Votar es un acto característico de la democracia. La participación libre de la sociedad para elegir a sus representantes expresa la voluntad, intereses y aspiraciones de las mayorías dando forma a un consenso que sirva como cohesionador de la acción colectiva.

La cultura, la educación, la información, los valores y las emociones son los factores que influyen y determinan el sentido de las opiniones y decisiones políticas.

En palabras más simples, la sociedad vota para que le vaya mejor y busca que los órganos de gobierno se integren por aquellos ciudadanos que ejerzan sus funciones con integridad, capacidad y eficiencia; para ello, toma en cuenta sus carencias, hartazgo, problemas sociales y las opiniones negativas que tenga sobre el gobierno actual.

El pensamiento crítico electoral es una forma de cultura política en la que los ciudadanos deciden, eligen y opinan ponderando elementos complejos, racionales, colectivos y en perspectiva. Es decir, votan por líderes políticos auténticos, colectan y evalúan información diversa, buscan beneficios de impacto social y a largo plazo.

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Para votar con la razón, hace falta un cambio de chip muy profundo que ayude a erradicar vicios, mitos, formatos que se crearon para sustentar regímenes ostentosos, oscuros, mediocres y corruptos. La era de la información abrió expedientes, saco a la luz pública escándalos, puso en evidencia las carencias y complicidades de una clase política podrida que cultivo lo que hoy se vuelve en su contra.

El servicio público se ha devaluado tanto que la gente no lo toma en serio; la mayoría de las autoridades son percibidas negativamente; se les caricaturiza, ridiculiza y hasta el presidente insiste en convertirse en un mal comediante mendigando algo de simpatía. La falta de credibilidad y confianza lleva a los electores a decidir en lo inmediato, ir en contra de lo que signifique continuidad y buscar una alternativa diferente.

El voto racional requiere de saber distinguir entre la demagogia y los compromisos realistas y alcanzables. Pero la gente repudia todo lo que tenga un origen oficialista, ya no quiere escuchar nada de quienes a su juicio la traicionaron, la saquearon y además nunca se mostraron sensibles a sus demandas. Fue mucho el rechazo que se generó cuando se despreció la autoestima y autovaloración del ciudadano.

La sociedad no está para que se le diga que los beneficios de ciertas reformas se verán en algunos años; demanda seguridad, empleo, mejores ingresos, salud y bienestar en el corto plazo, en muchos casos de manera urgente. Habrá que pagar el precio de no saber decirle a la gente que ni el gobierno, ni el presupuesto son entes mágicos y que nada en la vida se gana gratuitamente.

Una parte importante de la gestión de gobierno fue crear programas sociales para alinear beneficiarios dóciles y dependientes, consolidar alianzas sociales basadas en la corrupción y que fomentaron el reclutamiento de operadores locales afines. Todo eso se ha revertido porque esos operadores ahora buscan sobrevivir migrando hacia los posibles ganadores. Estos programas se convirtieron en estafas maestras, socavones y contratos insultantes, esas voluntades compradas están abandonando el barco.

Ser un votante racional implica hacer comparaciones, proyecciones, exigir demostraciones, analizar argumentos, lo que lleva tiempo y un esfuerzo para el que muy pocos tienen la disposición y el tiempo. Los electores de hoy, no quieren complicaciones, son de impulsos, prefieren lo superfluo y lo banal, son lúdicos, se la toman relajada y ya no buscan las mejores calificaciones.

En la actitud racional, una cosa son las simpatías y el éxito personal y otra muy diferente son los resultados en la gestión comunitaria. Ofrecer resultados en políticas públicas debe ser algo muy serio y está muy lejos de hacer chistes, personificar una telenovela o ganar un torneo deportivo, simplemente son cosas diferentes y para lo que se requiere otro tipo de capacidades. Por si fuera poco, mucho se le debe al pueblo cuando el nepotismo, la imposición y la mala selección de candidatos son herramientas de una clase política podrida.

La cultura política racional piensa en comunidad, valora el interés colectivo. Decirle a la gente que vote por lo que le conviene a su colonia, a su estado o a su país es una contradicción cuando se vive enfrentando graves carencias personales todos los días. Todo derecho implica una responsabilidad, votar no solo es acudir a las urnas, sino considerar las consecuencias de tu elección. Eso debieron pensárselo antes cuando compraban votos, cuando no les importaban imponer candidatos y cuando le dieron la espalda a muchos grupos que buscaban mejores resultados y más democracia.

Racionalizar la política es evitar generalizaciones, rechazar las etiquetas y no calificar parejo; existen muchos servidores públicos, candidatos, liderazgos y voces intachables que desafortunadamente están pagando el precio del descredito extendido. La costumbre también se está imponiendo y los cargos públicos se llenarán de arribistas y trapecistas sin escrúpulos.

La presente administración, no tiene elementos para poner la inteligencia, la cultura o las formas racionales de hacer política en la mesa. El pésimo trabajo de comunicación e imagen se concentró en lo superficial, un gasto exorbitante y una deuda social, política y electoral. Todas esas omisiones, errores, excesos y torpezas no pueden ser pasadas por alto ni olvidadas por los ciudadanos. En política tanto lo que haces como lo que dejas de hacer, te pasa la factura.

 

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