Por Sergio Negrete Cárdenas

El 20 de junio, la empresa canadiense Renaissance Oil Corporation publicitó la extracción de una cantidad pequeña de petróleo: 1,700 barriles de crudo equivalente. La trascendencia de ello fue que tuvo lugar en campos chiapanecos. Pocos días antes, el 7 de junio, Petróleos Mexicanos había cumplido 78 años de su fundación, realizada pocos meses después de la expropiación encabezada por Lázaro Cárdenas. Quizá con un dejo de ironía, la compañía informó que era la segunda productora de petróleo más importante del país.

Igualmente relevante fue que la noticia pasó prácticamente inadvertida. Un extraño (que no enemigo, como dice el himno nacional) utilizó equipo de extracción de hidrocarburos en suelo mexicano. No hubo un estallido de furia popular, manifestaciones, bloqueos o desgarramiento de vestiduras. El fetiche nacionalista más sagrado de la era posrevolucionaria, Pemex, de repente tiene competencia en materia de producción… y no pasó nada. La noticia fue recibida, no con resignación, tristeza o enojo, sino con indiferencia.

Lo mismo ocurrió cuando se anunció que pronto llegarían gasolineras extranjeras a territorio nacional. Ahí, de hecho, la noticia fue bienvenida, con la expectativa de que aquellos que compren combustible recibirán esa relativa rareza en México: litros de a litro. Esto, aparte de, posiblemente, gasolinas de mejor calidad (traducción: importadas). Semejante reacción es sorprendente si se considera que hace menos de 10 años el gobierno en turno ni siquiera logró que el Congreso aprobara inversión extranjera en refinerías.

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La indiferencia o alegría muestran que la población asimiló el gran engaño perpetrado por el gobierno en torno de Pemex. El petróleo nunca fue “nuestro”, como reiteraba hasta el cansancio la propaganda oficial. Ciertamente puede argumentarse que benefició a ciertos sectores, pero la paradoja es que no fueron los más pobres o marginados, sino los trabajadores de Pemex, sus funcionarios y personas de elevados ingresos.

¿No hizo el gobierno obras en beneficio de todos con las ganancias petroleras? Por supuesto, pero esa ganancia también motivó que muchas administraciones federales y locales no cobraran los impuestos requeridos. Entre aquellos que dejaron de contribuir lo debido hubo muchos individuos y empresas con elevados ingresos.

Con respecto a muchos funcionarios y trabajadores sindicalizados (sobre todo los de alto nivel), la historia es igualmente deprimente. En el caso de los primeros son (hasta el día de hoy) los salarios principescos y las extraordinarias prestaciones; para los segundos, las fabulosas condiciones laborales, incluyendo prestaciones que ni en sueños se hubieran contemplado en una empresa privada. Por supuesto, destacan el impresionante servicio médico y las generosísimas pensiones.

Tampoco hay que olvidar ese peculiarísimo privilegio: la posibilidad de “heredar” la plaza. Esto es, Pemex, no como patrimonio nacional, sino familiar. No es que los trabajadores de la paraestatal fueran flojos. Muchos trabajaron duro y con plena entrega, incluso orgullo. Simplemente recibían mucho más por su trabajo que el equivalente en otra industria. Y, por supuesto, es fundamental considerar las corruptelas de ciertos funcionarios y líderes sindicales. En esos casos, la riqueza petrolera gravitó directo y sin escalas a sus bolsillos. Es de suponerse que hasta sus bisnietos seguirán disfrutando de ese pillaje.

 

El costo, a costa de todos

Por ello el petróleo no era “nuestro” sino de “algunos”. Mientras duró la fiesta, con la producción al alza y los precios elevados, eso importó poco, sobre todo porque los sucesivos gobiernos cubrieron todos los problemas con el mantra nacionalista. En Pemex podía estar ocurriendo incluso un robo en despoblado, pero el sentimiento popular era de orgullo con respecto a la “empresa de todos los mexicanos”.

El engaño ya se transparentó, porque el costo será ahora, ahí sí, a costa de todos. Sí, los sindicalizados de Pemex están viendo que sus condiciones laborales se están limitando (aunque siguen siendo generosas, por ejemplo la nueva edad de retiro seguirá siendo inferior a la del resto de los mortales hasta 2021). Y, sobre todo, el gobierno federal está inyectando capital a la paraestatal. De hecho, Pemex está quebrada desde hace años (debido a la futura carga de las pensiones). El carísimo pato lo pagaremos entre la totalidad de los contribuyentes, pero la mayor parte lo degustaron entre pocos.

Por una coincidencia peculiar, el gobierno abandonó el mantra nacionalista justo cuando la coyuntura internacional dio el tiro de gracia a Pemex. Mientras que afanosamente se aprobaba la ambiciosa reforma energética, en 2013-14, el precio internacional del crudo iniciaba lo que sería un impresionante desplome.

Durante décadas, los nacionalistas a ultranza no se cansaban de decir que las trasnacionales petroleras literalmente salivaban por re-entrar a México para despojarlo de su fabulosa riqueza. Fue otra pieza en el rompecabezas del gran engaño. Se abrieron las puertas en el peor momento, y el resultado distó mucho de ser una rebatinga por los campos mexicanos. Y por eso hoy el nombre del primer competidor de Pemex no es Shell o Exxon Mobil, sino la pequeña Renaissance Oil. Otro cierre paradójico de esa gran estafa que duró casi ocho décadas.


Sergio Negrete Cárdenas es doctor en Economía. Profesor-Investigador del ITESO. Investigador Asociado del CEEY. Ex funcionario del FMI.

 

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