Por Adalberto Maldonado*

¿Cuál es el fundamento económico para invertir en salud? Esto se preguntaron el premio Nobel de Economía, Kenneth J. Arrow, y su equipo. Para responder realizaron en 2012 una comparación entre cinco factores —educativos, de recursos naturales, climáticos, capital físico (maquinaria, instalaciones) y salud— que influían en la riqueza de cinco países, en el periodo de 1995 a 2000. Encontraron que la salud aportaba más a la riqueza que los demás sectores, incluso combinados. Establecieron una correlación entre salud y productividad: empresas y países con mejores condiciones de salud también tenían mejores índices de productividad.

Mientras, un análisis del Foro Económico Mundial y de la Universidad de Harvard analizó el impacto económico de las enfermedades crónicas más frecuentes, como cáncer o trastornos cardiovasculares. Estimaron que su carga económica para el periodo 2011-2020 estaría en los 49 billones de dólares.

De acuerdo con la consultora Mercer Mash Beneficios, invertir del 2% al 16% del costo de la nómina en planes de beneficios para los empleados puede ser un buen negocio, porque no sólo reduce costos directos por enfermedades (medicamentos, primas de seguros y gastos médicos) sino que además reduce el ausentismo, presentismo y rotación de personal.

Un país laboralmente enfermo

México no hace eco de estos resultados. Según The Global Competitiveness Report, en 2016 ocupamos el lugar 51 de 138 países en el índice global de competitividad. Y se evidencia una relación causal entre competitividad y mala salud de los colaboradores. Los costos laborales por hora trabajada crecieron de 1.2% en 2011 a 8.8% en 2013. Mientras que el PIB por hora trabajada apenas subió 3.4% en 2013, con respecto a números de 2010. Esto va a la par de índices de salud inquietantes: la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2016 indica que 48.6 millones de adultos y 12 millones de niños tienen sobrepeso u obesidad: un aumento del 72.5%; mientras que 15 % de adultos padecen diabetes, contra el 6.9% promedio de la OCDE (2016), lo que representa, según un estudio de la economista Mariana Barraza-Llorenz y otros, una carga económica de 2.5% del PIB.

No solamente padecimientos físicos implican una carga. Si seguimos la definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud es un “estado de completo bienestar físico, mental y social”. Y en aspectos mentales y sociales tampoco salimos bien parados: en 2014, la OMS declaró a México como el país con mayor estrés laboral. También, somos el último lugar de América Latina en satisfacción laboral, según Gallup, en 2016.

El panorama pide innovar en modelos que cuantifiquen la carga económica de la mala salud en las empresas e implementar estrategias que conviertan la salud en un estímulo para la productividad.

Más sanos, más productivos

Desde la teoría clásica, Adam Smith suponía a la suma del stock de capital de cada hombre como el stock de capital de cada nación; teorías más recientes identifican a la educación y la salud como vehículos para potencializar el desarrollo del capital humano: la primera representa calidad de flujo, la segunda cantidad de flujo.

La salud se relaciona con la esperanza de años de vida de una persona: a más años vividos, más años de vida productiva y mayor riqueza para el sector. Y aunque esta ecuación tiene un costo, también implica un beneficio. Si el beneficio obtenido es mayor que el costo para obtenerlo, entonces la inversión es económicamente factible.

Diferentes instrumentos miden el impacto económico de una mala salud, estrés o insatisfacción laboral. Estos instrumentos reportan puntajes que puede traducirse en flujos de trabajo. Suelen considerar tres elementos:

  1. Los costos directos que provocan utilizar recursos para prevenir, detectar y tratar las enfermedades.
  2. Los costos indirectos relacionados con el tiempo perdido causado por discapacidad permanente o temporal.
  3. Los efectos sobre el bienestar, como depresión o ansiedad provocadas por la pérdida de calidad de vida derivada de la enfermedad.

Si los empresarios y la alta dirección de las organizaciones reconocen los costos derivados de la mala salud de sus colaboradores, podrán notar que superan los que se refleja en las cuentas empresariales, ya que existen costos ocultos o indirectos que esconden el verdadero volumen que representan.

Un análisis epidemiológico de la empresa permitirá calcular la carga económica generada por la mala salud de los colaboradores. Se deberá evaluar si al aplicar programas de prevención, contención o mejoramiento de la salud, el beneficio es mayor al costo de implementación, para calcular su viabilidad, según se genere un retorno de inversión.

Invertir en la prevención y atención de los problemas de salud de la organización equivale a escalar hacia un nuevo grado de productividad, en el que la atención y el control de las enfermedades se transforme en riqueza y oportunidades, con colaboradores sanos, que puedan ser aliados reales de nuestros desafíos.

*Fundador y director general de BMSA Group. Cursa el doctorado en Gestión Estratégica y Políticas del Desarrollo en la Universidad Anáhuac.

 

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Páagina web: bmsa.com.mx

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