El ensayista Olliver Pourrol se lanzó fuerte en las redes sociales, con un mensaje perspicaz que dice: “Víctor Hugo agradece a todos los donantes generosos dispuestos a salvar Notre Dame de París y les propone hacer lo mismo con Los Miserables”. El columpio oscila entre opiniones que sostienen que cada millonario es libre de dar dinero para la causa que le guste más hasta los que afirman que hay prioridades. De repente no sé si nos estamos enfrentando a una falacia del espantapájaros o a una observación pertinente.

Es decir, estamos caricaturizando los argumentos, tergiversando la razón que nos lleva a creer lógico que la Catedral de París sea reconstruida, será una exageración querer que esta restauración se haga lo más pronto posible y que una de las joyas de la capital francesa recupere lo que las llamas le quitaron o que estamos cambiando el significado de sus palabras para facilitar un ataque lingüístico o dialéctico. Todavía ardían las cenizas que quedaron de la aguja de Notre Dame de París cuando empezaron a llegar carretadas de euros de las familias y empresas más poderosas en Francia, ¿eso está mal?

Claro que, así como se tardaron en llegar los recursos para el templo más famoso de París, así se tardaron las redes sociales en llenarse de críticas y propuestas para invertir ese dinero en mejores causas como la pobreza, migración, medio ambiente, equidad de género, animales y una serie de fundaciones que se postulaban como más merecedoras de recibir ese recurso. Entiendo que muchos aprovechan la ocasión para tener cinco minutos de fama, pero ¿es justo este antagonismo entre la reconstrucción de un edificio —que alberga el templo donde tiene sede la Iglesia Católica francesa y es uno de los símbolos culturales más emblemáticos que tiene la humanidad como patrimonio— y la pobreza o la ecología?

Las donaciones son, no cabe duda, impactantes tanto en el monto como en la rapidez con la que fueron ofrecidas. Son también muestra de las grandes desigualdades que existen en términos de distribución de la riqueza. Asimismo, son un signo que nos lleva a reflexionar dónde están las prioridades de quienes tienen la libertad de poner recursos en un lado o en el otro. La brecha que separa a quienes todo lo tienen y a los que todo les falta es grande y se va ensanchando cada vez más. Fue el propio economista francés Thomas Piketti quien se ha ocupado de hablar de las diferencias económicas y la desigualdad en la distribución de la renta.

Pero ¿es válido criticar la generosidad de los Pinault, Bettancourt-Meyer, Arnault con la causa de la Catedral de París? Entiendo que hay causas que tienen urgencias y que quienes se dedican a combatirlas y a luchar por ellas no reciben ayuda ni tan rápida ni tan cuantiosa. Me queda claro que hay compromisos que la Humanidad tiene que atender como limpiar los mares, dejar de ensuciar el entorno, dejar de maltratar a los animales, aprender a respetar al otro, generar empleos, dar de comer al hambriento, ayudar al desamparado, abatir la pobreza y, entiendo a quienes pueden molestarse contra quienes ejercen estos mecenazgos.

Recuerdo cuando el padre Rubén Sanabria nos daba clase de ética en la preparatoria y casi puedo escuchar su voz al darnos el siguiente ejemplo: imagina que un hombre quedó atrapado en una habitación que no tiene ventanas ni puertas y en cuyos exteriores Miguel Ángel pintó unos frescos. Si el hombre sigue ahí morirá, para salvarlo hay que destruir los frescos, ¿qué se debe hacer: dejar morir a la persona y salvar las obras de arte o salvar al atrapado y destruir la obra de Miguel Ángel? La polémica frente a este ejemplo se daba desde la verosimilitud de la posibilidad de que alguien quedara atrapado, de si se trataba de un criminal que estaba ahí aprisionado, de si esas pinturas eran un legado de la Humanidad o no y por fin, la clase concluía con la contundencia de que, frente a la vida, todos los demás valores se subordinan.

Claro, por fortuna, en Notre Dame no tenemos esa aproximación. No hay hombres atrapados y por fortuna el incidente no cobró vidas. Entonces, el debate sobre estas donaciones no se termina por iluminar. La solidaridad que se despertó en torno al incendio va prendiendo disyuntivas como si restaurar la catedral es más importante que componer al templo vivo o si lo que se busca en Francia es imponer valores culturales en un país que está cambiando vertiginosamente y que mantiene como uno de sus valores fundacionales la laicidad.

Y, me parece que en este tema nos enfrentamos a una falacia de espantapájaros. No me parece que se deba reprochar a los donantes su generosidad, ni desalentar a las personas que quieran donar para reconstruir. Creo que este tipo de proyectos son eminentemente asistenciales y que aquellos que buscan solucionar los desafíos del milenio como la pobreza, la protección a la biodiversidad, el derecho a la educación, la equidad y tantos otros se deben de abordar desde la Responsabilidad Social Corporativa generando proyectos autosustentables.

Tal como lo dice la alcaldesa de París, Anne Hidalgo: “La historia del patrimonio también es la historia que nos une”. Reactivar motivos de separación frente a un desastre no me resulta adecuado. Restaurar, recuperar patrimonio es importante para la Humanidad, hablar de grados de importancia y poner a competir causas es inútil, por decir lo menos. En realidad, me alegro de que los desperfectos en Notre Dame se vayan a arreglar, me entusiasmó ver la rapidez con la que los millonarios en Francia desembolsaron las carteras y dieron recursos para lo que es una causa noble.

Espero que el entusiasmo que nos lleva a juzgar la pertinencia de una causa u otra sea el mismo que mostremos para encontrar soluciones. Hay temas que, en mi opinión, se solucionan con donativos y otros que requieren proyectos que más que dar una limosa, capaciten a las personas y posibiliten una solución de fondo, lo demás es paja.

 

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