Bernie Madoff, el infame protagonista del fraude ‘piramidal’ de 65,000 millones de dólares fue sentenciado a 150 años de carcel, hasta el día de hoy, purgados en máxima seguridad. Sus dos hijos murieron como consecuencia de sus acciones. Uno se suicidó y el otro murió de cáncer linfático. En su círculo no cercano y familiar, miles de personas de la tercera edad perdieron sus pensiones, familias adineradas perdieron sus fortunas, y además de algunos suicidios adicionales, es incalculable el número de muertes consecuencia de la angustia y de la perdida de los medios para vivir que ocasionaron las acciones de un inescrupuloso defraudador que una vez condenado, sostenía que la gente había sido responsable de la situación por haber entregado su dinero. Sostenía que la ‘ambición’ de la gente había sido la verdadera culpable de sus desfortunas. En un último acto público del hijo sobreviviente, y un poco antes de morir, afirma que el sufrimiento de su familia siempre fue incomparable al sufrimiento infligido a miles por las acciones de su padre, y que su estilo de vida en la opulencia había sido subsidiado por la desgracia de los afectados por el fraude de su padre, con lo que su vida entera, recuerdos y vivencias, había sido destruida en su totalidad.

Las consecuencias de las acciones de hombres en busca del poder y la acumulación de bienes para un mayor bienestar personal y familiar son incalculables una vez que la maquinaria de causa-efecto se pone en movimiento y las redes de afectación de cada movimiento y decisión se expanden en círculos cada vez más amplios con afectaciones más profundas en cada vez más personas. El incremento en la responsabilidad sobre las posibles afectaciones a ese número cada vez más grande de personas debería llevar consigo el desarrollo de una conciencia cada vez más exigente que contrastara las intenciones y ambiciones personales con el riesgo al que se está llevando a los creyentes, a los convencidos, a los ‘embaucados’ en la propuesta. El caso de Madoff fue la acción de un vil defraudador que con trampas y engaños fue ascendiendo socialmente hasta encontrarse con víctimas de alto poder adquisitivo hasta crear una pantalla de la que vivió más de 15 años, sabiendo que cada dólar que gastaba era un dólar robado a un incauto que aseguraba que su dinero estaba en buenas manos, invirtiéndose en mecanismos de altos rendimientos. Es cierto, la ambición de la gente le dio su dinero a Madoff, pero la propuesta que hacía atractivo dárselo la creo él, la mentira que engancho a la gente la dijo él, la creación de una confianza hacia la ‘víctima’ sabiendo que iba a abusar de ella, la creo él. La ambición de los inversionistas es una debilidad, en todo caso, que explotó él, Madoff, con el frío cálculo de obtener dinero, sin ningún remordimiento o responsabilidad moral para, como bien lo definió su hijo, subsidiar su estilo de vida y el de su familia. Su corrupción moral y ética, descubierta sólo a partir de la crisis financiera norteamericana de 2008 que a su vez descubrió abusos ‘institucionales’ similares en firmas bancarias y corredurías establecidas en Wall Street, fue castigada con 150 años de cárcel.

Sin embargo, y aunque el castigo parece ejemplar, pareciera ser que el auténtico castigo fue no pertenecer a una institución que, envuelta en la pertenencia al establishment y jugando con sus reglas de distribución de ganancias vía favores políticos y financieros a gobiernos y candidatos, lo protegiera de una responsabilidad personal. La exhibición de su corrupción ciertamente salva a los otros corruptos insertos en un sistema protegido por la institucionalidad, pero envía un poderoso mensaje de justicia a la sociedad. Conservando la integridad del sistema, condena al culpable exhibido de manera ejemplar. La solidez de un Estado de Derecho queda garantizada al, desde instituciones de gobierno responsables del cuidado de los ciudadanos y ejerciendo con inteligencia política sus obligaciones en el delicado balance de la percepción y los hechos basados en el respeto a la disciplina constitucional, enviar una advertencia que mantendrá con mayor precaución, y posiblemente miedo, al próximo sujeto que hubiera rumiado la idea de cometer un delito similar en el futuro.

Cuando ese orden se rompe, y las personas e instituciones de gobierno flexibilizan la defensa del orden constitucional con el fin de evitar el castigo ejemplar, funcionando más como pandilla que asaltó el poder, el mensaje que se envía a la sociedad es precisamente el contrario: independientemente del nivel del delito, la pertenencia a la camarilla es la primera y última línea de defensa, generando una degradación acelerada del código moral hasta llegar a un punto en donde la brújula ética se pierde absolutamente. Sin una frontera clara de legalidad, la corrupción se asume como un fenómeno cultural.

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El peligro latente en esta degradación en aumento y sin control es que, en la pérdida del rigor de la palabra, usada sin respeto al lenguaje y como instrumento del engaño, se desbocan conceptos cada vez más violentos en un afán por ganar el tono de la discusión que, sin embargo, hacen eco en cada vez círculos más amplios de influencia en la sociedad que interpreta textualmente los llamados a la violencia en un contexto de presión financiera y de supervivencia.

La constante perdida del cimiento legal con el fin de defender a los miembros de la pandilla al poder, no aplicando los necesarios castigos ejemplares que la sociedad necesita para justificar el orden político y aceptar su consecuente disciplina, lleva inevitablemente a un momento de ruptura violenta. El peligroso y terrible grito de “¡Lo que no se pudo con los votos, lo haríamos con las armas…¡” de Nicolás Maduro es la aceptación descarada de un sistema que llegó al fondo de su degradación, aceptando su naturaleza de pandilla al poder.

Hombres en busca del poder que, sin conciencia alguna, no miden las consecuencias profundas en las vidas de miles, en este caso millones, de personas que, algunas motivadas por la ambición personal, quisieron creer en el discurso del embaucador… para subsidiar su opulento estilo de vida y, en algunos casos, confirmar su vocación divina y redentora.

 

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