En 2009, cuando apareció Bitcoin, pocos prestaban atención a las criptomonedas. Una década después vimos cómo esa divisa virtual pasó por momentos de gloria con altos niveles de aceptación, desplomes en su cotización y cómo en algunos casos se acumularon fortunas imposibles de recuperar por los altos niveles de seguridad en las cuentas.

Bitcoin fue la primera de muchas otras criptomonedas que existen actualmente. Blockchain, la billetera virtual más popular a nivel mundial considera que hay alrededor de 1,500 alternativas de criptomonedas diferentes. Las modalidades y funciones de cada una responden a realidades distintas.

El mercado de las divisas virtuales es porcentualmente pequeño, pero significativo. Alrededor del 0.22% de la población mundial tiene más de 1 bitcoin, según datos de bitcoin.com.mx. El comportamiento de las criptomonedas es tan dinámico que se dificulta medirlo, pero es un hecho que se usan desde hace una década como medio global de pago y cobro.

Las criptomonedas representan riesgos, como ya lo ha mostrado su breve historia.  Así como su valor puede elevarse exponencialmente, también es posible una caída estrepitosa como se vio a finales de 2018 con Bitcoin. Aunque está en repunte, otras criptomonedas mantienen el paso. Por ejemplo, Blockchain muestra un porcentaje de crecimiento alto en Stellar, una moneda que tardará mucho en alcanzar el valor de cambio de Bitcoin, desde sus 0.11 dólares se ven lejos los 4,027.53 de bitcoin.

Valdría la pena preguntar si realmente es necesaria una moneda virtual, o miles. Tan sólo en 2018 se usaron 31,914,414 billeteras electrónicas de Blockchain en el mundo, según datos de Statista.com y eso hace pensar que muchos usuarios ya las consideran útiles y valiosas. Si tenemos bancos y otras instituciones que administran dinero parecería un riesgo innecesario invertir en algo tan volátil como las criptomonedas, pero no es un tema tan sencillo.

Los bancos funcionan como intermediarios. Parte de lo innovador de las criptomonedas es que buscan eliminar los intermediarios. Al realizar una compra con tarjeta de crédito el banco decide si aprueba la operación o no, incluso si la cuenta tiene fondos. Por su parte, los dueños de criptomonedas pueden disponer de ellas de forma similar al efectivo, sin rendir cuentas a nadie y con la promesa de ser más seguras y de aceptación universal. De ahí que sean tan importante sus niveles de seguridad.

Sin intermediario se tiene más libertad de acción, así prometen las criptomonedas. Pero como todo dispositivo virtual es vulnerable de ataques informáticos. Al no tener intermediario, seguir la pista del delito es más difícil.

Si alguien hace mal uso de una tarjeta de crédito, el banco está obligado a respaldar. En el mundo virtual, el capital puede sustraerse con una cuenta anónima prácticamente imposible de rastrear. La libertad que ofrecen las criptomonedas también juega en contra de los usuarios que no tienen cuidado suficiente.

Las criptomonedas han mostrado ser funcionales en su primera década de existencia. Se les puede ver como una inversión de alto riesgo, ofrecen grandes beneficios como la oportunidad de crecer el capital rápidamente con un alto grado de riesgo. Como cliente potencial hay dos preguntas importantes antes de entrar en el mundo del dinero cibernético: ¿les daré uso? Y, ¿estoy dispuesto a correr el riesgo?

 

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