El fuego nació como una respuesta a nuestros miedos. La oscuridad de la noche era un espacio donde lo desconocido convivía. Nosotros, incapaces de conquistarlo, retrocedemos. Temer era/es una reacción natural de supervivencia.

En el cuento Anochecer, Isaac Asimov pinta un mundo donde nunca anochece gracias a la presencia de varios soles en el firmamento. Sin embargo, según lo predice un grupo de científicos, es inevitable que las órbitas de todos los soles converjan en un punto de total oscuridad, provocando que el planeta entero enloquezca y cualquier rastro de civilización desaparezca. Lo único que queda al final son las cenizas de un pasado glorioso, reducido a la nada por un arrebato de locura e ignorancia.

Una situación similar se presenta en La bruja (The VVitch: A New-England Folktale, 2015), el debut cinematográfico de Robert Eggers, quien fue premiado como Mejor Director en el Festival de Cine de Sundance. Para Eggers esos miedos prehistóricos en realidad nunca nos abandonan, sólo se reprimen a la espera de salir disparados por alguna situación límite.

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En la primera toma de La bruja, vemos a una familia de pie ante un jurado. Por los diálogos de los hombres se deduce pronto que se trata de una reunión con tintes religiosos. La familia es acusada de no profesar la fe como se debe, ante la situación el patriarca del clan decide abandonar la plantación e instalarse a la orilla del bosque, lejos de la civilización (mis limitados conocimientos en cuestiones equinas me impiden saber a cuánto equivale un día de camino a caballo). Meses después, Thomasin (dulce Anya Taylor-Joy), la hija mayor, se encuentra cuidando al bebé de la casa. El niño desaparece y los problemas comienzan. ¿Quién se lo llevó? ¿Será la bruja que usan como tema para asustar a los pequeños o fue Thomasin? ¿Es Thomasin la hechicera?

Estamos ante un drama familiar con toques naturalistas (Eggers y su equipo se esforzaron por recrear el vestido y habla de los pioneros de Nueva Inglaterra en 1630, incluso los que salían a cortar leña sólo con una toalla puesta), donde la paranoia y el aislamiento juegan un papel primordial. En sus mejores secuencias, el joven realizador empuja al espectador a preguntarse si lo visto/experimentado por los personajes se trata de una ilusión (alimentada por la ignorancia) o es parte de la realidad.

La cinta se emparenta así, al menos en temas, con el clásico del cine francés El cuervo (Le corbeau, 1943), de Henri-Georges Clouzot, donde una mentira desata acciones funestas en un pueblo anónimo. Y en sus atmósferas también tiene vínculos con ejercicios igual de opresivos, aun en espacios abiertos, como Anticristo (Antichrist, 2009), de Lars Von Trier, o El extraño del lago (L’Inconnu du lac, 2013), de Alain Guiraudie.

La película pone sobre la mesa lo venenoso que podría resultar el fundamentalismo. El padre decide dejar Inglaterra porque no puede ejercer su religión y al llegar al Nuevo Mundo se aísla por las mismas razones, condenando a su familia a una vida sin socialización. Como líder, ha empujado a su familia a creer en un poder superior, sin embargo cuando la cosecha se pudre y el bebé desaparece, las respuestas también se desvanecen. “Sólo Dios sabe quién va al cielo”, balbucea con inseguridad el patriarca.

Dios, como las brujas, es sólo una reacción a esa oscuridad. Vemos la espesa oscuridad que yace afuera de la cueva y buscamos cómo explicarla. A veces es el abandono de un ser superior, otras el acoso de una figura desconocida. La paranoia es una reacción inevitable al no hallar razones. La destrucción deja de lucir descabellada, para convertirse en un paso lógico.

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