Parecería una verdad de perogrullo que en política no hay peor mal que el de pelearse con la realidad, pero eso es precisamente lo que ha estado haciendo el gobierno recientemente.

 

Al gobierno le puede gustar lo que el relator de las Naciones Unidas ha concluido sobre la tortura o no, pero no puede simplemente rechazar su investigación. Incluso si el análisis fuera equívoco, la peor estrategia es la del rechazo tajante. Maquiavelo escribió que “hay tres tipos de inteligencia: una que entiende las cosas por sí misma; otra que aprende de lo que otros entienden, y la tercera que ni entiende por sí misma ni de otros. La primera es excelente, la segunda buena y la tercera como si no existiera”. En esta materia, el gobierno parece comportarse como en la tercera definición de Maquiavelo.

En los años ochenta, el país optó por integrarse económicamente al mundo, pero en su primera iteración pretendió que podía ser parte de los circuitos internacionales de comercio, atraer inversión y tecnología del exterior, pero mantener las formas primitivas de hacer política en el ámbito interno. La contradicción era flagrante y condujo a interminables disputas. En ocasión de su visita de Estado a Washington, por ejemplo, el presidente De la Madrid desayunó con la noticia de un artículo de Jack Anderson denunciando diversos casos de corrupción en su gobierno. La columna no podía haber sido peor en contenido o timing para infligir un severo daño a la visita que estaba por comenzar. El gobierno negó la información con toda vehemencia, pero no logró neutralizar a los críticos. Lo mismo ocurrió con el asesinato de Enrique Camarena. Cada caso hundía más al gobierno. Más allá de la indignación que le causaran a nuestros políticos ese tipo de denuncias, sobre todo por la superioridad moral que entrañan, para nadie es secreto que en el país pervive una infinidad de casos de corrupción, tortura, abuso policiaco, incompetencia del Poder Judicial y falta de respeto a los derechos ciudadanos. Igual de evidente es que no hay soluciones fáciles a estos males, así hubiera la mejor voluntad y estrategia. Lo que es absurdo es pretender que tales males no existen, que son ajenos a nuestra realidad.

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Para cuando Carlos Salinas tomó la Presidencia, la lección había sido aprendida. La gran diferencia entre las dos administraciones no fue la estrategia general, sino el reconocimiento de que era imposible mantener la ficción de que el mundo externo es distinto del interno, que puede mantenerse un doble discurso o que puede taparse el sol con un dedo. En lugar de negar tajantemente las denuncias que provenían del exterior, Salinas optó por asumirlas y al menos pretender resolverlas. Fue así como surgió, por ejemplo, la Comisión Nacional de Derechos Humanos. En lugar de confrontar, sumaba a los críticos, aunque a final de cuentas la solución no fuese más que cosmética. Visto en retrospectiva, el verdadero cambio fue menos de esencia —no se inició una modernización política orientada a crear un país desarrollado— que de forma, pero la forma fue crucial porque al menos existió una mínima congruencia entre el discurso interno y el del exterior.

Treinta años después parece que hemos retornado a los ochenta. No sé si se practica la tortura en el país, ni me es obvio que 14 casos sean suficientes para hacer un juicio sumario al respecto; dicho eso, me parecería infinitamente más sensato, en este ejemplo, solicitarle a las Naciones Unidas ayuda para combatir los casos que existan y circunstancias que los producen, que negar la realidad y pelearse con la comunidad de naciones. Todavía peor, ningún país miembro de la Corte Penal Internacional (ICC), y otras similares, puede reaccionar de esa forma. No es lógico y, peor, es contraproducente. Un gobierno debe sumar antes que cualquier otra cosa.

El tema más amplio es que no se puede retornar al pasado, ni se puede negar la realidad del mundo en que vivimos, misma que entraña la ubicuidad de la información y la globalización, no sólo de la economía, sino de los valores y criterios. Mientras más tarde el gobierno en aceptar que ése no es el camino hacia el futuro, peor será su propia gestión y el desempeño económico y político del país. No son cosas menores.

 

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