dejar ir algunas cosas y la economía es, ni más ni menos, la ciencia que busca satisfacer necesidades múltiples con recursos limitados. Y cuando uno no prioriza, lo priorizan a uno. ¿Será la prioridad la marcha de la economía?

 

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