Hay que perder el miedo a fracasar, y en lugar de estigmatizar a aquellos que trataron y no llegaron, vale más preguntarles qué aprendieron y qué harían distinto.

 

 

“El fracaso es una gran oportunidad
para empezar otra vez con más
inteligencia”: Henry Ford.

Vengo de pasar cuatro días en Silicon Valley. Y vengo inspirado. Vengo reflexionando que hace a ese lugar el más innovador del mundo. Sin duda, el hecho de que atrae talento de primer nivel; sin duda, el acceso al capital juega un rol.

Pero mucho más importante que eso es el espíritu. La sensación de que el mundo puede ser un mejor lugar. El no tener miedo a fracasar, y el no juzgar a quien fracasa.

Reid Hoffman, el fundador de LinkedIn –que actualmente cotiza en bolsa por más de 25 billones de dólares y tiene más de 200 millones de usuarios– tardó más de 15 años en crear esta empresa y habla abiertamente de múltiples veces en que casi quiebra antes de encontrar el camino al crecimiento con una funcionalidad que permitía importar emails.

Larry Page y Sergey Brin, fundadores de Google, empezaron indexando links de la recientemente creada Internet manualmente y pensando que había una mejor forma de ordenar la web desde el garaje de sus padres. Nadie pensó que estas dos personas iban a poder superar el producto desarrollado por el entonces líder del mercado AltaVista (que la mayoría de ustedes probablemente ni recuerden).

Elon Musk, el flamante fundador de la compañía de autos eléctricos Tesla, vio a su empresa casi quebrar en la crisis automotriz del 2008 y tuvo que poner todo su dinero y pedirle préstamos a amigos para mantener la ahora exitosa empresa a flote.

Sal Khan nació de una familia de clase media-baja en un suburbio de Luisiana y ahora Khan Academy educa a millones de personas en el mundo. No empezó como una fundación millonaria, empezó con Sal haciendo videos para que sus sobrinos entiendan mejor ciertas materias, y una vez que vio que podían ser útiles para más gente, empezó a publicarlos en YouTube. Hoy, Khan Academy es utilizada por más de 10 millones de estudiantes por mes.

La tecnología nos da cientos de posibilidades para empezar empresas con pocos recursos. Podemos compartir nuestros conocimientos en servicios de blog gratuitos como Tumblr, así como en sitios de video como YouTube. Podemos crear sitios web y aplicativos móviles que reduzcan fricción de procesos ineficientes en nuestros países. Podemos colaborar con gente de todo el mundo comunicándonos por la web y aprender cómo están innovando en otros lugares. Podemos instruirnos tomando cursos gratuitos en línea, incluso de universidades como Stanford, MIT y Harvard. Podemos pedir financiamiento para nuestros proyectos al mundo a través de sitios de crowd-funding como Indiegogo y Kickstarter.

Podemos donar tiempo en escuelas y universidades para inspirar a nuevas generaciones. Podemos crear asociaciones de emprendedores para ayudar a aquellos que tienen buenas ideas a comenzar su propio emprendimiento. Podemos compartir “historias de guerra” de otros emprendedores para demostrar que no es fácil llegar y que los objetivos no se alcanzan en línea recta, sino con subidas, bajadas y muchas veces pasamos cerca del abismo.

Podemos no estigmatizar a aquellos que trataron y no llegaron, y en su lugar preguntarles que aprendieron y que harían distinto en el futuro. Podemos dejar de pensar que emprender es sólo para los jóvenes. Existen Mark Zuckerbergs que están cambiando el mundo a los 30 años, pero también Vint Cervs que a los 71 años siguen re-imaginando cómo Internet puede cambiar nuestras vidas.

Sólo necesitamos pasión y ganas de cambiar las cosas. Aprendamos de Silicon Valley y no tengamos miedo de fracasar, y si fracasamos no dejemos de aprender y de volver a intentar.

 

 

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