Por Sergio Negrete Cárdenas

Se repite mucho que el presidente Peña Nieto quiere entregar la banda presidencial a otro miembro de su partido. Un sentimiento que sin duda comparten muchos políticos en todo el mundo, pues implica una especie de reelección, un apoyo del electorado a su partido y desempeño.

Pero si el presidente arrojará su peso e influencia en la determinación del candidato del PRI, su baraja luce escuálida. No es que la caballada esté flaca (como se dijo en el sexenio de López Portillo), sino que las caballerizas lucen vacías. Un problema es que Peña Nieto siempre concentró el poder en pocos, muy pocos, secretarios de Estado. Nunca optó por una baraja numerosa. Los eventos de meses recientes han mostrado la debilidad de esa estrategia.

Lo inesperado fue, por supuesto, la abrupta renuncia del candidato puntero: Luis Videgaray. La “materia gris” del régimen, el brazo derecho, el amigo por años y colaborador estrechísimo de Peña. Como lo fue Gustavo Díaz Ordaz (como titular de Gobernación) con López Mateos, era el tapado más destapado. Ciertamente, es difícil imaginarlo ganando la elección presidencial en julio de 2018, pero todo indicaba que el secretario de Hacienda estaba listo para lanzarse al ruedo. Perfectamente se le podía vislumbrar renunciando a esa dependencia (como fue el caso de José López Portillo) para buscar “la grande” en septiembre de 2017. Pero la renuncia se produjo un año antes, descartándolo del juego sucesorio. Que el presidente lo llame de nuevo al gabinete es un escenario de baja probabilidad (aunque cabe en lo posible).

La ironía es que no fue un manejo inadecuado de las finanzas públicas lo que llevó a esa inopinada salida, sino de las relaciones exteriores. Videgaray, ciertamente, no tenía empacho (ni freno presidencial) en incursionar en terrenos de aquellos que formalmente eran sus colegas. Igual anunciaba medidas de política industrial (Secretaría de Economía) que estaba en la jugada sobre las concesiones petroleras (Energía). Entrar en la esfera de la SRE era simplemente algo que hacía de manera rutinaria en otros campos.

Es factible que Videgaray tuviera dos agendas cuando impulsó ante Peña la idea de invitar a Donald Trump a México. La oficial y pública era tranquilizar a los mercados sobre los prospectos económicos de México en caso de ganar el candidato republicano. Siempre resultó peculiar ese razonamiento, porque un Trump candidato lo que buscaría en cualquier lugar (incluyendo Los Pinos) sería reforzar sus prospectos de ganar, como de hecho ocurrió. La idea no era mala, pero se tendría que haber implementado con Trump sólo si éste ganaba y en sus casi tres meses como presidente electo (y con Peña probablemente visitándolo en la Trump Tower de Nueva York).

La segunda agenda de Videgaray (al menos más lógica que la primera) habría sido placearse con el republicano, entablar una relación con vistas a un futuro no tan lejano, con uno despachando en Palacio Nacional y el otro en la Casa Blanca. Lo cierto es que el titular de la SHCP fue quien recibió a Trump en el hangar presidencial, e igualmente su acompañante a Los Pinos. El par de tuits que Trump lanzó en rápida sucesión al día siguiente de la renuncia, ambos halagadores sobre Videgaray, no dejan de ser llamativos en todo el contexto de la visita y sus consecuencias.

image001Pero el fiasco de la breve estancia en Los Pinos fue gigantesco. Quizás ello llevó a Videgaray a sentirse obligado a ofrecer su renuncia –y a Peña Nieto a aceptarla–. Puede ser que el primero nunca se esperó que el presidente lo hiciera, pero lo cierto es que la condena y escarnio popular en torno de la visita fueron brutales. La salida de Videgaray ciertamente entregó, con razón o sin ella, una cabeza en lo que se había convertido en un clamor popular pidiendo sangre.

Pero Peña perdió no sólo a su secretario de Hacienda, sino a quien presumiblemente era su candidato favorito. Ello transformó a Miguel Ángel Osorio Chong (en Gobernación desde el arranque del sexenio) en el delantero para muchos. Sin embargo, el manejo del conflicto magisterial ha dañado, podría decirse que de manera irremediable, las posibilidades del hidalguense.

La ironía es que las repercusiones políticas de la reforma educativa, la primera del sexenio, destruyeron igualmente la viabilidad del que apuntaba como candidato emergente: Aurelio Nuño. Se le puso bajo los intensos reflectores públicos, encabezando la Secretaría de Educación Pública, al parecer como una alternativa viable a Videgaray. Pero Nuño Mayer jugó fuerte, e igualmente perdió fuerte. Cuando la rudeza ministerial se transformó en muertos y heridos (igualmente dañando a Osorio Chong) el papel de “duro” en el gabinete perdió su lustre.

Peña Nieto debió aprovechar la salida de Videgaray para ejecutar una vigorosa renovación en el gabinete, con varios precandidatos (incluyendo alguna mujer) sólidos. Pero al mover a José Antonio Meade de regreso a la SHCP llenó el hueco en Sedesol con un amigo cercano (Luis Miranda), pero sin credenciales para reclamar una candidatura. Peña estrechó el círculo y se encerró en un búnker, en lugar de abrir la baraja.

La ironía final es que, hoy, esa baraja sólo tiene una carta fuerte: el propio Meade Kuribreña. Prendas presidenciales tiene (desde la abundantísima experiencia ministerial hasta el trato personal y público), pero su salida en un año demandaría a un tercer titular de Hacienda cuando lo que se requiere es, desde ya, empezar a blindar la economía para que haya una transición sin crisis en 2018.

Esto –aparte de problemas no menores– es un misterio si Meade es miembro del PRI. Si lo es, tampoco es claro si tendría los 10 años de militancia requerida por los estatutos para ser candidato. Si los tiene, lo indudable es que la suya ha sido una militancia invisible. Ernesto Zedillo es quizás el menos priista de los presidentes emergidos de ese partido, pero al menos había sido miembro desde su juventud.

Y, claro, está el detalle de que Meade ocupó dos secretarías de Estado (Energía y SHCP) durante el último tercio de un sexenio panista. Un impresionante CV, sin duda, pero ofensivo en un aspecto crucial para muchos miembros del PRI: la clara vocación partidista. Ya el nombramiento (imposición desde una perspectiva menos amable) por parte de Peña de Enrique Ochoa como cabeza del tricolor, otro individuo con escasa trayectoria de militancia, causó resquemor. Eso muestra que al presidente no le tiembla la mano con esas cuestiones, pero la de Meade sería una candidatura con graves pecados de origen.

El tiempo prácticamente se agota para Peña: de alguna manera amplía su muy escasa baraja o perderá la partida, sea interna (a manos de un Manlio Fabio Beltrones) o externa –en esa votación presidencial de 2018 que quiere ganar.


Sergio Negrete Cárdenas es Doctor en Economía. Profesor-Investigador del ITESO. Investigador Asociado del CEEY. Ex funcionario del FMI.

 

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