Para muchos, el boxeador más grande de todos los tiempos. Para otros, un gran líder que aprovechó ser un gran boxeador para alzar la voz contra lo que sucedía con la comunidad de color en Estados Unidos.

Muchos lo recordarán no sólo por sus grandes peleas, sino por su manejo mediático y sus frases recargadas de irreverencias. Para mí, además de un gran boxeador, era un líder de la autoafirmación psicológica, creador de una poderosa realidad personal, quien a través de su palabra, pensamiento y accionar público conseguía un gran poder. Y es de esto de lo que hablaremos en el presente artículo.

 

Del poder de los medios al poder personal

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Todo comenzó como “sin querer”. No había demasiados lineamientos para los boxeadores y manejadores. La gente “se calentaba” en las ruedas de prensa. Los boxeadores “se decían de cosas”, y sabían que esto afectaba, de buena forma, la venta de boletos.

Desde ese entonces, los manejadores ya fungían más como manipuladores de la situación de negocios y detonadores de emociones en sus boxeadores, para ganar más que sólo como representantes deportivos.

Pero las emociones no sólo generaban notas en periódicos y venta de boletos, sino también efectos en los contrincantes y en el entorno. No sólo se vencía en el ring; como sigue siendo actualmente, se vencía también con el pensamiento y con los medios, lugar donde empezaba la lucha.

Ahí también destacó Ali, pero no era porque sus declaraciones vencieran mentalmente a los demás de forma dramática, sino porque las mismas lo empoderaban a un punto insospechado.

Siempre que se provoca a los medios se da de “que hablar”. Y se construye la realidad en la prensa, y esto es sabido por todos. Pero en lo que poco se piensa es en cómo las declaraciones que hacemos públicas empoderan el pensamiento propio o debilitan el ajeno, porque todos conocemos al Ali que hacía reír a los periodistas y sus frases salían en primera plana, pero prácticamente nadie piensa en el poder creador de sus palabras, a nivel personal y mental.

Para convencer a los demás debemos convencernos a nosotros mismos, decía. Y no era que las personas creyeran, de cierto, que él era tan rudo y tan malo que “asesinaba ladrillos” de forma literal. Aquí lo importante era el “subtexto”, que, sin saberlo, llenaba de dureza sus puños.

Hoy vemos cómo los manejadores y los coaches se volvieron expertos en detonar emociones en quienes coacheaban, tanto para el beneficio del boxeador en el ring como debajo de él.

 

El poder de la palabra detrás de Ali

Piensa en su historia. Cuando se camina toda una vida rodeado de inseguridad, se requiere autoafirmarse, y para esto hay dos formas de hacerlo:

La debilitante: Es resultado de la necesidad de autoafirmación: Como necesito sentirme seguro, me reafirmo todo el tiempo y digo lo grande que soy.

La poderosa: Es resultado de la convicción personal: Reafirmo mi competencia y seguridad personal a partir de mi poder creativo, de lo que creo de mí mismo, al punto de expresarlo a los demás de una forma original y única.

Ali utilizaba la segunda todo el tiempo, porque él, más que nadie, sabía que aceptaba el compromiso personal de ser cada día mejor, de hablar de sí mismo con certeza emocional, y de “hacerse grande” por sus palabras, que sin duda parecían megalomaniacas o cargadas de un poder sobrenatural.

Él, además de reafirmarse constantemente de forma poderosa, utilizaba la oportunidad pública para comprometer su propio trabajo, pues sabía que haciéndolo así ya no podía ‘echarse para atrás’, y esto resultó más poderoso de lo que creía.

Utilizaba sus declaraciones como activaciones de un motor externo-interno, y poco le importaba si eran o no concebidas así. Para el resto de las personas, para los medios o para otros boxeadores, lo único importante era que le dieran el resultado que pensaba. Y sin duda lo empoderaban.

 

Una de sus declaraciones

“Ya sabes lo grande que soy, no tengo que hablarte de mi estrategia. Le voy a hablar a mi entrenador: ¡Bundini, ven aquí, diles qué vamos a hacer! (Y Bundini y Ali, al unísono, como si fueran uno, con un tono particular y gesticulando excesivamente, decían:) ¡Vamos a volar como mariposas y picar como abejas!”

Era simple:

A primera vista, parecía que Ali se burlaba de los medios, de la gente, del contrincante, del sistema que ponía en segundo plano a la comunidad negra, y de todo lo establecido. Pero detrás de algo como esto había mucho más.

Para muchos, Ali tenía mucho de fantoche y de faramalloso, de humorístico y de poeta, pero sus palabras, además de mover a las masas y de sacudir un poco la política de Estados Unidos, lo movían principalmente a él, y ése fue su gran poder. Sus puños se llenaban de palabras, porque además este religioso creía que una frase cargada de emoción es una frase poderosa.

El humor, como toda emoción, le daba fuerza a sus frases. Y no importaba demasiado lo que la prensa decía, si lo tachaban de loco o no. Al final, hacer públicas sus declaraciones le daría más poder a su mente.

 

Otra declaración famosa

“He hecho algo nuevo para esta pelea: me he peleado con un caimán, me he peleado con una ballena, he esposado un rayo y echado truenos en la cárcel. Eso es malo. La semana pasada asesiné a una roca, herí una piedra, hospitalicé un ladrillo. Soy tan malo que hago enfermar a la medicina. Malo. Rápido, tan rápido: anoche estaba en la habitación y apague la luz; fui tan rápido que yo ya estaba en la cama antes que la habitación oscureciera.”

Pareciera que sus palabras eran sencillamente producto de la imaginación de un hombre que además se decía poeta, profeta y resucitador del boxeo, de un megalómano de los puños, casi tan irreverente en sus declaraciones como Salvador Dalí.

Un luchador de las palabras que además creía profundamente en el poder de las mismas. La creación en la voz de un hombre que aparecía en los medios de todo el mundo.

 

Sin vacilación

En una visión más profunda, el hombre se reafirmaba por encima de los demás constantemente, utilizando cualquier estructura lingüística y no lingüística (lenguaje corporal), que incluso parecían ejercicios físicos o vivenciales de un entrenamiento mental superior.

Al ver sus videos podemos notar, en muchos momentos, que en su mirada no había vacilación alguna. Como si estuviera dictando lo que quería sentir y hacer, pero como si eso fuera ya un hecho.

En realidad, cuando esto sucede poco importa si estaba diciendo algo que ante los ojos de muchos podría parecer una tontería o algo irreal, ‘porque eso podría resultar, una nimiedad, para los efectos de lo que digo logran en mí’.

Para él, esto era importante, porque en la medida en la que se convencía de su propia grandeza, y la reafirmaba con actos en su preparación, se persuadía a sí mismo. Y esto resume la importancia de sus declaraciones: así de grande era la expresión de su poder, ‘tan grande como la expresión de su irreverencia’.

Detrás del subtexto siempre existía una condición real: era un boxeador que todos los días quería pegar más fuerte, y lo hacía. Y si eso no era poco, podían ver por televisión cómo noqueaba a sus adversarios.

 

Antes de pelear contra Sonny Liston

—¿Qué porcentaje de los que vienen a ver la pelea te vendrá a ver a ti y qué porcentaje vendrá a ver a Sonny Liston? —le pregunta un comentarista.

—El 100% viene a verme a mí, pero el 99% viene a ver cómo soy derrotado, porque piensan que hablo mucho, pero tengo a éstos (mostrando los puños) —responde Ali.

—¿Y representan tu pensamiento?

—Éstos son dinamita. ¡Pum! —exclama Ali y hace ruido, mientras se ve que de alguna forma lo siente en su interior.

No sólo dijo cosas durante cientos de entrevistas. Detrás había acciones que persuadían su propia mente y emociones que la sostenían, y, por consiguiente, le generaban poder.

Por eso sé que se ha perdido no sólo a un boxeador sino a uno de los personajes más famosos que hacían pública su fuerza mental y creativa.

 

Reflexión

Cuando las personas han creado una realidad que les parecía imposible, rompen los esquemas. Y ésta es una constante en distintos personajes. La megalomanía puede venir acompañando esto al ser figuras públicas y reafirmarse de forma creativa, pero el punto medular de esto no es si se volvían o no locos creyéndolo, actuándolo o sintiéndolo, sino que está en cómo sus propias palabras generan poder en ellos.

La historia de la humanidad se escribe con palabras, y las palabras tienen peso de acuerdo con la intención y el sentido que les demos.

Hoy sabemos del alcance de la semiología, del análisis del discurso, que ha movilizado las peores guerras de la humanidad, y también que puede crear cosas increíbles.

Cada día conocemos más del poder y del manejo del subtexto en los mensajes, desde un discurso público hasta la creación de una fábula de aprendizaje con sentido y dirección específica. Hoy sabemos que la realidad se crea y se construye o modifica.

Hoy modificamos actitudes y comportamientos mediante el manejo y control de nuestros pensamientos y nuestras palabras. Y lo podemos hacer para nuestro beneficio. El mayor poder creativo no sólo está en la palabra, sino en la emoción que se suscita y acompaña a las palabras.

 

¿Cuánto poder tienen tus palabras?

Piénsalo:

— ¿Cuánto poder tiene las palabras por sí solas?

— ¿Cuánto poder tienen las palabras que se acompañan de emociones?

— ¿Cuánto poder tienen tus palabras cuando, además de acompañarlas de emociones, persuaden tu propio pensamiento, respaldadas con acciones?

Si yo te digo la frase: “Me siento muy entusiasmado y con mucha energía” mientras bostezo y siento cómo el cansancio me vence, esta construcción lingüística y mental carecerá de poder sencillamente porque la intención emocional no respalda la palabra.

Por el contrario, si mi sentir crea la palabra y hago crecer mi sentir antes de decirla, lo que sienta y luego diga llegará a un punto mayor.

Ahora concibe que sientes esto como una realidad tan grande para ti que la sepas tal cual es, que tus ojos expresen ese sentir mayor y tu lenguaje corporal lo genere internamente, como un sentimiento que late en tu interior y a cada latido se expande de forma genuina y real.

La palabra adquiere poder cuando viene cargada de intención y emoción unidireccionada, lo que fácilmente impacta en el entorno. Esta creación se suscita cuando uno mismo es el motor personal de sus palabras.

¿Cómo te sentirías al saber que tu convicción personal no sólo persuade a los demás sino a ti mismo, sintiendo la realidad creada? Y, sobre todo, ¿qué podrías construir con ello?

 

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